domingo, 5 de abril de 2020

Evidencias del Bautismo en el Nombre de Jesús Durante la Antigua Edad Católica (170 – 325 D.C.)


Por David K. Bernard. © Todos los derechos reservados
Capítulo 8 del libro Unicidad y Trinidad Entre los Años 100-300 d.C.
Traducido por Julio César Clavijo Sierra, año 2020


La mayoría de los historiadores de la iglesia están de acuerdo en que la fórmula bautismal cristiana original fue “en el nombre de Jesús” (típicamente con el título de Señor o Cristo). [1] En la era post-apostólica, Hermas y probablemente Clemente de Roma aludieron al bautismo en el nombre de Jesús, [*] y un pasaje de la Didajé se refiere a esta fórmula. [**] El énfasis en el nombre de Jesús por parte de Clemente e Ignacio, indica además que la iglesia de esta época practicaba el bautismo en el nombre de Jesús.

La Edad de los apologistas griegos proporciona la primera evidencia definitiva para una fórmula triple. Aun así, esos que usaron tal fórmula, como Justino y más tarde Ireneo, continuaron incluyendo el nombre de Jesús. [***] Cuando los seguidores de Marción se separaron de la iglesia cerca del comienzo de esa edad, continuaron con la fórmula que estaba usando la iglesia, que era “en el nombre de Jesucristo”. Los primeros montanistas, que se separaron al comienzo de la Antigua Edad Católica, aparentemente también utilizaron la fórmula del Nombre de Jesús. (Ver capítulo 9).

La evidencia más temprana de la fórmula trinitaria moderna la proporciona un pasaje de la Didajé (probablemente interpolada) por Tertuliano y por Orígenes. [****] Esta fórmula es aparentemente el producto de la Antigua Edad Católica. Sin embargo, la evidencia proveída en este capítulo muestra que el bautismo en el nombre de Jesús todavía estaba muy extendido durante esta época.


Evidencia en la Literatura Popular

La literatura popular de la época proporciona evidencia para el bautismo en el nombre de Jesús. Varios libros apócrifos, anónimos y seudónimos, nos dan una idea de prácticas prevalentes entre la gente común. Los escritos no siempre son confiables doctrinalmente, pero preservan la evidencia de las prácticas bautismales típicas. Ya que no fueron escritos elaborados por líderes reconocidos de la iglesia, o por maestros o por “herejes”, y dado que su uso principal no fue el de autoridad doctrinal, parece que los escribas posteriores no estuvieron tan preocupados por asegurar su “pureza doctrinal”. Así que las obras de este tipo estuvieron menos sujetas a modificaciones o a su destrucción por razones doctrinales.

Los Hechos de Pablo y Tecla (una obra del siglo II probablemente realizada por un presbítero asiático), dice: “En el nombre de Jesucristo, en mi último día me bautizo” (34).

Los Hechos de Pedro y Pablo, dicen: “Creemos positivamente en nuestro Señor Jesucristo, en quien hemos sido bautizados”.

Los Reconocimientos de Clemente (que son parte de la literatura Pseudo-Clementina de finales del siglo II o principios del siglo III), dicen: “[Jesús] instituyó el bautismo en agua entre ellos, en el cual podrían ser absueltos de todos sus pecados en la invocación de su nombre… Todo aquel que, creyendo en este profeta que había sido predicho por Moisés, es bautizado en su nombre” (1:39).

El Evangelio de Felipe también habla del bautismo en el nombre de Jesús (2:3:72). [2]


Evidencia Preservada por Cipriano

Cipriano, [obispo de Cartago entre el 249–258], escribió sobre muchos “herejes” que en su tiempo bautizaron en el nombre de Jesús. La evidencia que rodea esta controversia, indica que muchas personas de la Iglesia institucional también bautizaban en el nombre de Jesús. Cipriano no se opuso a las personas que dentro de su iglesia bautizaban en el nombre de Jesús, pero se opuso a aceptar el bautismo de los “herejes” sobre la simple base de que habían invocado el nombre de Jesús.

Los que no estaban de acuerdo con él, sentían que el nombre de Jesús es tan poderoso en el bautismo, que incluso era eficaz para los cismáticos. Su posición muestra cuán altamente la gente consideraba el bautismo en el nombre de Jesús, incluso durante este tiempo de cambio y concesiones. Ambas partes estuvieron de acuerdo en que el bautismo era necesario para la remisión de los pecados y la salvación, y todos estuvieron de acuerdo en que el bautismo en el nombre de Jesús era válido dentro de la iglesia principal.

En oposición a Esteban obispo de Roma, Cipriano sostuvo que cualquier bautismo realizado por los herejes no era válido. En una carta a Yubayano en el 256, se opuso a la enseñanza de que “«los bautizados en el nombre de Jesucristo, dondequiera y comoquiera, han adquirido la gracia del bautismo»” (Epístolas 72:16). Él preguntó: “¿cómo puede suponerse que han logrado el perdón de los pecados los que son bautizados por los herejes en nombre de Cristo…?” (72:17) y respondió que no era posible.

Cipriano admitió que Pedro enseñó el bautismo en el nombre de Jesús en Hechos 2:38, pero argumentó que este bautismo era para los judíos, ya que ellos habían reconocido al Padre (72:17). Los gentiles que aún no reconocían al Padre no debían ser bautizados “en el nombre de Jesucristo” sino que debían ser bautizados en nombre de toda la trinidad (72:18). Cipriano acusó a los herejes de no honrar adecuadamente el nombre del Padre en el bautismo (72:19). Presumiblemente no se opuso a que alguien de la iglesia fuera bautizado en el nombre de Jesús si ya honraba al Padre correctamente, como lo hicieron los creyentes de Los Hechos.

Entre la correspondencia de Cipriano hay una carta escrita en el 256 por Firmiliano, obispo de Cesarea en Capadocia, contra Esteban. Este cita a Esteban como enseñando que: “«ayuda mucho el nombre de Cristo, de manera que cualquiera que en cualquier parte sea bautizado en el nombre de Cristo, obtiene inmediatamente la gracia de Cristo»” (74:18).

Cipriano escribió a Pompeyo en contra de Esteban, argumentando que si la iglesia niega que los herejes reciben el Espíritu Santo en el nombre de Jesús, también debería negar que ellos recibieron un bautismo en agua válido en el nombre de Jesús. “Y si quieren atribuir la eficacia del bautismo a la majestad del nombre de Cristo, de modo que los bautizados en nombre de Cristo, en donde sea y como sea, se consideren renovados y santificados, sépase que entre ellos también se imponen las manos al bautizado en el nombre del mismo Cristo para recibir el Espíritu Santo, entonces ¿por qué la majestad del mismo nombre no es tan válida en la imposición de manos como pretenden que lo fue en la santificación por el bautismo?” (73:5).


Un Tratado Sobre el Rebautismo

Una obra llamada Un Tratado Sobre el Rebautismo de un escritor anónimo, probablemente un obispo del siglo III que se opuso a Cipriano, demuestra que muchas personas tanto de adentro como de afuera de la iglesia institucional bautizaban en el nombre de Jesús. El tratado discute lo que debe hacerse con las personas que “aunque bautizadas en la herejía, fueron bautizadas en el nombre de nuestro Señor Jesucristo” y quienes pasan de su herejía a la iglesia (1). Concluye que el rebautismo no es necesario, pues los “Herejes que ya fueron bautizados en agua en el nombre de Jesucristo, solo deben ser bautizados con el Espíritu Santo” (12).

El tratado establece una serie de puntos significativos. Primero, que su posición tiene un apoyo abrumador: el apoyo de “la tradición más antigua y eclesiástica” (1), “la venerable autoridad de todas las iglesias” (2), “la autoridad de tantos años, y de tantas iglesias, apóstoles y obispos” (6), y “la costumbre y la autoridad que tanto reclama nuestra veneración por tanto tiempo y por tan grandes hombres” (15). Estas frases indican no solamente la aceptación del bautismo realizado por fuera de la iglesia institucional, sino específicamente el fuerte apoyo para el bautismo en el nombre de Jesús.

Segundo, el nombre de Jesús es significativo y efectivo en el bautismo. Hechos 4:12 y Filipenses 2:9-11, muestran que “El poder del nombre de Jesús invocado sobre cualquier hombre en el bautismo... le concede a él… no poca ventaja para obtener la salvación” (6). La invocación del nombre de Jesús no trae por sí sola salvación al hereje, pero sí corrige su error, admite la verdad y el recibimiento del Espíritu Santo luego se hace efectivo; el hereje no “pierde esa invocación anterior del nombre de Jesús” (6). De hecho, el bautismo de Efesios 4:5 es el bautismo en el nombre de Jesús. “Cuando el apóstol dijo que hay ‘un bautismo’, debe haber sido por el efecto continuo de la invocación del nombre de Jesús, porque una vez invocado, no puede ser quitado por el hombre” (10).

El tratado sostiene que el bautismo en el nombre de Jesús no contradice a Mateo 28:19. “Tampoco debes estimar como contrario lo que dijo nuestro Señor:

‘Id, enseñad a las naciones; bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo’. Porque aunque esto es cierto y correcto, y debe ser observado por todos por medio de la Iglesia, y además se ha tenido en cuenta para ser observado, sin embargo nos corresponde atender que esa invocación del nombre de Jesús no debe ser considerada inútil por nosotros, habida cuenta de la veneración y el poder de ese mismo nombre, en cuyo nombre todos los tipos de poder están acostumbrados a ser ejercidos, y ocasionalmente algunos incluso por hombres de fuera de la Iglesia… Por lo tanto, esta invocación del nombre de Jesús debe ser recibida como un cierto principio del misterio del Señor que es común a nosotros y a todos los demás, que luego puede ser completado con las cosas restantes” (7).

O el autor pensó que tanto una fórmula triple como la fórmula del Nombre de Jesús eran aceptables, o de lo contrario concluyó que invocar el nombre de Jesús era el cumplimiento apropiado de Mateo 28:19. La última conclusión está respaldada por sus declaraciones de que “la invocación del nombre de Jesús” en el bautismo cumple con el único bautismo de Efesios 4:5 y que es algo “común a nosotros y a todos los demás”.

Este documento también informa que no solo eran los “herejes” quienes se bautizaban “invocando el nombre del Señor Jesús”, sino que muchas personas, tanto “judíos como gentiles, completamente creyendo como se debe, son bautizados de la misma manera” (12).


Otras Referencias

Constituciones Apostólicas (o Constituciones de los Santos Apóstoles) fue escrita en el siglo IV o más tarde, pero contiene elementos de tiempos anteriores. Habla de “Todo cristiano laico, sobre el cual es invocado el nombre de nuestro Señor Jesucristo” (8:44).

Anexados a él están los Cánones de Hipólito, en la colección de Dionisio, canon 50, que es de origen tardío, donde se revela que hubo una controversia sobre el bautismo trinitario e insiste en tres inmersiones en los tres títulos. “Si algún obispo o presbítero no realiza las tres inmersiones de la única confesión, sino una inmersión que es dada a la muerte de Cristo, que sea privado… Ustedes, por lo tanto, oh obispos, bauticen tres veces en un solo Padre, e Hijo, y Espíritu Santo”. Así que parece que algunos obispos y presbíteros se negaron a usar la fórmula trinitaria incluso en el siglo IV.

En este punto, la colección de Juan de Damasco agrega una condena del modalismo y de la idea “de que hay es un Dios con tres nombres”. Al parecer, los que fueron condenados por realizar el bautismo con una inmersión única en el nombre de Jesucristo, fueron vistos como respaldando un concepto modalista de Dios. Así que aquí hay evidencia de que la fórmula bautismal se asoció con las controversias sobre la deidad. Parece que quienes negaron el trinitarismo y sostuvieron la deidad de Jesús, se negaron a usar la fórmula trinitaria y bautizaron en el nombre de Jesús.


Conclusiones

El bautismo en el nombre de Jesús fue practicado por la Iglesia apostólica y durante la era post-apostólica. Incluso, el nombre de Jesús se incluyó en la primera fórmula triple que se introdujo en la Edad de los Apologistas Griegos y fue utilizada a principios de la Antigua Edad Católica. Los trinitarios tempranos de la Antigua Edad Católica, tales como Tertuliano y Orígenes, omitieron el nombre de Jesús por completo, utilizando solamente los títulos de Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Los pastores y los laicos comunes no se apresuraron a cambiar la fórmula bautismal. Varios escritos populares y el Tratado Sobre el Rebautismo, indican que en la primera parte de la antigua edad católica la fórmula del nombre de Jesús era todavía dominante y que para la última parte de esa edad todavía era generalizada. El Tratado Sobre el Rebautismo y la controversia entre Cipriano y Esteban, revela que tanto grupos fragmentados como grupos dentro de la iglesia institucional, aún practicaban el bautismo en el nombre de Jesús a lo largo de esa edad.

Claramente la fórmula del Nombre de Jesús no fue reemplazada de la noche a la mañana. Incluso cuando los teólogos comenzaron a abogar por la fórmula trinitaria, tuvieron el cuidado de afirmar respeto hacia la fórmula original y todavía popular. Poco a poco, durante un tiempo de coexistencia y concesiones, la fórmula trinitaria fue ganando aceptación, y eventualmente reemplazó a la fórmula del Nombre de Jesús en la iglesia institucional.

Evidentemente el impulso principal para la nueva fórmula fue la controversia sobre la Trinidad. Los teólogos trinitarios comenzaron a enfatizar la fórmula trinitaria como un medio para combatir primero al modalismo y luego al arrianismo. Al final de esta edad, la fórmula trinitaria se convirtió en dominante.


Referencias

[1] Walter Bauer, W. F. Arndt, F. W. Gingrich, and F. W. Danker, A Greek-English Lexicon of the New Testament and Other Early Christian Literature,  2nd ed. (Chicago: University of Chicago Press, 1979), 571-73; Heick, 1:53, 87; J. F. Bethune-Baker, An Introduction to the Early History of Christian Doctrine  (London: Methuen and Company, 1933), 25, 378; Kirsopp Lake, in Encyclopedia of Religion and Ethics, 2:389; Jean Danielou,  The Theology of Jewish Christianity, vol. 1 of The Development of Christian Doctrine Before the Council of Nicaea,  John A. Baker, ed. and trans. (London: Darton, Lonman, and Todd, 1964), 323; Wilhelm Bousset, Kyrios Christianity—A History of the Belief in Christ from, the Beginning of Christianity to Irenaeus, 5th ed., trans. John Steely (New York: Abingdon, 1970), 292; David A. Reed, Origins and Development of the Theology of Oneness Pentecostalism in the United States  (Ann Arbor, Mich.: University Microfilms International, 1978), 220; Williston Walker, A History of the Christian Church (New York: Charles Scribner’s Sons, 1947), 58. For further citations, see William Chalfant,  Ancient Champions of Oneness  (1979; reprint, Hazelwood, Mo.: Word Aflame Press, 1982), chap. 5.

[*] Nota del Traductor JCCS. Hermas, escribió El Pastor en el Siglo I, ya que  mencionó a Clemente de Roma como un líder contemporáneo suyo (2.4), y dijo que algunos de los apóstoles aún estaban vivos entre ellos (3.5).

Para Hermas, el bautismo en el nombre de Jesús es la entrada a la iglesia y es para el perdón de los pecados. “Así que por tus preguntas descubrirás la verdad. Oye, pues, por qué la torre es edificada sobre las aguas: es porque vuestra vida es salvada y será salvada por el agua. Pero la torre ha sido fundada por la palabra del Todopoderoso y el Nombre glorioso, y es fortalecida por el poder invisible del Señor”. (Visión 3,3) “Pero los otros, que caen cerca de las aguas y, con todo, no pueden rodar al agua, ¿quieres saber cuáles son? Estos son los que han oído la palabra y quisieran ser bautizados en el nombre del Señor”. (Visión 3,7). “Así, pues, dijo él, nadie entrará en el reino de Dios a menos que haya recibido el nombre de su Hijo”.  (Parábola 9,12). “Porque antes que un hombre lleve el nombre [del Hijo de] Dios, es muerto; pero cuando ha recibido el sello, deja a un lado la mortalidad y asume otra vez la vida. El sello, pues, es el agua; así que descienden en el agua muertos y salen vivos. Así que, también a ellos fue predicado este sello, y ellos se beneficiaron de él para poder entrar en el reino de Dios”. (Parábola 9,16). “Y le dije: Todavía voy a hacer otra pregunta, Señor. Di, me contestó. He oído, Señor, le dije, de ciertos maestros, que no hay otro arrepentimiento aparte del que tuvo lugar cuando descendimos al agua y obtuvimos remisión de nuestros pecados anteriores. Él me contestó: Has oído bien; porque es así. Porque el que ha recibido remisión de pecados ya no debe pecar más, sino vivir en pureza”. (Mandamiento 4,3).

Clemente fue obispo de Roma entre los años 92 – 101 d.C. En su Epístola a Los Corintios, él escribió que el único Dios posee el nombre más alto, y ese nombre es Jesús. “el Altísimo es el campeón y protector de los que en conciencia pura sirven su nombre excelente. (45). “El Señor, hermanos, no tiene necesidad de nada. Él no desea nada de hombre alguno, sino que se confiese su Nombre. (52). “Finalmente, que el Dios omnisciente, Señor de los espíritus y de toda carne, que escogió al Señor Jesucristo, y a nosotros, por medio de Él, como un pueblo peculiar, conceda a cada alma que se llama según su santo y excelente Nombre, fe, temor, paz, paciencia, longanimidad, templanza, castidad y sobriedad, para que podáis agradarle en su Nombre”. (65). La última frase posiblemente alude a la fórmula bautismal del Nombre de Jesús, así como lo hacen Hechos 15:17, 22:16 y Santiago 2:7.

[**] Nota del Traductor JCCS. La Didajé (obra del siglo II) sostiene que ninguno puede participar de la eucaristía (o santa cena), si no ha sido bautizado en el nombre del Señor para ser santificado. “Pero que ninguno coma o beba de esta acción de gracias, a menos que haya sido bautizado en el nombre del Señor, porque respecto a esto también ha dicho el Señor: No deis lo santo a los perros”. (9,5).

[***] Nota del Traductor JCCS. Durante la Edad de los Apologistas Griegos (90 – 140 d.C.) y la temprana Antigua Edad Católica (170 – 325 d.C.), Justino Mártir e Ireneo de Lyon se refirieron a una fórmula bautismal triple, pero ésta no se trata de la moderna fórmula trinitaria, pues claramente retuvo el nombre de Jesús.

Justino Mártir (c. 100 – c. 165 d.C.) escribió en su Primera Apología, capítulo 61 – El Bautismo Cristiano:

“Después son conducidos por nosotros a un lugar donde hay agua, y allí son regenerados del mismo modo que fuimos regenerados nosotros. Porque entonces reciben el lavatorio por el agua en el nombre del Padre de todos y del Señor Dios y Salvador, nuestro Jesucristo y del Espíritu Santo. Cristo dijo, en efecto: “Si no fuereis regenerado no entraréis en el reino de los cielos”… así como para recibir por medio del agua el perdón de los pecados que anteriormente cometimos, se pronuncia sobre aquel que quiere ser regenerado y ha hecho penitencia de sus pecados el nombre del Padre de todos, Señor Dios, y este solo nombre empleamos cuando lo llevamos a la fuente bautismal para ser bautizado. No hay nadie en efecto que pueda señalar nombre a Dios, que es inefable, y si alguno dijera que Dios tiene un nombre deliraría del todo. Y aquel lavatorio se llama iluminación, porque son iluminados en la mente los que aprenden estas cosas. Pero el que es iluminado es bautizado también en el nombre de Jesucristo que fue crucificado bajo Poncio Pilato, y en el nombre del Espíritu Santo, que por medio de los profetas anunció de antemano todas las cosas que se refieren a Jesús”

Ireneo de Lyon (c. 130 – c. 202 d.C.), escribió en su libro Contra los Herejes, unas expresiones de claro apoyo al bautismo en el nombre de Jesús:

“Y, habiendo la multitud preguntado a Pedro: "¿Qué debemos hacer?", él les respondió: 'Arrepentíos y que cada uno de vosotros se bautice en el nombre de Jesús para el perdón de los pecados. Y recibiréis el don del Espíritu Santo' (Hech 2,37)”. (3:12:2). “Y no hay otro nombre bajo el cielo que se haya dado a los hombres, en el cual debamos salvarnos (Hech 4,8-12)” (3:12:4). “Mas por las palabras de Pedro es evidente que conservó el mismo Dios que ellos habían conocido de antemano; pero dio testimonio ante ellos de Jesucristo Hijo de Dios, juez de vivos y muertos, en cuyo nombre mandó bautizarlos para el perdón de los pecados (Hech 10,42-43.48). Y no sólo esto, sino que además dio testimonio de que Jesús mismo es Hijo de Dios, ungido por el Espíritu Santo, y por eso se le llama Cristo. Es el mismo que nació de María, como lo supone el testimonio de Pedro” (3:12:7). 

En una obra posterior, titulada Demostración de la Predicación Apostólica, se refiere a una invocación triple que retiene el nombre de Jesús en el bautismo.

“En primer lugar la fe nos invita insistentemente a rememorar que hemos recibido el bautismo para el perdón de los pecados en el nombre de Dios Padre y en el nombre de Jesucristo, Hijo de Dios encarnado, muerto y resucitado, y en el Espíritu Santo de Dios; que el bautismo es el sello de la vida eterna, el nuevo nacimiento de Dios, del tal modo que no seamos ya más hijos de los hombres mortales, sino de Dios eterno e indefectible…” (3). 

[****] Nota del Traductor JCCS. El capítulo 7 de la Didajé, dice: “os bautizaréis en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo en agua viva (corriente)”. (7,1). Aquí está claro que se está mandando a bautizar en un nombre, que es el nombre del Señor, tal como se expresa en 9,5. Los trinitarios sostienen que esta es una referencia a la trinidad, pero ni aquí, ni en ninguna otra parte de la Didajé, se dice que haya tres personas en un solo Dios. Además es muy probable que el texto de 7,1 mencionó originalmente solamente la frase, “en el nombre del Señor” tal como se observa en 9,5, y que un posterior escriba católico romano, incómodo por esta forma, la llevó a como está hoy. En el mismo capítulo 7, la Didajé imparte varias doctrinas extrabíblicas con respecto al bautismo, tales como que el candidato al bautismo debe ayunar uno o dos días antes de su bautismo, que en lo posible se debe usar agua fría, que es preferible ser bautizado en una corriente de agua (agua viva), y que si es imposible que la persona se sumerja totalmente, entonces se le debe verter agua en tres tiempos.

[2]  James M. Robinson, ed., The Nag Hammadi Library in English (New York: Harper and Row, 1978), 147.


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