miércoles, 7 de agosto de 2019

El Canon de la Escritura


Por David K. Bernard. © Todos los derechos reservados
Capítulo 7 del libro Una Historia de la Doctrina Cristiana Volumen 1, Desde la Edad Apostólica Hasta la Edad Media 100-1500 d.C.
Traducido por Julio César Clavijo Sierra, año 2019




El canon es la lista de libros aceptados como Escritura, los libros inspirados por Dios. Jesús y los apóstoles aceptaron las Escrituras hebreas, nuestro Antiguo Testamento, como la Palabra de Dios. Después de la fundación de la iglesia en el Día del Pentecostés, el Espíritu Santo inspiró a los apóstoles y sus asociados para escribir nuestro Nuevo Testamento. Es evidente que la iglesia primitiva aceptó estos escritos como inspirados tan pronto como fueron escritos.

Los primeros escritores post-apostólicos citaron tanto los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento como la Palabra autoritativa de Dios. Al principio, no intentaron justificar el uso de diversos libros, pero a medida que pasó el tiempo, reconocieron la necesidad de establecer exactamente cuáles deberían ser considerados como Escritura. Varios factores los motivaron a considerar El canon.

El primero y más apremiante, en razón a que algunas personas, particularmente aquellas pertenecientes a movimientos heréticos, comenzaron a desafiar algunos puntos de vista generalmente aceptados de lo que constituía la Escritura. Algunos grupos heréticos, particularmente los gnósticos, comenzaron a proponer sus propios libros para incluirlos en la Escritura. Otros grupos, particularmente los marcionistas, comenzaron a rechazar porciones de las Escrituras que ya habían sido aceptadas históricamente. También comenzaron a circular libros espurios, que afirmaban falsamente tener autoría apostólica.

Segundo, la iglesia comenzó a reconocer la necesidad de asegurar el uso de la literatura apropiada para la instrucción doctrinal, para combatir a las falsas doctrinas y para el evangelismo.

Tercero, en tiempos de persecución, las autoridades paganas se esforzaron por confiscar y destruir la Escritura. Los libros eran muy preciados ya que tenían que ser copiados a mano, y una congregación local a menudo tenía una sola copia de la Biblia. Los cristianos hicieron grandes esfuerzos, e incluso arriesgaron sus vidas, para proteger copias de la Escrituras en nombre de la iglesia. Aquellos que entregaron a las autoridades porciones de la Escritura, incluso bajo coacción, fueron considerados traidores. Así, los primeros cristianos necesitaban saber más allá de toda duda, cuáles eran los libros que valía la pena preservar a toda costa.

El canon realmente fue reconocido desde el principio, en las primeras comunidades cristianas. En las iglesias locales por todos los lugares donde estaba extendido el cristianismo, había una casi aceptación universal de los libros de la Escritura. No deberíamos mirar primariamente a los listados formales o a los concilios como los definidores de la Escritura, porque estos simplemente ratificaron lo que ya había sido aceptado desde hacía muchos años. Desde los primeros tiempos del cristianismo, las iglesias locales y los pastores ya habían usado estos libros como Sagrada Escritura.

El Antiguo Testamento

Con respecto al Antiguo Testamento, los escritores post-apostólicos tuvieron una guía clara. Ellos aceptaron los libros que los judíos históricamente habían considerado la Palabra de Dios. (Ver Romanos 3:1-2). En esto siguieron el ejemplo de Jesús y los escritores del Nuevo Testamento, que usaron al Antiguo Testamento para establecer su enseñanza, sin dar alguna indicación de que sus Escrituras fueran diferentes de las que los judíos ya habían aceptado universalmente.

El Nuevo Testamento cita definitivamente como Escritura, o alude como autoritativos, a 29 de nuestros 39 libros del Antiguo Testamento, o usando la enumeración hebrea a 19 de 24 libros. De los cinco libros hebreos restantes, Esdras-Nehemías y Eclesiastés, posiblemente se citan o aluden, y Lamentaciones a veces se consideraba como un apéndice de Jeremías que sí es citado, por lo que solamente Ester y el Cantar de los Cantares de Salomón definitivamente no son mencionados, y esto solamente significa que los autores del Nuevo Testamento no tuvieron ocasión para usarlos en los propósitos específicos de sus escritos. [1]

Melitón, obispo de Sardes hacia el año 170 d. C., produjo el listado cristiano más antiguo que tenemos del Antiguo Testamento, e incluyó a todos los libros menos el de Ester. Otra lista de casi el mismo tiempo o de un poco más tarde (MS 54, publicado por Bryennios) enumera a todos los libros, incluido Ester. La siguiente lista fue elaborada por Orígenes a principios del siglo III, y era idéntica a la Biblia Hebrea excepto por una Adición a Ester. [2]

Algunos grupos cristianos aceptaron como canónicos o semicanónicos a una serie de escritos judíos que datan del 200 al 30 a.C. y uno de aproximadamente el 100 d.C. Estos son comúnmente llamados Los Apócrifos. Algunos son adiciones a los libros bíblicos. En el Concilio de Trento en 1546, la Iglesia Católica Romana aceptó oficialmente a 11 de ellos como Escritura, mientras que los protestantes no los consideran canónicos.

Algunos escritores en la cristiandad temprana, notablemente tertuliano y Agustín, dieron su aprobación total o parcial a algunos de los apócrifos. Bajo la influencia de Agustín, unos concilios regionales celebrados en el norte de África a finales del siglo IV y principios Siglo V, avalaron los apócrifos. Otros escritores, como Orígenes y Atanasio, no los consideraron como Escritura. Algunos no los consideraron canónicos, pero los usaron para el estudio y la enseñanza. Jerónimo, el traductor de la Vulgata (la Biblia en Latín), insistió firmemente en que éstos no eran Palabra de Dios.

Hay muchas razones por las cuales la iglesia en su conjunto no aceptó estos escritos. [3] (1) Los judíos nunca los aceptaron. (2) Fueron escritos elaborados después de Malaquías, el último de los profetas inspirados del Antiguo Testamento. (3) Los autores eran hombres desconocidos que no reclamaban inspiración, y algunos de los libros afirman falsamente ser de la autoría de hombres de la Biblia que vivieron mucho antes de que estos libros fueran compuestos. (4) Ni Jesús ni los escritores del Nuevo Testamento los citaron o se refirieron a ellos como Escritura. (5) Contienen errores doctrinales como la oración por los muertos, la salvación por obras, la limosna como expiación por los pecados y la preexistencia de las almas. (6) Contienen una enseñanza moral inferior, al ensalzar el consumo del vino, al elogiar el suicidio en algunos casos, y al justificar la seducción y el engaño por una causa loable. (7) Contienen errores históricos, cronológicos y geográficos. (8) Contienen muchos pasajes imaginarios.

Para resumir, los libros que recibieron la aceptación universal o casi-universal como parte del Antiguo Testamento, son los mismos libros que los judíos reconocieron históricamente, y son los mismos libros que los protestantes reconocen hoy.

El Nuevo Testamento

Volviendo al Nuevo Testamento, la iglesia post-apostólica aceptó como inspirados los libros que vinieron con autoridad apostólica —que fueron escritos por los propios apóstoles o por asociados que recibieron la aprobación apostólica de sus escritos—. Los primeros cristianos se dieron cuenta de que los apóstoles tenían autoridad única como testigos oculares y como personas encargadas específicamente por Jesús para este propósito. [4] Los cristianos del primer siglo tuvieron calificaciones especiales para reconocer el canon, porque ellos recibieron la sana doctrina personalmente de los apóstoles y conocieron personalmente a los escritores del Nuevo Testamento. Ellos tuvieron la capacidad única de juzgar la autenticidad y la validez de los libros que estaban en circulación en ese momento.

F. F. Bruce identificó cinco criterios utilizados en los primeros siglos de la era cristiana para reconocer qué libros había inspirado Dios: autoridad apostólica, antigüedad (edad), ortodoxia (exactitud doctrinal), catolicidad (uso universal), y uso tradicional. [5] La antigüedad y la ortodoxia fueron criterios subsidiarios para ayudar a determinar la autoridad apostólica.

El Nuevo Testamento contiene en sí mismo evidencia de la lectura, circulación, recopilación y citación de los escritos inspirados. Las epístolas de Pablo fueron leídas a los creyentes y circularon entre las iglesias (1 Corintios 1:2; Colosenses 4:16; 1 Tesalonicenses 5:27). Juan pretendió que Apocalipsis se leyera por todos en general (Apocalipsis 1:3). Pablo citó del Evangelio de Lucas (Lucas 10:7; 1 Timoteo 5:18). Peter reconoció todas las epístolas de Pablo como Escritura (II Pedro 3:15-16). Judas  aparentemente citó a Pedro (2 Pedro 3:2-3; Judas 17-18).

Los autores post-apostólicos citaron extensamente a los Libros del Nuevo Testamento, confiando en ellos como Escritura autoritativa. Cuando examinamos los escritos de Clemente de Roma, Policarpo, Ignacio, Hermas, Pseudo-Bernabé, Papías, y los autores anónimos de la Didajé y la Epístola a Diogneto, encontramos que desde aproximadamente los años 95-150 d.C. los escritores cristianos primitivos citaron definitivamente a 23 libros del Nuevo Testamento. Estos incluyen todos, excepto cuatro libros muy cortos —Filemón, 2 y 3 Juan y Judas— y hay posibles referencias a todos estos, excepto a 3 Juan. Cerca del final del siglo II, Ireneo citó a todos los libros excepto Filemón y 3 Juan. [6]

La primera lista canónica que tenemos es la del Fragmento Muratoriano (c. 170). Se refiere al menos a 22 de los Libros del Nuevo Testamento y probablemente a 23. [7] No enumera a Hebreos, Santiago, 1 Pedro y 2 Pedro, pero esto podría deberse a una ruptura en el manuscrito. Mirando hacia las primeras traducciones de la Escritura, la Antigua Versión Latina (Vetus Latina), traducida alrededor del año 200, incluyó todos los libros excepto Filemón, 2 y 3 Juan y Judas. La Antigua Versión Siríaca, que estuvo en circulación alrededor del año 400 pero que se basó en un texto de aproximadamente el año 200, incluyó cada libro excepto 2 Pedro, 2 y 3 Juan, Judas y Apocalipsis.

En resumen, alrededor del año 150 encontramos numerosas citas representando a cada libro del Nuevo Testamento, exceptuando las cuatro cortas cartas de Filemón, 2 y 3 Juan y Judas. Alrededor del año 200 tenemos claros testigos post-apostólicos de cada libro del Nuevo Testamento.

A principios del siglo III, Orígenes se refirió a los 27 libros, identificando algunos como cuestionados. A principios del siglo IV, Eusebio enumeró los veintisiete libros con comentarios similares. Atanasio, en el año 367, es el primer escritor conocido en enumerar nuestro canon del Nuevo Testamento exactamente y sin ninguna calificación. Los concilios regionales de Hipona (393) y Cartago (397 y 419) en el Norte de África, bajo la influencia de Agustín, confirmaron la misma lista.

Es importante tener en cuenta que estos concilios simplemente ratificaron lo que los creyentes de base, en su conjunto, habían practicado por siglos:

Las decisiones de los concilios de los siglos IV y V no determinaron el canon, y ni siquiera lo descubrieron o reconocieron. En ningún sentido hubo una autoridad contingente puesta sobre los concilios posteriores para canonizar los libros. Todos esos concilios lo que hicieron fue dar un reconocimiento posterior, más amplio y final a lo que ya era un hecho, es decir, que Dios los había inspirado y que el pueblo de Dios los había aceptado desde el primer siglo. [8]

Veinte de nuestros libros del Nuevo Testamento nunca fueron seriamente cuestionados o disputados. Estos son los cuatro evangelios, Hechos, las trece epístolas paulinas, 1 Pedro, y 1 Juan. Nosotros tenemos evidencia clara de los primeros tiempos post-apostólicos, que aquellos que conocieron a los apóstoles personalmente y escucharon sus enseñanzas, aceptaron estos libros. Estos veinte libros comprenden 7/8 del texto del Nuevo Testamento, y enseñan en su totalidad todas las doctrinas del Nuevo Testamento. Había algunos cuestionamientos u oposición de varios sectores sobre los siete libros restantes: Hebreos, Santiago, 2 Pedro, 2 Juan, 3 Juan, Judas y Apocalipsis. [9]

Hebreos no lleva el nombre de su autor, y por esa razón algunas personas eran reacias en aceptarlo. Gradualmente esa oposición fue superada sobre la base de la tradición alejandrina, que decía que Pablo era el autor. Los eruditos modernos generalmente dicen que Pablo no fue el autor, porque el estilo de Hebreos es significativamente diferente al de las trece epístolas que llevan el nombre de Pablo. Sin embargo, reconocen que sus temas son tan similares a los de los escritos de Pablo, que el autor debe haber sido colega o compañero de trabajo de Pablo. Esto explicaría la aceptación del libro en los primeros tiempos por tener la aprobación de Pablo, y sin embargo contar con diferencias de estilo respecto a Pablo.

Algunos cuestionaron la Epístola de Santiago debido a su énfasis en las obras, pensando que contradecía a la doctrina de la justificación por fe como se expresa particularmente en las cartas de Pablo. Sin embargo, bien entendido, no hay contradicción, sino una armonía. La Biblia enseña claramente la salvación por gracia a través de la fe. El libro de Santiago simplemente enfatiza que cuando la Biblia habla sobre la fe genuina, no habla de un mero asentimiento mental o profesión verbal, sino que más bien requiere de una fe activa y obediente que tiene un efecto visible en nuestras vidas. La única forma de demostrar la fe y mostrar su validez, es por las obras.

Algunas personas cuestionaron la autenticidad de 2 Pedro debido a las diferencias de estilo con 1 Pedro. Probablemente la forma más sencilla de explicar la discrepancia, es observar que un escriba llamado Silvano grabó la primera epístola (1 Peter 5:12). Es probable que el apóstol Pedro dictó a la epístola de 1 Pedro, que Silvano suavizó la gramática y ofreció una elegante fraseología, y que Pedro aprobó el resultado final. Por el contrario, Pedro evidentemente escribió 2 Pedro con su propia mano y sin asistencia.

2 y 3 Juan también fueron cuestionadas sobre su originalidad. Ambas son cartas muy pequeñas y se enviaron originalmente a individuos, por lo que es fácil ver el por qué no tuvieron una circulación generalizada al principio. Después de la muerte de Juan a finales del siglo I, las personas cercanas a los lectores originales probablemente comenzaron a darse cuenta de la importancia de lo que tenían y comenzaron a distribuirlas más ampliamente. A medida que otras iglesias comenzaron a recibirlas, algunos se preguntaron: ¿Si esas cartas son auténticas, por qué no las habíamos visto antes? La fuerte similitud con el Evangelio de Juan y con 1 Juan en estilo y contenido, resolvió en última instancia esta pregunta a favor de la autoría de Juan.

Judas fue cuestionado por citar al Libro de Enoc. La cita aparece en un libro apócrifo llamado 1 Enoc, por lo que surgió el cuestionamiento de si Judas respaldaba a un libro espurio. Pero tanto 1 Enoc como Judas, pueden haber obtenido esta información de una fuente común más antigua. Si Judas realmente citó a 1 Enoc, él simplemente reconoció que dicho libro conservó con precisión una tradición o registró una profecía veraz, pero esto no significa necesariamente una aprobación de todos los contenidos de 1 Enoc.

Finalmente, algunos objetaron al Libro de Apocalipsis. En realidad, Apocalipsis fue uno de los primeros libros en ser citado como Escritura. Las objeciones más serias se dieron en el siglo III por personas que se resistieron a la doctrina del milenio, al sentir que esta enseñanza le daba mucho apoyo a los judíos. La respuesta que se dio a este ataque, es que nosotros no tenemos derecho a desacreditar a un libro apostólico inspirado, simplemente porque no nos gustan algunas de sus enseñanzas.

Cuando analizamos los escritos cristianos de los siglos II y III, encontramos que reproducen todos menos once versículos del Nuevo Testamento. [10] Ese es un testimonio sorprendente de cuánto los primeros cristianos usaron los libros del Nuevo Testamento, del alto valor que les daban, y de cómo se ha conservado el texto a lo largo de los siglos.

Muchos libros escritos en los primeros tiempos post-apostólicos, fueron prácticamente rechazados por todos, por no estar inspirados por Dios. Estos incluyeron a numerosos supuestos evangelios, como también algunos hechos, epístolas y apocalipsis. La iglesia primitiva no los consideró canónicos porque no tenían la aprobación apostólica. La mayoría eran falsificaciones obvias, y típicamente contenían historias fantasiosas y doctrinas heréticas. Además, casi no contenían teología o historia valiosa, pero revelaban varias ideas y pensamientos populares de la época.

Algunos de estos libros fueron aceptados por algunos, recibiendo un reconocimiento temporal y local. Como ejemplo tenemos las epístolas de Clemente de Roma, de Policarpo y de Ignacio. Otros libros eran anónimos o seudónimos. Incluso cuando alguna gente aceptó a estos libros como inspirados, por lo general le dieron la categoría de semicanónicos, en un estatus secundario, ubicándolos como un apéndice de las Escrituras o colocándolos al final de una lista. Por lo general, su aceptación limitada se produjo debido a una creencia errónea de que tenían autoridad apostólica.

Finalmente fueron rechazados como canónicos por varias razones. Algunos obviamente solamente tenían una aplicación temporal o local. Algunos eran falsificaciones, como la Epístola a Los Laodicenses. En algunos casos, como el Pastor de Hermas, la Epístola de Seudo-Bernabé y la Didajé, la gente se dio cuenta de que los autores no eran apóstoles o sus asociados, como algunos lo suponían. También quedó claro que por el solo hecho de que un libro hubiera sido escrito cerca del final de la era apostólica, o poco después de la edad apostólica, o por alguien que había conocido a los apóstoles, eso no significaba que tuviera autoridad apostólica.

Ningún canon o concilio importante en la historia del cristianismo ha respaldado a estos otros libros. Ocasionalmente el día de hoy, alguien reclamará el publicar los llamados libros perdidos del Nuevo Testamento, pero estos libros nunca fueron aceptados por cualquier grupo significativo durante un período de tiempo significativo. Los libros de nuestro Nuevo Testamento son los que los creyentes históricamente aceptaron desde los primeros tiempos y son los que las diversas ramas del cristianismo han ratificado constantemente a lo largo de la historia.


Referencias

[1] David K. Bernard, God’s Infallible Word. Hazelwood, MO: Word Aflame Press. 1992. 80-81, 191-192
[2] F. F. Bruce, The Canon of Scripture (Downers Grove, IL: InterVarsity Press, 1988), 70-75.
[3] Para mayor información, ver Bernard, God’s Infallible Word, 84-86.
[4] Ver Mateo 10:40; 16:19; 18:18; 28:19-20; Lucas 6:13; 9:1-2; 10:16; 24:46-49; Juan 14:26; 16:13; 15:27; 17:20; 20:23; Hechos 1:21-22; 1 Corintios 11:2, Efesios 2:20; 2 Tesalonicenses 2:15.
[5] Bruce, Canon, 256-63.
[6] Alexander Roberts, James Donaldson, y A. Cleveland Coxe, eds., The Ante-Nicene Fathers (ANF) (1885; reprint, Grand Rapids: Eerdmans, 1981). Vols. 1, 2 y 7.
[7] Ante-Nicene Fathers 5:603-4.
[8] Norman Geisler y William Nix, A General Introduction to the Bible, rev. ed. (Chicago: Moody Press, 1986), 231.
[9] Ibíd., 298-301.
[10] Ibíd., 430-31.


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