sábado, 24 de agosto de 2019

Comentario a Hebreos 1:1-3. Jesucristo es Superior a los Profetas


Por Julio César Clavijo Sierra
© 2019, Todos los Derechos Reservados



Introducción

La carta a Los Hebreos es identificada como una “palabra de exhortación” (13:22), que alienta a sus lectores a retener firmes hasta el fin la confianza en Cristo (3:6) y proseguir adelante hacia la perfección (6:1) sin dejarse llevar de doctrinas diversas y extrañas (13:9). Para esto, el escritor a Los Hebreos demuestra la superioridad de Cristo sobre los profetas, sobre los ángeles, sobre Moisés a quien Dios dio el Pacto de la Ley, sobre Aarón y el sacerdocio de su linaje, y en definitiva la superioridad del Nuevo Pacto sobre el Antiguo Pacto, ya que el Nuevo Pacto está basado en el sacrificio y la exaltación de Cristo. Jesucristo es superior a todo lo anterior, porque Él es Dios mismo hecho visible como un Hijo (un hombre perfecto) en la carne.

En los versículos de Hebreos 1:1-3, el tema principal es que el Hijo Jesucristo es superior a todos los profetas. En gran parte de este escrito, he tomado como referencia al escritor unicitario Daniel Segraves, en su libro Comentario a Hebreos, Cosas Mejores


El Hijo Jesucristo es Superior a Todos los Profetas

Dice en la versión Reina Valera 60, “1 Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, 2 en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo”.

La carta comienza contrastando a la revelación que Dios dio bajo el tiempo del Antiguo Pacto o Antiguo testamento, con la revelación que Dios nos ha dado en estos días finales (o postreros días) en el Hijo, en Jesucristo. Esto marca el discurso de toda la carta a Los Hebreos, al enseñarnos que aun cuando la revelación del “otro tiempo” (es decir del Antiguo Testamento) provino de Dios y fue maravillosa, dicha revelación es inferior a todas las cosas que caracterizan al Nuevo Pacto en Jesucristo nuestro Señor.

Cuando el versículo 1 dice que Dios solo nos habló por el Hijo hasta estos días finales, y contrasta a la revelación definitiva en el Hijo con la comunicación previa que Dios dio a través de los profetas, está descartando de plano al trinitarismo y al arrianismo. El trinitarismo inventa que un supuesto “Dios Hijo” coigual y coeterno al Dios Padre, habló desde la eternidad y durante los tiempos del Antiguo Testamento. Por su parte, el arrianismo inventa que un supuesto “dios Hijo” de naturaleza menor al Dios Padre, habló desde que fue creado en un tiempo anterior a la creación de todas las otras cosas, y que también habló en los tiempos del Antiguo Testamento. En contraste a estas doctrinas extrabíblicas, la Biblia dice que Dios solo habló por el Hijo hasta estos días finales.

Aunque Dios habló en el Antiguo Testamento “muchas veces” y de “muchas maneras” a través de muchos profetas, su revelación definitiva esperó hasta la venida de Jesucristo. Cada palabra que Dios dio a los profetas, representó una parte de la revelación de Dios, pero su revelación más alta se dio en el Hijo. Las muchas maneras en las que Dios habló por los profetas, incluyeron los discursos directos, las promulgaciones a través de actos dramáticos de tipo simbólico, y la comunicación escrita en una variedad de formas literarias (por ejemplo historia, poesía, parábola, apocalíptico). 

En el Hijo, Dios resolvió hablar en estos postreros o últimos días, lo cual significa que aparte de la revelación de Jesucristo que se halla en el Nuevo Testamento, no hay ninguna revelación más avanzada por venir. El Hijo contó con el derecho exclusivo de impartir la más grande y mejor revelación. Solo conoceremos más, cuando entremos con nuestros cuerpos gloriosos en el Reino Eterno de nuestro Señor Jesucristo, que sucederá cuando venga lo perfecto y lo que es en parte se acabe (ver 1 Corintios 13:10).

Esto sepulta de manera definitiva a cualquier pretensión de ciertos sujetos que se han identificado a sí mismos como los profetas del tiempo del fin, que han aparecido con supuestas nuevas revelaciones, tales como Mahoma el supuesto profeta del Islam, José Smith el supuesto profeta de los mormones, Charles Taze Russell el supuesto profeta de los llamados “Testigos de Jehová”, Elena G. de White la supuesta profetiza de los adventistas, William M. Branham el supuesto profeta y séptimo ángel de los branhamitas, o a los muchas dogmas extrabíblicos del catolicismo romano tales como la herejía de la trinidad, el culto a los muertos, el purgatorio, la salvación por el pago de indulgencias, el culto a las imágenes y a los santos, etc.

En Hechos capítulo 3, el apóstol Pedro presentó a Jesucristo como el profeta anunciado por Moisés para el tiempo del fin, indicando que no debían poner sus ojos en él (o sea en Pedro) y en Juan, como si ellos por su propio poder o autoridad hubieran hecho andar al cojo que se sentaba a pedir limosna en la puerta del templo llamada La Hermosa. Pedro dijo que el cojo fue sanado en el nombre de Jesús (3:16), que Cristo fue anunciado por todos los profetas (3:18), y en los versículos 22 y 23 dijo: “22 Porque Moisés dijo a los padres: El Señor vuestro Dios os levantará profeta de entre vuestros hermanos, como a mí; a él oiréis en todas las cosas que os hable; 23 y toda alma que no oiga a aquel profeta, será desarraigada del pueblo”. Toda persona que no oiga a Jesús como el profeta final, no tendrá parte en el pueblo de Dios. Durante la transfiguración del Hijo, el Dios Padre dijo: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia; a Él oíd” (Mateo 17:5). El Hijo mismo también dijo: “Las palabras que yo os hablo, no las hablo por mi propia cuenta, sino que el Padre que mora en mí, Él hace las obras” (Juan 14:10). Jesús se identificó como el profeta, cuando dijo de sí mismo que ningún profeta es acepto en su propia tierra (Lucas 4:24) y también cuando hablando de su muerte dijo: “Sin embargo, es necesario que hoy y mañana y pasado mañana siga mi camino; porque no es posible que un profeta muera fuera de Jerusalén. ¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas a los que te son enviados!” (Lucas 13:33-34).

Aunque los profetas y el Hijo son descritos como portavoces de Dios, la superioridad del mensaje entregado a través del Hijo, se establece por la propia identidad del Hijo, que se expone en los versículos 2 y 3, cuando se dice:

“…a quien [Dios] constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo; 3 el cual, siendo el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia, y quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder, habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas”.

Aquí se aprecian siete características de Jesucristo, que ampliaré en el resto de mi exposición. Estas son: (1°) El Hijo es el heredero y por tanto el propietario legítimo de todas las cosas creadas, (2°) El Hijo es la razón por la cual el Dios Padre hizo el universo, (3°) El Hijo es el resplandor de la gloria del Dios Padre, (4°) El Hijo es la imagen exacta de la sustancia, persona o ser de Dios Padre, (5°) El Hijo es el que sostiene todas las cosas creadas por medio de su poderosa palabra, (6°) El Hijo efectuó la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, y (7°) El Hijo ahora reina con toda autoridad. 


(1°) El Hijo es el Heredero y por Tanto el Propietario Legítimo de Todas las Cosas Creadas

Dios quiso que todos los seres humanos en cabeza del primer hombre Adán, poseyeran su creación. Pero al pecar, Adán fue descalificado y a la vez descalificó a toda la humanidad para mantener esta bendición de Dios. Pero el Hijo al ser el postrer Adán (1 Corintios 15:45), el varón perfecto (Efesios 4:13), ha revertido los efectos dañinos del pecado de Adán y ha podido recibir como herencia toda la creación de Dios Padre, al punto de que Hebreos 2:6-9 dice que el Hijo ha sido coronado de gloria y de honra y ha sido puesto sobre todo lo creado, que consiste en las obras de las manos del Padre. La buena noticia para los creyentes en el Hijo, en ese varón perfecto, en ese postrer Adán, es que nosotros al ser también hijos de Dios, somos herederos de Dios y coherederos con Cristo (Romanos 8:17). Esto quiere decir que todo lo que le pertenece legítimamente a Cristo por ser el primogénito entre muchos hermanos (Romanos 8:29), también le pertenece legítimamente a aquellos que están en Cristo, y que al ser hermanos de Cristo son hijos de Dios (Hebreos 2:11-12). 

La presentación del Hijo como el hombre que heredó la creación de Dios, elimina tajantemente al trinitarismo y al arrianismo. Ambas posiciones aseguran que Dios el Padre tuvo a un cocreador junto a Él, que se trataba de un supuesto “Dios Hijo” coigual y coeterno en el caso del trinitarismo, y de un “dios Hijo” creado u “obrero maestro” en el caso de arrianismo, pero el escritor a los Hebreos desmiente ambas posiciones al presentar al Padre como el único Creador y al decir que el Hijo, el postrer Adán, el varón perfecto, fue puesto sobre todas las obras de las manos del Padre. Cuando ambas posiciones, el trinitarismo y el arrianismo hablan de algún cocreador junto al Dios Padre, demuestran su aborrecimiento por la Escritura que solo habla de Dios Padre como el único Creador (Ver Deuteronomio 32:6; Nehemías 9:6; Job 9:8-10; Salmo 19:1, 33:6-9, 100:3, 121:1-2, 148:1-5; Proverbios 3:19; Isaías 37:16, 40:28, 44:24, 45:11-12, 45:18, 64:8, 66:1-2; Jeremías 10:10-16, 27:4-5; Malaquías 2:10; 1 Corintios 8:6; Efesios 3:9; 1 Timoteo 4:4; Hebreos 11:3; Apocalipsis 4:10-11). Además si el supuesto “Dios Hijo” coeterno del trinitarismo, o el supuesto “dios Hijo” creado u “obrero maestro” del arrianismo, hubiera sido el creador, entonces la creación ya le pertenecía y por lo tanto no tenía por qué recibirla como herencia de nadie, siendo que él ya era su dueño.


(2°) El Hijo es la Razón por la Cual el Dios Padre Hizo el Universo

Hebreos 1:2, nos enseña que el Dios Padre es el único Creador del universo, y que todo este universo fue creado en razón a que Dios vio en su presciencia al Hijo, al postrer Adán como heredero de todo (ver 1 Corintios 15), junto con un grupo de hombres santos que también serían hijos de Dios y coherederos con Cristo (ver Romanos 8:17, 8:29; Efesios 2:10). Por esto el versículo 2 dice del Hijo: “y por quien asimismo hizo el universo”, o también que “mediante el cual hizo el universo”

El fracaso de Adán fue visto por Dios en su presciencia, pero también el triunfo de Cristo, y esa fue la razón por la cual el único Dios Padre decidió crearlo todo. Dios en su presciencia vio la caída de su creación, pero a la vez la restauración de la creación en un paraíso permanente en los cielos nuevos y la tierra nueva donde mora la justicia (2 Pedro 3:13).

El hecho de que el futuro Hijo humano sea la razón por la cual Dios hizo el universo, excluye de ipso facto al trinitarismo y al arrianismo con sus ideas extrabíblicas de un supuesto cocreador junto al Padre. En el punto número 1 (El Hijo es el Heredero y por Tanto el Propietario Legítimo de Todas las Cosas) se proporcionaron abundantes citas bíblicas que muestran explícitamente que el Dios Padre es el único Creador de todo lo que existe y que nadie le ayudó a crear.


(3°) El Hijo es el Resplandor de la Gloria del Dios Padre

Jesucristo es realmente Dios mismo brillando o resplandeciendo en el mundo. En el Antiguo Testamento, la palabra para gloria es chekiná, que tiene que ver con la gloria visible de Dios que se le apareció a Israel en varias ocasiones. (Ver por ejemplo Éxodo 16:10 y 1 Reyes 8:11). En el Nuevo Testamento, la palabra griega que traduce gloria es dóxa.

Jesucristo es el Señor de gloria (Santiago 2:1), porque Jesús es la manifestación visible del Dios invisible. Dado que Dios no dará su gloria a otro (Isaías 42:8), entonces el Hijo Jesucristo es el mismo Dios Padre en la forma de un Niño o Hijo que nos fue dado para brillar en el mundo a fin de que el pueblo que estaba en tinieblas y en sombra de muerte, viera resplandecer la luz de Dios en la faz de Jesucristo (ver Isaías 9:1-6 y 2 Corintios 4:6).

El hecho de que el Hijo sea el resplandor de la gloria de Dios Padre, descarta de tajo al trinitarismo, pues si fuera cierto que el Hijo se trata de una persona divina coigual y distinta, entonces el Hijo debería reflejar su propia gloria en lugar de reflejar solamente la gloria del Dios Padre. Esto también descarta al arrianismo y al unitarismo (en sus variantes adopcionistas, ebionitas y socinianas), pues dichas doctrinas extrabíblicas sostienen que el Dios Padre le dio su gloria a otro, a un “Hijo” que es una simple criatura y nada más, negando así lo que enseña Isaías 42:8.


(4°) El Hijo es la Imagen Exacta de la Sustancia, Persona o Ser de Dios Padre

La palabra griega que en el versículo 1:3 traduce “imagen misma”, “imagen exacta” o “representación exacta” es jaraktér. De otro lado, la palabra griega que traduce “sustancia”, “persona” o “ser” es jupóstasis, lo cual revela que el Hijo Jesucristo es la representación exacta de la persona, el ser o la sustancia de Dios Padre en la carne como un ser humano perfecto. Él es la imagen, la representación visible del Dios Padre invisible (Colosenses 1:15); y como a Dios Padre nadie lo ha podido ver jamás en su gloria máxima, entonces el Hijo que es Dios manifestado en la carne lo ha dado a conocer (Juan 1:18). La verdadera identidad del Hijo, es que Él es Emanuel, el propio Dios Padre con nosotros como un verdadero hombre entre los hombres.

El escritor unicitario Steven Ritchie, en el capítulo 1 de su obra titulada El Caso de la Teologia de la Unicidad, citó al profesor Barry Smith, de la Universidad Bautista del Atlántico, que en una exégesis a Hebreos 1:3 escribió:

“La palabra griega jaraktér puede significar la impresión literal de algo, aquello que corresponde al molde. En relación con esto, se puede referir a LA IMPRESIÓN DE UN ORIGINAL. Esto es confirmado por una inscripción hallada en una estatua de Antíoco I de Comagene, que dice: 'la imagen exacta de mi forma' (jaraktêra morphês emes)”.

Luego, el hermano Ritchie dice que “Aquí podemos ver que los antiguos griegos, usaban a menudo la palabra “jaraktér” como una “imagen exacta”, tal como la estatua de una única persona humana. Esto significa que Jesús es la exacta imagen visible de la sustancia invisible (esencia del ser) del Padre... la imagen exacta de la sustancia del Padre invisible como una persona humana visible”.

Jesús es Emanuel, Dios Padre con nosotros como un hombre total y completo, o “completamente humano en todos los sentidos” como lo dice la versión inglesa New International Version en Hebreos 2:17. El Hijo es Dios el Padre representado o hecho visible como un ser humano que reproduce la propia identidad o sustancia del Padre en la forma y condición de un hombre (ver Filipenses 2:6-8).

La revelación del Hijo como la imagen o representación exacta de la persona del Padre, destruye de plano al trinitarismo, al arrianismo y al unitarismo (en sus variantes adopcionistas, ebionitas y socinianas), ya que el Hijo dijo: “el que me ha visto a mí ha visto al Padre” (Juan 14:9) pero nunca dijo “el que me ha visto a mí ha visto al 'Dios Hijo coigual'”, “el que me ha visto a mí ha visto al 'dios Hijo creado'”, “el que me ha visto a mí ha visto al ser humano adoptado”, “el que me ha visto a mí ha visto al ser humano que es solo un profeta y nada más”, o “el que me ha visto a mí ha visto solamente a una criatura humana que nació milagrosamente de María”.


(5°) El Hijo es el Que Sostiene Todas las Cosas Creadas por Medio de su Poderosa Palabra

Dado que Jesús es el único Dios Padre manifestado en la carne como un hombre, por esa misma razón al ser el único Dios, toda la plenitud de la deidad (es decir cada aspecto de la esencia de Dios) habita continuamente de manera corporal en Jesús (Colosenses 2:9). Es en ese sentido que podemos decir que en su deidad, Jesús sostiene todas las cosas, o como también lo dice Colosenses 1:17 que “Él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en Él subsisten” o “forman un todo coherente”.   

El Hijo no es solo la causa sino también el propósito de la creación. Sin el plan de Dios que Él hizo de antemano en el futuro Niño que nos sería nacido y en el Hijo que nos sería dado (Isaías 9:6), en ese plan que Él hizo en el postrer Adán (1 corintios 15:45), nada de lo creado hubiera sido llevado a cabo, y sin Cristo Jesús nada de lo creado podría seguir existiendo.


(6°) El Hijo Efectuó la Purificación de Nuestros Pecados por Medio de Sí Mismo

El propósito de la manifestación de Dios en carne, fue que “el Hijo del hombre viniera a buscar y a salvar lo que se había perdido” (Lucas 19:10). El sacrificio del Hijo, el varón perfecto y sin pecado, derribó el muro que separaba a Dios y a los hombres. “Al que no cometió pecado alguno, por nosotros Dios lo trató como pecador, para que en Él recibiéramos la justicia de Dios” (2 Corintios 5:21 - NVI).

Cualquier sugerencia de que Dios requiere algo aparte de la sangre de Jesús para quitar el pecado humano es herejía del peor tipo. La virtud expiatoria de la sangre de Jesús es de un valor infinito porque su muerte no consistió en la muerte de un simple hombre, sino en la muerte de Emanuel, o sea de Dios el Padre con nosotros en la condición de un hombre.

El escritor unicitario William Chalfant, en su obra Una Crítica de la Teología de los Escritores Bíblicos, escribió:

“Si Jesucristo no es el Dios Todopoderoso (Dios el Padre), entonces Él no es capaz de salvarnos (pero Él lo es). De otro lado, si Jesús de Nazaret no es el verdadero Hijo de María y un ser humano genuino, descendiente de David y Abraham, entonces Él no puede ser nuestro Redentor y nuestro sacrificio por los pecados. Negar su divinidad maravillosa (como Dios el Padre), es robarle su gloria legítima. De otro lado, negar su verdadera humanidad es robarnos nuestro sacrificio de sangre, que fue colgado en nuestro lugar en la antigua cruz rugosa. Si Él no es uno de nosotros, entonces no tenemos un verdadero Mediador. 1 Timoteo 2.5 dice: “Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre (antropos)”. Si Él no fuera verdadero antropos y verdadero Dios, entonces nuestra fe sería vana, pero no es vana porque Él estuvo en mi lugar”.


(7°) El Hijo Ahora Reina con Toda Autoridad

Después de que el Hijo fue crucificado en la cruz del calvario, resucitó al tercer día y ascendió victorioso a los cielos, para “sentarse a la diestra de la Majestad en las alturas”. “La diestra de Dios”, o como se nombra aquí “diestra de la Majestad”, es un antropomorfismo (o sea una referencia a Dios atribuyéndole características humanas para que nosotros podamos entender), que indica que el Hijo recibió todo poder y autoridad de parte de Dios arriba en el cielo y abajo en la tierra (ver Mateo 28:18). Así como la gran mayoría de los hombres pueden hacer las cosas con su mano derecha, así Dios pudo dar salvación a la humanidad a través del Hijo, quien es el varón de la diestra de Dios, el Hijo de hombre que Dios afirmó para sí (ver el Salmo 80:17). “Sentarse”, es una expresión metafórica que indica que con su exaltación el Hijo reveló su obra completa, tal como lo expresa la versión de La Biblia Amplificada. Los sacerdotes de la clase de Aarón siempre estaban ofreciendo año tras año los mismos sacrificios que nunca podían quitar los pecados (Hebreos 10:11), pero el sacrificio de Cristo fue ofrecido una sola vez y para siempre (Hebreos 9:28), porque se trató del sacrificio del verdadero Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (Juan 1:29).

Esto demuestra el cumplimiento de la profecía mesiánica del Salmo 110, que en la versión de la Biblia Hebraica Stuttgartensia dice: “Salmo de David. Oráculo de Yahweh a mi Adón: Siéntate a mi diestra, hasta que haga a tus enemigos estrado para tus pies”. La palabra hebrea para “oráculo”, que en la versión Reina Valera 60 aparece como “Dijo”, es neúm, que según el léxico Brown–Driver–Briggs, significa: “anuncio, declaración de profeta en estado de éxtasis, que cita la palabra divina dada a través de él”. Yahvé Dios anunció acerca del futuro Mesías, que éste sería el Adón de los redimidos. Según la Concordancia Exhaustiva de Strong, Adón significa “gobernador, soberano, controlador, amo, dueño, señor”.

Citando a la profecía del Salmo 110, el apóstol Pedro dijo que el patriarca David siendo profeta y sabiendo que con juramento Dios le había jurado que de su descendencia, en cuanto a la carne, levantaría al Cristo para que se sentase en su trono, viéndolo antes, habló de la resurrección de Cristo, que su alma no fue dejada en el Hades, ni su carne vio corrupción. A este Jesús resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos… Porque David no subió a los cielos; pero él mismo dice: Dijo el Señor [Yahvé] a mi Señor [Adón]: Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies. Sepa, pues, ciertísimamente toda la casa de Israel, que a este Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor [Adón] y Cristo” (Ver Hechos 2:30-32).

Esto nos indica que el cumplimiento de la profecía del Salmo 110, comenzó cuando el hombre Cristo Jesús resucitó venciendo a la muerte y ascendió a los cielos para ser hecho Señor/Adón y Cristo. Debido a su resurrección, el hombre Jesucristo también fue declarado Hijo de Dios con poder.

Romanos 1:1-4, dice: “Pablo, siervo de Jesucristo, llamado a ser apóstol, apartado para el evangelio de Dios, que Él había prometido antes por sus profetas en las santas Escrituras, acerca de su Hijo, nuestro Señor Jesucristo, que era del linaje de David según la carne, que fue declarado Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por la resurrección de entre los muertos”.

Lo anterior nos indica que Jesús como Hijo, nunca había poseído el poder y el señorío que recibió después de resucitar ascendiendo a los cielos. Jesús fue Hijo desde su engendramiento en la virgen María (Mateo 1:20-21, Lucas 1:35), pero solo fue Hijo de Dios con poder, cuando resucitó con su cuerpo glorificado.

A través de su actual reinado, El Hijo Jesucristo, el varón de la diestra de Dios, está logrando la sujeción completa de todos los enemigos de Dios, pues Él debe reinar hasta que haya puesto a todos sus enemigos bajo sus pies, y el último enemigo que será destruido es la muerte (1 Corintios 15:25-26). Esto no implica que llegará algún momento en que Cristo ya no reinará, o que la manifestación de Dios en carne terminará en algún momento, sino que simplemente indica que Cristo debe reinar hasta que haya sometido a todos sus enemigos. Cuando el Hijo haya cumplido todo lo que Dios Padre se propuso por medio de la encarnación en éste varón, es decir cuando el pecado y los efectos del pecado hayan sido eliminados, entonces Dios será todo en todos (1 Corintios 15:28), lo que indica que durante toda la eternidad, en los cielos nuevos y en la tierra nueva, todos los redimidos reconoceremos a Jesucristo no solo como el Hijo o varón perfecto, sino también como al Dios Padre mismo manifestado en un cuerpo humano glorificado en medio de nosotros. Esta es la razón por la cual Apocalipsis 22:3-4 habla de un solo trono para Dios y el Cordero, de un solo rostro para Dios y el Cordero, de un solo nombre para Dios y el Cordero, y dice en singular que sus siervos le servirán a Dios y el Cordero, porque Dios y el Cordero son uno y el mismo.

La presentación de Jesús como el varón, o el hombre de la diestra de Dios según el Salmo 80:17, destruye al trinitarismo que inventa que el Hijo es una persona divina coigual sentada eternamente a un supuesto lado derecho de Dios el Padre. También destruye toda idea arriana que inventa que un supuesto dios Hijo creado, se ha sentado a un supuesto lado derecho del Padre antes y después de su encarnación.

La clara presentación del Salmo 110 como una profecía u oráculo de Yavhé para el futuro Mesías, reflejada claramente como una palabra profética ya cumplida en Hechos 2:30-32 y Hebreos 1:3, sepulta toda imaginación trinitaria que enseña que dos supuestos “Señores divinos” han hablado entre sí desde toda la eternidad intercambiando pensamientos y opiniones, lo cual no es nada más que un politeísmo disfrazado. En realidad, en el texto hebreo del Salmo 110, se distingue bien entre Yahvé (el único Señor divino) y Adón (el único Señor divino manifestado en la carne como un Señor -o Rey- humano que gobierna con justicia entre los hombres).

Para más información acerca del reinado del Hombre Jesús a la diestra de Dios, los invito a que lean mi artículo titulado: “Comentario al Salmo 110 ¡Jesucristo, Nuestro Rey y Sacerdote para Siempre!”, que se encuentra publicado en mi blog FE BÍBLICA y del cual también hay un video publicado en YouTube en mi canal FE BÍBLICA.

Siga este enlace, para ver un video con un completo Comentario a Hebreos Capítulo 1.

miércoles, 7 de agosto de 2019

El Canon de la Escritura


Por David K. Bernard. © Todos los derechos reservados
Capítulo 7 del libro Una Historia de la Doctrina Cristiana Volumen 1, Desde la Edad Apostólica Hasta la Edad Media 100-1500 d.C.
Traducido por Julio César Clavijo Sierra, año 2019




El canon es la lista de libros aceptados como Escritura, los libros inspirados por Dios. Jesús y los apóstoles aceptaron las Escrituras hebreas, nuestro Antiguo Testamento, como la Palabra de Dios. Después de la fundación de la iglesia en el Día del Pentecostés, el Espíritu Santo inspiró a los apóstoles y sus asociados para escribir nuestro Nuevo Testamento. Es evidente que la iglesia primitiva aceptó estos escritos como inspirados tan pronto como fueron escritos.

Los primeros escritores post-apostólicos citaron tanto los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento como la Palabra autoritativa de Dios. Al principio, no intentaron justificar el uso de diversos libros, pero a medida que pasó el tiempo, reconocieron la necesidad de establecer exactamente cuáles deberían ser considerados como Escritura. Varios factores los motivaron a considerar El canon.

El primero y más apremiante, en razón a que algunas personas, particularmente aquellas pertenecientes a movimientos heréticos, comenzaron a desafiar algunos puntos de vista generalmente aceptados de lo que constituía la Escritura. Algunos grupos heréticos, particularmente los gnósticos, comenzaron a proponer sus propios libros para incluirlos en la Escritura. Otros grupos, particularmente los marcionistas, comenzaron a rechazar porciones de las Escrituras que ya habían sido aceptadas históricamente. También comenzaron a circular libros espurios, que afirmaban falsamente tener autoría apostólica.

Segundo, la iglesia comenzó a reconocer la necesidad de asegurar el uso de la literatura apropiada para la instrucción doctrinal, para combatir a las falsas doctrinas y para el evangelismo.

Tercero, en tiempos de persecución, las autoridades paganas se esforzaron por confiscar y destruir la Escritura. Los libros eran muy preciados ya que tenían que ser copiados a mano, y una congregación local a menudo tenía una sola copia de la Biblia. Los cristianos hicieron grandes esfuerzos, e incluso arriesgaron sus vidas, para proteger copias de la Escrituras en nombre de la iglesia. Aquellos que entregaron a las autoridades porciones de la Escritura, incluso bajo coacción, fueron considerados traidores. Así, los primeros cristianos necesitaban saber más allá de toda duda, cuáles eran los libros que valía la pena preservar a toda costa.

El canon realmente fue reconocido desde el principio, en las primeras comunidades cristianas. En las iglesias locales por todos los lugares donde estaba extendido el cristianismo, había una casi aceptación universal de los libros de la Escritura. No deberíamos mirar primariamente a los listados formales o a los concilios como los definidores de la Escritura, porque estos simplemente ratificaron lo que ya había sido aceptado desde hacía muchos años. Desde los primeros tiempos del cristianismo, las iglesias locales y los pastores ya habían usado estos libros como Sagrada Escritura.

El Antiguo Testamento

Con respecto al Antiguo Testamento, los escritores post-apostólicos tuvieron una guía clara. Ellos aceptaron los libros que los judíos históricamente habían considerado la Palabra de Dios. (Ver Romanos 3:1-2). En esto siguieron el ejemplo de Jesús y los escritores del Nuevo Testamento, que usaron al Antiguo Testamento para establecer su enseñanza, sin dar alguna indicación de que sus Escrituras fueran diferentes de las que los judíos ya habían aceptado universalmente.

El Nuevo Testamento cita definitivamente como Escritura, o alude como autoritativos, a 29 de nuestros 39 libros del Antiguo Testamento, o usando la enumeración hebrea a 19 de 24 libros. De los cinco libros hebreos restantes, Esdras-Nehemías y Eclesiastés, posiblemente se citan o aluden, y Lamentaciones a veces se consideraba como un apéndice de Jeremías que sí es citado, por lo que solamente Ester y el Cantar de los Cantares de Salomón definitivamente no son mencionados, y esto solamente significa que los autores del Nuevo Testamento no tuvieron ocasión para usarlos en los propósitos específicos de sus escritos. [1]

Melitón, obispo de Sardes hacia el año 170 d. C., produjo el listado cristiano más antiguo que tenemos del Antiguo Testamento, e incluyó a todos los libros menos el de Ester. Otra lista de casi el mismo tiempo o de un poco más tarde (MS 54, publicado por Bryennios) enumera a todos los libros, incluido Ester. La siguiente lista fue elaborada por Orígenes a principios del siglo III, y era idéntica a la Biblia Hebrea excepto por una Adición a Ester. [2]

Algunos grupos cristianos aceptaron como canónicos o semicanónicos a una serie de escritos judíos que datan del 200 al 30 a.C. y uno de aproximadamente el 100 d.C. Estos son comúnmente llamados Los Apócrifos. Algunos son adiciones a los libros bíblicos. En el Concilio de Trento en 1546, la Iglesia Católica Romana aceptó oficialmente a 11 de ellos como Escritura, mientras que los protestantes no los consideran canónicos.

Algunos escritores en la cristiandad temprana, notablemente tertuliano y Agustín, dieron su aprobación total o parcial a algunos de los apócrifos. Bajo la influencia de Agustín, unos concilios regionales celebrados en el norte de África a finales del siglo IV y principios Siglo V, avalaron los apócrifos. Otros escritores, como Orígenes y Atanasio, no los consideraron como Escritura. Algunos no los consideraron canónicos, pero los usaron para el estudio y la enseñanza. Jerónimo, el traductor de la Vulgata (la Biblia en Latín), insistió firmemente en que éstos no eran Palabra de Dios.

Hay muchas razones por las cuales la iglesia en su conjunto no aceptó estos escritos. [3] (1) Los judíos nunca los aceptaron. (2) Fueron escritos elaborados después de Malaquías, el último de los profetas inspirados del Antiguo Testamento. (3) Los autores eran hombres desconocidos que no reclamaban inspiración, y algunos de los libros afirman falsamente ser de la autoría de hombres de la Biblia que vivieron mucho antes de que estos libros fueran compuestos. (4) Ni Jesús ni los escritores del Nuevo Testamento los citaron o se refirieron a ellos como Escritura. (5) Contienen errores doctrinales como la oración por los muertos, la salvación por obras, la limosna como expiación por los pecados y la preexistencia de las almas. (6) Contienen una enseñanza moral inferior, al ensalzar el consumo del vino, al elogiar el suicidio en algunos casos, y al justificar la seducción y el engaño por una causa loable. (7) Contienen errores históricos, cronológicos y geográficos. (8) Contienen muchos pasajes imaginarios.

Para resumir, los libros que recibieron la aceptación universal o casi-universal como parte del Antiguo Testamento, son los mismos libros que los judíos reconocieron históricamente, y son los mismos libros que los protestantes reconocen hoy.

El Nuevo Testamento

Volviendo al Nuevo Testamento, la iglesia post-apostólica aceptó como inspirados los libros que vinieron con autoridad apostólica —que fueron escritos por los propios apóstoles o por asociados que recibieron la aprobación apostólica de sus escritos—. Los primeros cristianos se dieron cuenta de que los apóstoles tenían autoridad única como testigos oculares y como personas encargadas específicamente por Jesús para este propósito. [4] Los cristianos del primer siglo tuvieron calificaciones especiales para reconocer el canon, porque ellos recibieron la sana doctrina personalmente de los apóstoles y conocieron personalmente a los escritores del Nuevo Testamento. Ellos tuvieron la capacidad única de juzgar la autenticidad y la validez de los libros que estaban en circulación en ese momento.

F. F. Bruce identificó cinco criterios utilizados en los primeros siglos de la era cristiana para reconocer qué libros había inspirado Dios: autoridad apostólica, antigüedad (edad), ortodoxia (exactitud doctrinal), catolicidad (uso universal), y uso tradicional. [5] La antigüedad y la ortodoxia fueron criterios subsidiarios para ayudar a determinar la autoridad apostólica.

El Nuevo Testamento contiene en sí mismo evidencia de la lectura, circulación, recopilación y citación de los escritos inspirados. Las epístolas de Pablo fueron leídas a los creyentes y circularon entre las iglesias (1 Corintios 1:2; Colosenses 4:16; 1 Tesalonicenses 5:27). Juan pretendió que Apocalipsis se leyera por todos en general (Apocalipsis 1:3). Pablo citó del Evangelio de Lucas (Lucas 10:7; 1 Timoteo 5:18). Peter reconoció todas las epístolas de Pablo como Escritura (II Pedro 3:15-16). Judas  aparentemente citó a Pedro (2 Pedro 3:2-3; Judas 17-18).

Los autores post-apostólicos citaron extensamente a los Libros del Nuevo Testamento, confiando en ellos como Escritura autoritativa. Cuando examinamos los escritos de Clemente de Roma, Policarpo, Ignacio, Hermas, Pseudo-Bernabé, Papías, y los autores anónimos de la Didajé y la Epístola a Diogneto, encontramos que desde aproximadamente los años 95-150 d.C. los escritores cristianos primitivos citaron definitivamente a 23 libros del Nuevo Testamento. Estos incluyen todos, excepto cuatro libros muy cortos —Filemón, 2 y 3 Juan y Judas— y hay posibles referencias a todos estos, excepto a 3 Juan. Cerca del final del siglo II, Ireneo citó a todos los libros excepto Filemón y 3 Juan. [6]

La primera lista canónica que tenemos es la del Fragmento Muratoriano (c. 170). Se refiere al menos a 22 de los Libros del Nuevo Testamento y probablemente a 23. [7] No enumera a Hebreos, Santiago, 1 Pedro y 2 Pedro, pero esto podría deberse a una ruptura en el manuscrito. Mirando hacia las primeras traducciones de la Escritura, la Antigua Versión Latina (Vetus Latina), traducida alrededor del año 200, incluyó todos los libros excepto Filemón, 2 y 3 Juan y Judas. La Antigua Versión Siríaca, que estuvo en circulación alrededor del año 400 pero que se basó en un texto de aproximadamente el año 200, incluyó cada libro excepto 2 Pedro, 2 y 3 Juan, Judas y Apocalipsis.

En resumen, alrededor del año 150 encontramos numerosas citas representando a cada libro del Nuevo Testamento, exceptuando las cuatro cortas cartas de Filemón, 2 y 3 Juan y Judas. Alrededor del año 200 tenemos claros testigos post-apostólicos de cada libro del Nuevo Testamento.

A principios del siglo III, Orígenes se refirió a los 27 libros, identificando algunos como cuestionados. A principios del siglo IV, Eusebio enumeró los veintisiete libros con comentarios similares. Atanasio, en el año 367, es el primer escritor conocido en enumerar nuestro canon del Nuevo Testamento exactamente y sin ninguna calificación. Los concilios regionales de Hipona (393) y Cartago (397 y 419) en el Norte de África, bajo la influencia de Agustín, confirmaron la misma lista.

Es importante tener en cuenta que estos concilios simplemente ratificaron lo que los creyentes de base, en su conjunto, habían practicado por siglos:

Las decisiones de los concilios de los siglos IV y V no determinaron el canon, y ni siquiera lo descubrieron o reconocieron. En ningún sentido hubo una autoridad contingente puesta sobre los concilios posteriores para canonizar los libros. Todos esos concilios lo que hicieron fue dar un reconocimiento posterior, más amplio y final a lo que ya era un hecho, es decir, que Dios los había inspirado y que el pueblo de Dios los había aceptado desde el primer siglo. [8]

Veinte de nuestros libros del Nuevo Testamento nunca fueron seriamente cuestionados o disputados. Estos son los cuatro evangelios, Hechos, las trece epístolas paulinas, 1 Pedro, y 1 Juan. Nosotros tenemos evidencia clara de los primeros tiempos post-apostólicos, que aquellos que conocieron a los apóstoles personalmente y escucharon sus enseñanzas, aceptaron estos libros. Estos veinte libros comprenden 7/8 del texto del Nuevo Testamento, y enseñan en su totalidad todas las doctrinas del Nuevo Testamento. Había algunos cuestionamientos u oposición de varios sectores sobre los siete libros restantes: Hebreos, Santiago, 2 Pedro, 2 Juan, 3 Juan, Judas y Apocalipsis. [9]

Hebreos no lleva el nombre de su autor, y por esa razón algunas personas eran reacias en aceptarlo. Gradualmente esa oposición fue superada sobre la base de la tradición alejandrina, que decía que Pablo era el autor. Los eruditos modernos generalmente dicen que Pablo no fue el autor, porque el estilo de Hebreos es significativamente diferente al de las trece epístolas que llevan el nombre de Pablo. Sin embargo, reconocen que sus temas son tan similares a los de los escritos de Pablo, que el autor debe haber sido colega o compañero de trabajo de Pablo. Esto explicaría la aceptación del libro en los primeros tiempos por tener la aprobación de Pablo, y sin embargo contar con diferencias de estilo respecto a Pablo.

Algunos cuestionaron la Epístola de Santiago debido a su énfasis en las obras, pensando que contradecía a la doctrina de la justificación por fe como se expresa particularmente en las cartas de Pablo. Sin embargo, bien entendido, no hay contradicción, sino una armonía. La Biblia enseña claramente la salvación por gracia a través de la fe. El libro de Santiago simplemente enfatiza que cuando la Biblia habla sobre la fe genuina, no habla de un mero asentimiento mental o profesión verbal, sino que más bien requiere de una fe activa y obediente que tiene un efecto visible en nuestras vidas. La única forma de demostrar la fe y mostrar su validez, es por las obras.

Algunas personas cuestionaron la autenticidad de 2 Pedro debido a las diferencias de estilo con 1 Pedro. Probablemente la forma más sencilla de explicar la discrepancia, es observar que un escriba llamado Silvano grabó la primera epístola (1 Peter 5:12). Es probable que el apóstol Pedro dictó a la epístola de 1 Pedro, que Silvano suavizó la gramática y ofreció una elegante fraseología, y que Pedro aprobó el resultado final. Por el contrario, Pedro evidentemente escribió 2 Pedro con su propia mano y sin asistencia.

2 y 3 Juan también fueron cuestionadas sobre su originalidad. Ambas son cartas muy pequeñas y se enviaron originalmente a individuos, por lo que es fácil ver el por qué no tuvieron una circulación generalizada al principio. Después de la muerte de Juan a finales del siglo I, las personas cercanas a los lectores originales probablemente comenzaron a darse cuenta de la importancia de lo que tenían y comenzaron a distribuirlas más ampliamente. A medida que otras iglesias comenzaron a recibirlas, algunos se preguntaron: ¿Si esas cartas son auténticas, por qué no las habíamos visto antes? La fuerte similitud con el Evangelio de Juan y con 1 Juan en estilo y contenido, resolvió en última instancia esta pregunta a favor de la autoría de Juan.

Judas fue cuestionado por citar al Libro de Enoc. La cita aparece en un libro apócrifo llamado 1 Enoc, por lo que surgió el cuestionamiento de si Judas respaldaba a un libro espurio. Pero tanto 1 Enoc como Judas, pueden haber obtenido esta información de una fuente común más antigua. Si Judas realmente citó a 1 Enoc, él simplemente reconoció que dicho libro conservó con precisión una tradición o registró una profecía veraz, pero esto no significa necesariamente una aprobación de todos los contenidos de 1 Enoc.

Finalmente, algunos objetaron al Libro de Apocalipsis. En realidad, Apocalipsis fue uno de los primeros libros en ser citado como Escritura. Las objeciones más serias se dieron en el siglo III por personas que se resistieron a la doctrina del milenio, al sentir que esta enseñanza le daba mucho apoyo a los judíos. La respuesta que se dio a este ataque, es que nosotros no tenemos derecho a desacreditar a un libro apostólico inspirado, simplemente porque no nos gustan algunas de sus enseñanzas.

Cuando analizamos los escritos cristianos de los siglos II y III, encontramos que reproducen todos menos once versículos del Nuevo Testamento. [10] Ese es un testimonio sorprendente de cuánto los primeros cristianos usaron los libros del Nuevo Testamento, del alto valor que les daban, y de cómo se ha conservado el texto a lo largo de los siglos.

Muchos libros escritos en los primeros tiempos post-apostólicos, fueron prácticamente rechazados por todos, por no estar inspirados por Dios. Estos incluyeron a numerosos supuestos evangelios, como también algunos hechos, epístolas y apocalipsis. La iglesia primitiva no los consideró canónicos porque no tenían la aprobación apostólica. La mayoría eran falsificaciones obvias, y típicamente contenían historias fantasiosas y doctrinas heréticas. Además, casi no contenían teología o historia valiosa, pero revelaban varias ideas y pensamientos populares de la época.

Algunos de estos libros fueron aceptados por algunos, recibiendo un reconocimiento temporal y local. Como ejemplo tenemos las epístolas de Clemente de Roma, de Policarpo y de Ignacio. Otros libros eran anónimos o seudónimos. Incluso cuando alguna gente aceptó a estos libros como inspirados, por lo general le dieron la categoría de semicanónicos, en un estatus secundario, ubicándolos como un apéndice de las Escrituras o colocándolos al final de una lista. Por lo general, su aceptación limitada se produjo debido a una creencia errónea de que tenían autoridad apostólica.

Finalmente fueron rechazados como canónicos por varias razones. Algunos obviamente solamente tenían una aplicación temporal o local. Algunos eran falsificaciones, como la Epístola a Los Laodicenses. En algunos casos, como el Pastor de Hermas, la Epístola de Seudo-Bernabé y la Didajé, la gente se dio cuenta de que los autores no eran apóstoles o sus asociados, como algunos lo suponían. También quedó claro que por el solo hecho de que un libro hubiera sido escrito cerca del final de la era apostólica, o poco después de la edad apostólica, o por alguien que había conocido a los apóstoles, eso no significaba que tuviera autoridad apostólica.

Ningún canon o concilio importante en la historia del cristianismo ha respaldado a estos otros libros. Ocasionalmente el día de hoy, alguien reclamará el publicar los llamados libros perdidos del Nuevo Testamento, pero estos libros nunca fueron aceptados por cualquier grupo significativo durante un período de tiempo significativo. Los libros de nuestro Nuevo Testamento son los que los creyentes históricamente aceptaron desde los primeros tiempos y son los que las diversas ramas del cristianismo han ratificado constantemente a lo largo de la historia.


Referencias

[1] David K. Bernard, God’s Infallible Word. Hazelwood, MO: Word Aflame Press. 1992. 80-81, 191-192
[2] F. F. Bruce, The Canon of Scripture (Downers Grove, IL: InterVarsity Press, 1988), 70-75.
[3] Para mayor información, ver Bernard, God’s Infallible Word, 84-86.
[4] Ver Mateo 10:40; 16:19; 18:18; 28:19-20; Lucas 6:13; 9:1-2; 10:16; 24:46-49; Juan 14:26; 16:13; 15:27; 17:20; 20:23; Hechos 1:21-22; 1 Corintios 11:2, Efesios 2:20; 2 Tesalonicenses 2:15.
[5] Bruce, Canon, 256-63.
[6] Alexander Roberts, James Donaldson, y A. Cleveland Coxe, eds., The Ante-Nicene Fathers (ANF) (1885; reprint, Grand Rapids: Eerdmans, 1981). Vols. 1, 2 y 7.
[7] Ante-Nicene Fathers 5:603-4.
[8] Norman Geisler y William Nix, A General Introduction to the Bible, rev. ed. (Chicago: Moody Press, 1986), 231.
[9] Ibíd., 298-301.
[10] Ibíd., 430-31.