lunes, 16 de abril de 2018

La Teología Unicitaria en los Escritos de los “Padres Apostólicos” (90-150 d.C)


Por Julio César Clavijo Sierra
© 2018. Todos los Derechos Reservados
Teólogo (Fundación Universitaria Seminario Teológico Bautista, Colombia)
Ingeniero Civil (Universidad Nacional de Colombia)
Especialista en Gerencia de Proyectos (Universidad del Tolima)


Bajo el título de “Padres Apostólicos”, se agrupa a los escritores eclesiásticos que publicaron sus obras entre los años 90-150 d.C., y bien pudieron conocer personalmente a los primeros apóstoles, o recibieron las instrucciones de discípulos directos de ellos.

El título de “padres” es confuso, pues podría significar que ellos fueron los líderes fundadores de la iglesia, pero sabemos que Jesucristo es el único fundador de la iglesia. Por esta razón, hay académicos que prefieren llamarles “escritores del periodo post-apostólico”.

Los autores agrupados en esta categoría son: (1°) Clemente obispo de Roma, autor de una epístola a los corintios; (2°) Ignacio obispo de Antioquía, autor de siete epístolas, una dirigida a Policarpo obispo de Esmirna, y las otras seis a las iglesias de Éfeso, Magnesia, Tralles, Filadelfia, Esmirna y Roma; (3°) Policarpo obispo de Esmirna, autor de una carta a la iglesia de Filipos; (4°) Papías obispo de Hierápolis, autor de varias obras de las cuales solo sobreviven unos fragmentos; (5°) Hermas, un profeta de Roma, que escribió El Pastor; (6°) Un autor anónimo que escribió la Epístola a Diogneto; (7°) Un autor anónimo que escribió una obra que se ha conocido como la Epístola de Bernabé; (8°) Un autor anónimo que escribió una homilía que se ha llamado 2. Clemente; y (9°) Varios autores que escribieron la Didajé (Didaché), también conocida como la Enseñanza de los Doce Apóstoles. Para este trabajo, todas las citas de dichas obras, han sido tomadas de Lo Mejor de los Padres Apostólicos, compilado por Alfonso Ropero, © 2004 por Editorial Clie.

Los escritos que nos han dejado los “padres apostólicos”, no son inspirados como sí lo son los del Nuevo Testamento, pero su testimonio nos demuestra que ellos (y por ende la iglesia de su tiempo) creían firmemente en la unicidad de Dios, y que las ideas arrianas, adopcionistas, socinianas y trinitarias [1],  no hacían parte de su teología. Al estudiar las obras de los “padres apostólicos” notamos que ellos se adhirieron por completo al monoteísmo estricto en el sentido del Antiguo Testamento, pero lo complementaron con la revelación del Nuevo Testamento de que Jesús es el único Dios manifestado en carne. La doctrina oficial de la Iglesia de finales del siglo I y la primera mitad del siglo II, era la unicidad de Dios.

El presente trabajo está limitado a examinar el entendimiento cristológico de dichos autores, y por lo tanto no pretende entrar en detalles de los otros aspectos de su teología.


1. Clemente de Roma (¿?-101 d.C.)

Clemente fue obispo de Roma desde el año 92 al 101 [2].  El único escrito perteneciente a Clemente que se conserva hoy día, sobre el que hay consenso en su autoría, es la Epístola a los Corintios, que aunque fue escrita por Clemente, se trata de una carta enviada por toda la Iglesia de Roma a la iglesia de Corinto, con el fin de que los hermanos de Corinto pudieran superar ciertos problemas con el liderazgo de la iglesia, pues algunos ministros más jóvenes habían depuesto de modo ilegítimo a los más antiguos. Esta es la primera obra de la literatura cristiana después del Nuevo Testamento, en la que consta históricamente el nombre de su autor, la situación y la época en que se escribió.

De dicha Epístola existen dos versiones. La versión corta que proviene del manuscrito hallado en el Códice Alejandrino del Siglo V, junto a los libros del Nuevo Testamento; y la versión larga que se halla en el Códice Jerosolimitano (Hierosolymitanus o Constantinopolitano), elaborado por el notario León en 1056. Por su antigüedad, el Códice Alejandrino es el que tiene mayor autoridad. Por esta razón, los eruditos Alexander Roberts y James Donaldson, utilizaron la versión corta de Clemente, en su edición de la Librería Cristiana Antenicena, Volumen I, publicada entre 1867-1870 en Edimburgo por T & T Clark. Ellos omitieron los capítulos 58-63 de la versión larga por considerarlos como interpolación al texto original de Clemente.

Clemente de Roma habló de un único Dios. “somos una porción especial de un Dios santo”. (30). “para que el nombre del Dios único y verdadero pudiera ser glorificado; a quien sea la gloria para siempre jamás”. (43).

El único Dios posee el nombre más alto, y ese nombre es Jesús. “el Altísimo es el campeón y protector de los que en conciencia pura sirven su nombre excelente”. (45). “El Señor, hermanos, no tiene necesidad de nada. Él no desea nada de hombre alguno, sino que se confiese su Nombre”. (52). “Finalmente, que el Dios omnisciente, Señor de los espíritus y de toda carne, que escogió al Señor Jesucristo, y a nosotros, por medio de Él, como un pueblo peculiar, conceda a cada alma que se llama según su santo y excelente Nombre, fe, temor, paz, paciencia, longanimidad, templanza, castidad y sobriedad, para que podáis agradarle en su Nombre”. (65). [3]

Clemente destacó la obra de Jesús como hombre, al decir que Jesucristo es el enviado de Dios, nuestro sumo sacerdote, el Hijo de Dios, el resplandor de la majestad divina, el cetro de la majestad de Dios, el heredero del nombre más sublime, y quien nos conduce a Dios.

“Los apóstoles recibieron el Evangelio para nosotros del Señor Jesucristo; Jesucristo fue enviado por Dios. Así pues, Cristo viene de Dios, y los apóstoles de Cristo. Por tanto, los dos vienen de la voluntad de Dios en el orden designado”. (42). “Jesucristo nuestro Señor dio su sangre por nosotros por la voluntad de Dios, y su carne por nuestra carne, y su vida por nuestras vidas”. (49). “…el Dios omnisciente, Señor de los espíritus y de toda carne, que escogió al Señor Jesucristo, y a nosotros, por medio de Él,…. nuestro Sumo Sacerdote y guardián Jesucristo, a través del cual sea a Él la gloria y majestad, la potencia y el honor, ahora y para siempre jamás. Amén”. (65).

“El cetro [de la majestad] de Dios, a saber, nuestro Señor Jesucristo, no vino en la pompa de arrogancia o de orgullo, aunque podría haberlo hecho, sino en humildad de corazón” (16). “Ésta es la manera, amados, en que encontramos nuestra salvación, a saber, Jesucristo el Sumo Sacerdote de nuestras ofrendas, el guardián y ayudador en nuestras debilidades. Fijemos nuestra mirada, por medio de Él, en las alturas de los cielos; por medio de Él contemplamos como en un espejo su rostro intachable y excelente; por medio de Él fueron abiertos los ojos de nuestro corazón; por medio de Él nuestra mente insensata y entenebrecida salta a la luz; por medio de Él el Señor ha querido que probemos el conocimiento inmortal; el cual, siendo el resplandor de su majestad, es muy superior a los ángeles, puesto que ha heredado un nombre más excelente que ellos”. (36). “Gracia a vosotros y paz del Dios Todopoderoso os sea multiplicada por medio de Jesucristo”. (Salutación). [4]

Algunos insisten en que dos porciones de la Epístola de Clemente a los Corintios, parecen tener trazos de trinitarismo:

La primera es: “¿No tenemos un solo Dios y un Cristo y un Espíritu de gracia que fue derramado sobre nosotros?”. (46). Sin embargo, aquí se ve claramente una evocación de Efesios 4:3-6 que habla de guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz, y enfatiza que como iglesia somos un solo cuerpo, tenemos un solo Espíritu, una misma esperanza, un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, y un solo Dios y Padre de todos. 

La segunda porción es: “Porque tal como Dios vive, y vive el Señor Jesucristo, y el Espíritu Santo…”. (58). Sin embargo, esta porción no aparece en el Códice Alejandrino del siglo V, que es el manuscrito más antiguo, pero sí aparece en el Códice Jerosolimitano de 1056 y en una Versión Siríaca de 1170. Como estas últimas fuentes parecen haberse originado a partir de la fuente más antigua, “sabemos que cualquier adición posterior a los manuscritos originales, probablemente es una interpolación posterior del texto original”. [5]  Así, podemos declarar con toda seguridad que Clemente no utilizó vocabulario trinitario.


2. Ignacio de Antioquía (35-107 d.C.)

Ignacio fue obispo de Antioquía de Siria. Fue condenado por el emperador Trajano a morir en Roma enfrentado a las fieras. Durante su travesía a Roma, compuso siete epístolas que nos han quedado como el testimonio de su pensamiento. Seis fueron dirigidas a las iglesias de Éfeso, Magnesia, Tralles, Filadelfia, Esmirna y Roma, y una fue dirigida a Policarpo obispo de Esmirna. Debido a que Ignacio fue recibido con gran afecto, y fue considerado un gran líder por los creyentes de finales del siglo I y principios del siglo II, podemos asegurar que la mayoría de estos creyentes creían en la misma teología de Ignacio.

Las cartas de Ignacio se han conservado en tres versiones. La corta que es la original, y se halla en el Codex Mediceus Laurentianus que data del siglo II. La larga datada en el siglo IV que trae alteraciones e interpolaciones a la versión original y añade seis cartas espurias a las siete epístolas auténticas. También está la versión brevísima o siríaca.

Ignacio creyó que el único Dios invisible fue manifestado en carne. “Espera en Aquel que está por encima de toda estación, el Eterno, el Invisible, que se hizo visible por amor a nosotros, el Impalpable, el Impasible, que sufrió por amor a nosotros, que sufrió en todas formas por amor a nosotros”. (A Policarpo - 3). Ignacio mencionó que el único Dios sufrió al haberse encarnado. Sin embargo, en el siglo III, Tertuliano (el primer trinitario de la historia cristiana) ridiculizó a los creyentes de su tiempo que creían como lo había hecho Ignacio, y los tildó de patripasianos. [6] Ignacio aclaró que en cuanto a su condición divina, Dios es impasible; pero en cuanto a su manifestación en carne, Él es pasible (es decir que pudo sufrir y morir). “Sólo hay un médico, de la carne y del espíritu, engendrado y no engendrado, Dios en el hombre, verdadera Vida en la muerte, hijo de María e Hijo de Dios, primero pasible y luego impasible: Jesucristo nuestro Señor”. (A los Efesios - 7). Ignacio dijo que el Hijo Jesucristo es la manifestación de Dios en carne, aunque hay desobedientes que no quieren creerlo. “…porque los profetas divinos vivían según Cristo Jesús. Por esta causa también fueron perseguidos, siendo inspirados por su gracia a fin de que los que son desobedientes puedan ser plenamente persuadidos de que hay un solo Dios que se manifestó a través de Jesucristo su Hijo, que es su Verbo que procede del silencio”. (A los Magnesios - 8).

Ignacio presentó al evangelio como la buena nueva de Dios manifestado en carne. “Pero el Evangelio tiene una preeminencia singular en el advenimiento del Salvador, a saber, nuestro Señor Jesucristo, y su pasión y resurrección. Porque los amados profetas en su predicación le señalaban a Él; pero el Evangelio es el cumplimiento y perfección de la inmortalidad”. (A los Filadelfios - 9). El reino de las tinieblas y el poder de la muerte fueron quebrantados cuando Dios vino en semejanza de hombre. “A partir de entonces toda hechicería y todo encanto quedó disuelto, la ignorancia de la maldad se desvaneció, el reino antiguo fue derribado cuando Dios apareció en la semejanza de hombre en novedad de vida eterna; y lo que había sido perfeccionado en los consejos de Dios empezó a tener efecto. Por lo que todas las cosas fueron perturbadas, porque se echó mano de la abolición de la muerte”. (A los Efesios - 19). Jesucristo es por lo tanto la mente del Padre (o el plan eterno que estuvo con el Padre para a su debido tiempo, traer vida y salvación a los hombres por medio de Jesucristo). “…por tanto me atreví a exhortaros, para que corráis en armonía con la mente de Dios; pues Jesucristo, nuestra vida inseparable, es también la mente del Padre, así como los obispos establecidos hasta los extremos de la tierra están en la mente de Jesucristo”. (A los Efesios - 3). “habiéndoles sido confiado el diaconado de Jesucristo, que estaba con el Padre antes que los mundos y apareció al fin del tiempo”. (A los Magnesios - 6). Como el evangelio es el mensaje que Jesucristo trajo para reconciliar a los hombres con Dios, y es la predicación sobre Jesucristo, entonces Jesucristo es la boca del Padre. “…que yo digo la verdad — Jesucristo, la boca infalible por la que el Padre ha hablado [verdaderamente]”. (A los Romanos - 8). Por lo cual Jesucristo es el Dios que concede la sabiduría del evangelio y es nuestra vida verdadera. “Doy gloria a Jesucristo el Dios que os concede tal sabiduría”. (A los Esmirnenses - 1). “siempre y cuando seamos hallados en Cristo Jesús como nuestra vida verdadera”. (A los Efesios - 11). “Y ¿por qué no andamos prudentemente, recibiendo el conocimiento de Dios, que es en Jesucristo?”. (A los Efesios - 17).

Al reconocer que Dios fue manifestado en carne, Ignacio no tuvo ningún problema en decir que Jesucristo es el único Dios. “…salutaciones abundantes en Jesucristo nuestro Dios en su intachabilidad”. (A los Romanos - Salutación). “Mis mejores deseos siempre en nuestro Dios Jesucristo, en quien permanecéis en la unidad y supervisión de Dios”. (A Policarpo - VIII). “…a la (iglesia) que ha sido bendecida en abundancia por la plenitud de Dios el Padre… unida y elegida en una verdadera pasión, por la voluntad… de Jesucristo nuestro Dios”. (A los Efesios - Salutación).

En otros lugares, Ignacio identificó a Jesucristo como el propio Padre. Por ejemplo, al escribirle a los romanos, dijo que el único obispo es Jesucristo. “Recordad en vuestras oraciones a la iglesia que está en Siria, que tiene a Dios como su pastor en lugar mío. Jesucristo sólo será su obispo —Él y vuestro amor—”. (A los Romanos - 9). Sin embargo, al escribirle a los Magnesios, dijo que el Padre de Jesucristo es el obispo de todos. “no ya a él, sino al Padre de Jesucristo, a saber, el Obispo de todos”. (A los Magnesios - 3). Pero más interesantemente, al escribirle a Policarpo dijo que el obispo singular de la Iglesia es Dios el Padre y Jesucristo. “Ignacio, llamado también Teóforo, a Policarpo, que es obispo de la iglesia de Esmirna, o más bien que tiene por su obispo a Dios el Padre y a Jesucristo”. (A Policarpo - Salutación).

Ignacio declaró que Jesús es el Dios que vive en los creyentes, por lo cual cada cristiano es templo de Jesucristo. “Hagamos todas las cosas considerando que Él [Jesucristo] vive en nosotros, para que podamos ser sus templos, y Él mismo pueda estar en nosotros como nuestro Dios”. (A los Efesios - 15). El Espíritu Santo es el Espíritu de Jesús. “…con los diáconos que han sido nombrados en conformidad con la mente de Jesucristo, a los cuales Él de su propia voluntad ha confirmado y afianzado en su Santo Espíritu”. (A los Filadelfios - Salutación). Jesucristo puede habitar en nosotros, porque Él es el Espíritu. “Pasadlo bien en piadosa concordia, y poseed un Espíritu firme, que es Jesucristo”. (A los Magnesios - 15). Nosotros podemos vivir en la fe y el amor en el Hijo y en el Padre, por el Espíritu singular que habita en nosotros. “para que podáis prosperar en todas las cosas que hagáis en la carne y en el espíritu, por la fe y por el amor, en el Hijo y Padre en el Espíritu, en el comienzo y en el fin”. (A los Magnesios - 13).

Al reconocer la verdad de la encarnación, Ignacio creyó que Jesucristo es también un verdadero hombre, el hombre perfecto y sin pecado nacido de una virgen. “Sólo que sea en el nombre de Jesucristo, de modo que podamos sufrir juntamente con Él. Sufro todas las cosas puesto que Él me capacita para ello, el cual es el Hombre perfecto”. (A los Esmirnenses - 4). Aun siendo Dios, Jesús se presentó como un hombre verdadero del linaje de David. “Porque nuestro Dios, Jesús el Cristo, fue concebido en la matriz de María según una dispensación de la simiente de David, pero también del Espíritu Santo; y nació y fue bautizado para que por su pasión pudiera purificar el agua”. (A los Efesios - 18). “en gracia, en una fe y en Jesucristo, el cual según la carne fue del linaje de David, que es el Hijo del Hombre y el Hijo de Dios”. (A los Efesios - 20). “plenamente persuadidos por lo que se refiere a nuestro Señor que Él es verdaderamente del linaje de David según la carne, pero Hijo de Dios por la voluntad y poder divinos, verdaderamente nacido de una virgen y bautizado por Juan para que se cumpliera en Él toda justicia, verdaderamente clavado en cruz en la carne por amor a nosotros bajo Poncio Pilato y Herodes el Tetrarca (del cual somos fruto, esto es, su más bienaventurada pasión); para que Él pueda alzar un estandarte para todas las edades por medio de su resurrección, para sus santos y sus fieles, tanto si son judíos como gentiles, en el cuerpo único de su Iglesia”. (A los Esmirnenses - 1). “Sed sordos, pues, cuando alguno os hable aparte de Jesucristo, que era de la raza de David, que era el Hijo de María, que verdaderamente nació y comió y bebió y fue ciertamente perseguido bajo Poncio Pilato, fue verdaderamente crucificado y murió a la vista de los que hay en el cielo y los que hay en la tierra y los que hay debajo de la tierra; el cual, además, verdaderamente resucitó de los muertos, habiéndolo resucitado su Padre, el cual, de la misma manera nos levantará a nosotros los que hemos creído en Él —su Padre, digo, nos resucitará—, en Cristo Jesús, aparte del cual no tenemos verdadera vida”. (A los Trallanos - 9). La dispensación de la gracia, consiste en tener fe en Jesucristo y su obra como hombre. “os mostraré más acerca de la dispensación de la cual he empezado a hablar, con referencia al nuevo hombre Jesucristo, que consiste en fe hacia Él y en amor hacia Él, en su pasión y resurrección, especialmente si el Señor me revelara algo”. (A los Efesios - XX). Ignacio creyó que Jesucristo aún permanece como un hombre verdadero después de su resurrección. “Porque sé y creo que Él estaba en la carne incluso después de la resurrección; y cuando Él se presentó a Pedro y su compañía, les dijo: Poned las manos sobre mí y palpadme, y ved que no soy un demonio sin cuerpo. Y al punto ellos le tocaron, y creyeron”. (A los Esmirnenses - 3).

Como la obra de Jesucristo es la que nos ha reconciliado con Dios, entonces nosotros alabamos a Dios por medio de Jesucristo. “Por tanto, en vuestro amor concorde y armonioso se canta a Jesucristo. Y vosotros, cada uno, formáis un coro, para que estando en armonía y concordes, y tomando la nota clave de Dios, podáis cantar al unísono con una sola voz por medio de Jesucristo al Padre, para que Él pueda oíros y, reconocer por vuestras buenas obras que sois miembros de su Hijo”. (A los Efesios - 4). “para que formando vosotros un coro en amor, podáis cantar al Padre en Jesucristo”. (A los Romanos - 2). De igual modo, los creyentes llevamos la marca de Dios por medio de Jesucristo. “los no creyentes la marca del mundo, pero los fieles en amor la marca de Dios el Padre por medio de Jesucristo”. (A los Magnesios - 5).

Ignacio creyó que en su rol humano (según la carne), Jesucristo es nuestro ejemplo de vida hacia Dios. “sed imitadores de Jesucristo como Él mismo lo era de su Padre”. (A los Filadelfios - 7). “el cual en todas las cosas agradó a Aquel que le había enviado”. (A los Magnesios – 8). “Sed obedientes al obispo y los unos a los otros, como Jesucristo lo era al Padre [según la carne], y como los apóstoles lo eran a Cristo y al Padre, para que pueda haber unión de la carne y el espíritu”. (A los Magnesios - 13).

Como el hombre Jesucristo es el Padre manifestado en carne, y es nuestro ejemplo hacia el Padre, por esta razón Él está íntimamente ligado con el Padre. Las siguientes frases de Ignacio, sin duda alguna tienen en mente aquella porción del evangelio según Juan 14:10-11 que dicen que el Padre está en el Hijo y el Hijo está en el Padre. “el Padre es fiel en Jesucristo para satisfacer mi petición y la vuestra. Que podamos ser hallados intachables en Él”. (A los Trallanos - 13). “Apresuraos a congregaros, como en un solo templo, Dios; como ante un altar, Jesucristo, que vino de un Padre y está con un Padre y ha partido a un Padre”. (A los Magnesios - 7). “Porque Dios nuestro Dios Jesucristo, estando en el Padre, es el que es más fácilmente manifestado. La obra no es ya de persuasión, sino que el Cristianismo es una cosa de poder”. (A los Romanos - 3). “Por tanto, tal como el Señor no hizo nada sin el Padre, [estando unido con Él]”. (A los Magnesios - 7). “Y después de su resurrección Él comió y bebió con ellos como uno que está en la carne, aunque espiritualmente estaba unido con el Padre”. (A los Esmirnenses - 3). Debido a esto, podemos decir que la Iglesia es a la vez del Padre y de Jesucristo. “estéis íntimamente unidos a él como la Iglesia lo está con Jesucristo y como Jesucristo lo está con el Padre, para que todas las cosas puedan estar armonizadas en unidad”. (A los Efesios - 5). “Ignacio, que es llamado también Teóforo, a aquella que ha hallado misericordia en la benevolencia del Padre Altísimo y de Jesucristo su único Hijo”. (A los Romanos - Salutación). “a la iglesia de Dios el Padre y de Jesucristo el Amado”. (A los Esmirnenses - Salutación). “Ignacio, llamado también Teóforo, a la iglesia de Dios el Padre y de Jesucristo”. (A los Filadelfios - Salutación). “Pasadlo bien en Dios el Padre y en Jesucristo nuestra esperanza común”. (A los Efesios XXI). “abundantes salutaciones en Dios el Padre y en Jesucristo”. (A los Magnesios - Salutación). “o por sí mismo o por medio de hombres, ni para vanagloria, sino en el amor de Dios y el Padre y el Señor Jesucristo”. (A los Filadelfios - 1).

El nombre singular que Dios nos ha revelado, es Jesús. “…yo había emprendido el camino desde Siria, en cadenas, por amor del Nombre y esperanza comunes… vosotros sentisteis ansia de visitarme; siendo así que en el nombre de Dios os he recibido a todos vosotros…”. (A los Efesios - 1). “andando en la ley de Cristo y llevando el nombre del Padre; iglesia a la cual yo saludo en el nombre de Jesucristo el Hijo del Padre”. (A los Romanos - Salutación). Por lo tanto la iglesia lleva el nombre de Jesús y glorifica el nombre de Jesús. “Sólo que sea en el nombre de Jesucristo, de modo que podamos sufrir juntamente con Él”. (A los Esmirnenses - 4). “decidí comunicarme con vosotros en la fe de Jesucristo. Porque siendo contado digno de llevar un nombre piadoso, en estas cadenas que estoy llevando”. (A los Magnesios - I). “Porque aun cuando estoy en cadenas por amor del Nombre, no he sido hecho perfecto todavía en Jesucristo”. (A los Efesios - 3). “os corresponde, como iglesia de Dios, el designar a un diácono que vaya allí como embajador de Dios, para que pueda darles el parabién cuando se congreguen y puedan glorificar el Nombre”. (A los Filadelfios - 10).

La evidencia hallada en los escritos acreditados de Ignacio es tan fuerte a favor de la Unicidad, que incluso eruditos e historiadores de corte trinitario han admitido la tendencia unicitaria de Ignacio.

La teóloga Virginia Corwin, declaró que “Si se debe elegir un término para indicar la tendencia de su pensamiento, se debe decir que Ignacio es monarquiano, aunque está muy cerca del punto que luego se declara ortodoxo”. [7]  Monarquiano (el que cree en un solo Rey o Monarca divino) fue un término que utilizaron los unicitarios de principios del siglo III para identificarse y diferenciarse del trinitarismo que recién aparecía, tal como consta en la obra Contra Práxeas, escrita por Tertuliano.

Jaroslav Pelikan, el famoso historiador de la Iglesia Ortodoxa, afirmó que “Muchos de los pasajes de los escritores cristianos antiguos… suenan como Monarquianismo Modalista”, y citó a Ignacio de Antioquía como una prueba, diciendo: “que Ignacio elogió ʿal Invisible, quien por nuestro bien se hizo visible, el Impasible, quien se volvió sujeto de sufrimiento por amor a nosotros, y por nuestro bien soportó todoʾ”. [8]

El historiador alemán Friedrich Loofs, escribió que Ignacio consideraba a Dios “como una mónada [unidad o entidad sin división] indiferenciada en su ser esencial, siendo el Hijo y el Espíritu meramente formas o modos de la auto-revelación del Padre, solo distinguibles de Él en el proceso de revelación”. [9]  A esta forma de pensar, Loofs la identificó como una “economía trinitaria”, pero en realidad es unicidad pura.

El teólogo Católico Romano Edmund J. Fortman, escribió que “aunque no hay nada remotamente parecido a una doctrina de la Trinidad en Ignacio, el patrón triádico de pensamiento está allí”. [10] Fortman asumió ligeramente que porque Ignacio utilizó los títulos de Padre, Hijo y Espíritu Santo, él tenía un pensamiento triádico. Sin embargo, tuvo que reconocer que el uso que Ignacio hace de esos títulos “ni siquiera se asemeja remotamente a una doctrina de la trinidad ¿Si Ignacio fue un verdadero trinitario, por qué no hay nada remotamente parecido a una doctrina de la trinidad en sus escritos?” [11]


3. Policarpo de Esmirna (65-155 d.C.)

Policarpo fue obispo de Esmirna. Él fue tenido en gran estima por la iglesia de su tiempo, lo que está demostrado en que Ignacio de Antioquía le dirigió una carta personal en la que le dio consejos de tipo pastoral,  y en que la Iglesia de Filipos lo invitó a que les dirigiera una carta de consejo, la cual es el único escrito de Policarpo con el que contamos. Un autor desconocido escribió una obra titulada El Martirio de Policarpo, que “es el relato circunstanciado más antiguo que existe del martirio de un solo individuo” [12] cristiano. Sin embargo, el relato combina a tal punto la realidad con la ficción, que menciona la ocurrencia de milagros extravagantes cuando Policarpo fue quemado en la hoguera, diciendo que su cuerpo brilló como el oro, expelió olores dulces, que una paloma surgió desde su cuerpo y voló, y que su sangre extinguió el fuego. En esa obra se le atribuyen a Policarpo unas palabras que confiesan a Jesucristo como su único Dios y salvador. Cuando el magistrado le dijo que si renegaba de Cristo lo dejaría libre, Policarpo respondió: “Durante ochenta y seis años he servido a Cristo, y nunca me ha hecho ningún mal. ¿Cómo quieres que reniegue de mi Dios y Salvador?”[13]

De la Epístola de Policarpo a los Filipenses, apreciamos que Policarpo apoyó y tomó como suyas todas las palabras que Ignacio expresó en sus cartas, al decir: “Las cartas de Ignacio que él me envió, y tantas otras cartas como hay en posesión nuestra, os las enviamos, según nos encargasteis; y van incluidas con esta carta; de ellas vais a recibir gran beneficio. Porque hay en ellas fe y resistencia y toda clase de edificación, que pertenece a nuestro Señor”. (13).

En consecuencia, Policarpo confesó a Jesucristo como Señor y Dios. “Me gocé en gran manera con vosotros en nuestro Señor Jesucristo”. (1). “Si, pues, rogamos al Señor que nos perdone, nosotros deberíamos también perdonar: porque estamos delante de los ojos de nuestro Señor y Dios, y todos hemos de presentarnos ante el trono del juicio de Cristo, y cada uno tendrá que dar cuenta de sí”. (6). “y todos los que están bajo el cielo, que creerán en nuestro Señor y Dios Jesucristo”. (12).

También confesó la verdadera humanidad de Jesús. “Porque todo el que no confiesa que Jesucristo ha venido en la carne, es anticristo; y todo el que no confiesa el testimonio de la cruz, es del diablo”. (7). Y declaró que en su condición humana, Jesús es nuestro ejemplo perfecto hacia Dios. “Por tanto, mantengámonos sin cesar firmes en nuestra esperanza y en las arras de nuestra justicia, que es Jesucristo, el cual tomó nuestros pecados en su propio cuerpo sobre el madero, y no pecó, ni fue hallado engaño en su boca, sino que por amor a nosotros sufrió todas las cosas, para que pudiéramos vivir en Él. Por tanto seamos imitadores de su resistencia en los sufrimientos; y si sufrimos por amor a su nombre, glorifiquémosle. Porque Él nos dio este ejemplo en su propia persona, y nosotros lo hemos creído”. (8). “el mismo Sumo Sacerdote eterno, el [Hijo] de Dios Jesucristo, os edifique en fe y en verdad, y en toda mansedumbre y a evitar todo enojo, y en resistencia, y en longanimidad, y en soportar con paciencia y en pureza; y que Él os conceda la suerte y parte de sus santos… Orad también por los reyes y potentados y príncipes, y por los que os persiguen y aborrecen, y por los enemigos de la cruz, que vuestro fruto pueda ser manifiesto entre todos los hombres, para que podáis ser perfeccionados en Él”. (12). Al reconocer a Jesús como un hombre verdadero, Policarpo creyó que Dios lo resucitó de entre los muertos. “a quien Dios levantó, habiendo soltado de los dolores del Hades”. (1). “porque habéis creído en Aquel que levantó a nuestro Señor Jesucristo de los muertos y le dio gloria y un trono a su diestra”. (2). “y todos los que están bajo el cielo, que creerán en nuestro Señor y Dios Jesucristo y en su Padre que lo levantó de los muertos”. (12).

Policarpo declaró que Dios efectuó su obra de salvación por medio de Jesucristo. “sufrió para hacer frente incluso a la muerte por nuestros pecados… a quien amáis sin haberle visto, con gozo inefable y glorioso; en cuyo gozo muchos desean entrar; por cuanto vosotros sabéis que es por gracia que somos salvos, no por obras, sino por la voluntad de Dios por medio de Jesucristo”. (1). Como el hombre Jesucristo es el Padre manifestado en carne, y es nuestro ejemplo hacia el Padre, por esta razón Él está íntimamente ligado con el Padre, y nosotros debemos recordar siempre a Dios, y a Cristo por quien Él hizo la obra de salvación. “el amor va delante —amor hacia Dios y Cristo y hacia nuestro prójimo—. Porque si un hombre se ocupa de ello, ha cumplido los mandamientos de la justicia; porque el que ama está lejos de todo pecado”. (3). “De igual manera los diáconos deben ser intachables en la presencia de su justicia, como diáconos de Dios y Cristo y no de hombres”. (5).


4. Papías de Hierápolis

Papías fue obispo de Hierápolis, en el Asia Menor. Ireneo nos dice que Papías “fue un oyente de Juan y un compañero de Policarpo, hombre respetado, dio testimonio por escrito en el cuarto de sus libros, porque compuso cinco”. (Fragmentos de Papías, 14). De toda su obra solamente sobreviven pequeños fragmentos que no son determinantes para poder concluir acerca de la posición cristológica que él poseyó.  Sin embargo, al ser un amigo de Policarpo, podemos sospechar que contó con la misma cristología de su amigo, y por lo tanto Papías también fue unicitario.


5. El Pastor de Hermas

El Pastor de Hermas fue uno de los escritos más estimados y de mayor circulación en la iglesia cristiana antigua, y pertenece al género apocalíptico donde a través de visiones y símbolos se transmiten sus enseñanzas. Hermas era un profeta que ministraba en la ciudad de Roma. El título del libro obedece a que un ángel se le apareció a Hermas en la forma de un pastor, ordenándole que escribiera un libro para entregarlo a la iglesia de Dios. Hermas mencionó a Clemente de Roma como un líder contemporáneo suyo (2.4), y se menciona que algunos de los apóstoles aún estaban vivos entre ellos (3.5). Esto conduce a concluir que el libro fue escrito en el siglo I.

Hermas informó que creer que Dios es uno, que el único Dios creó todas las cosas, y guardarle obediencia, es el mandamiento principal del que depende la vida cristiana: “Ante todo, cree que Dios es uno, y que Él creó todas las cosas y las puso en orden, y trajo todas las cosas de la no existencia al ser, que comprende, todas las cosas siendo Él solo incomprensible. Cree en Él, pues, y témele, y en este temor ejerce dominio sobre ti mismo. Guarda estas cosas, y te verás libre de toda maldad, y serás revestido de toda excelencia y justicia, y vivirás para Dios si guardas este mandamiento”. (Mandamiento 1,1).

Como el Espíritu Santo creó todas las cosas, entonces el Espíritu Santo es identificado como ese único Dios en el cual debemos creer. “…el Espíritu Santo preexistente, que creó toda la creación”. (Parábola 5,6).

Hermas también hace referencia a la encarnación del único Dios que es Espíritu, identificando al Hijo como ese único Espíritu Santo en la condición de un hombre que vivió en todo una vida sin pecado. “Deseo mostrarte todas las cosas que el Espíritu Santo, que habló contigo en la forma de la Iglesia, te mostró. Porque este Espíritu es el Hijo de Dios. (Parábola 9,1).  “Pero escucha en qué forma el señor tomó a su Hijo y sus gloriosos ángeles como consejeros respecto a la herencia del siervo. Dios hizo que el Espíritu Santo preexistente, que creó toda la creación, morara en carne que Él deseó. Esta carne, pues, en que reside el Espíritu Santo, fue sometida al Espíritu, andando honorablemente en santidad y pureza, sin contaminar en modo alguno al Espíritu. Cuando hubo vivido, pues, honorablemente en castidad, y trabajado con el Espíritu, y hubo cooperado con él en todo, comportándose él mismo osada y valerosamente, Él lo escogió como colaborador con el Espíritu Santo; porque el curso de esta carne agradó [al Señor], siendo así que, poseyendo el Espíritu Santo, no fue contaminado en la tierra. Por tanto, tomó a su Hijo como consejero y a los gloriosos ángeles también, para que esta carne, además, habiendo servido al Espíritu intachablemente, pudiera tener algún lugar de residencia, y no pareciera que había perdido la recompensa por su servicio; porque toda carne que es hallada sin contaminación ni mancha, en que reside el Espíritu Santo, recibirá una recompensa. Ahora tienes la interpretación de esta parábola también”. (Parábola 5,6).

La identificación del Hijo como el Espíritu Santo encarnado es tan clara, que el traductor trinitario Jack N. Sparks, en la obra titulada Los Padres Apostólicos, escribió en su prefacio al Pastor de Hermas, que “Tú no llamarías a Hermas un teólogo preciso. Su terminología al hablar del Hijo y del Espíritu Santo es tan confusa que parece identificar a los dos como la misma persona”. [14]  El historiador Johannes Quasten, advirtiendo lo mismo escribió: “Aquí se identifica al Espíritu Santo con el Hijo de Dios”. [15]

La única posición teológica compatible con el contenido del Pastor de Hermas, es la teología unicitaria, pues los otros puntos de vista tales como el trinitarismo, el arrianismo,  el adopcionismo y el socinianismo, no admiten que el Hijo de Dios sea el mismo Espíritu Santo encarnado.

Algunos trinitarios y arrianos, citan una porción del Pastor de Hermas en su intento de mostrar que Jesús como Hijo, preexistía literalmente a su nacimiento como Hijo, y que Él no preexistió como el Espíritu Santo. “El Hijo de Dios es más antiguo que toda su creación, de modo que fue el consejero del Padre en la obra de su creación”. (Parábola 9,12). Sin embargo, Hermas está diciendo que el Hijo es más antiguo que toda la creación, porque fue lo primero trazado en el plan de Dios, en el mismo sentido en que ya había confesado que “la Iglesia… fue creada antes que todas las cosas… y por amor a ella fue formado el mundo”. (Visión 2,4). Sin embargo sabemos que el Hijo y la Iglesia aparecieron realmente en un tiempo posterior al de la obra de creación. Así pues, es en ese sentido que el texto expresa que el Hijo es tanto antiguo como reciente: “explícame esto. La roca y la puerta, ¿qué son? Esta roca, me contestó, y la puerta, son el Hijo de Dios. Señor, le dije, ¿cómo es que la roca es antigua pero la puerta reciente? Escucha, me dijo, y entiende, hombre insensato. El Hijo de Dios es más antiguo que toda su creación, de modo que fue el consejero del Padre en la obra de su creación. Por tanto, también Él es antiguo. Pero la puerta, ¿por qué es reciente, señor?, le pregunté. Porque, dijo él, Él fue manifestado en los últimos días de la consumación; por tanto, la puerta es hecha recientemente, para que los que son salvos puedan entrar por ella en el reino de Dios”. (Parábola 9,12).

El Hijo es el hombre glorioso y el medio que Dios proveyó para traer la salvación a los hombres. “Pero la puerta es el Hijo de Dios; sólo hay esta entrada al Señor. Nadie puede entrar hasta Él de otra manera que por medio de su Hijo…. El hombre glorioso, dijo él, es el Hijo de Dios”. (Parábola 9,12). “Escucha, me dijo; este gran árbol que hace sombra sobre llanuras y montañas y toda la tierra es la ley de Dios, que fue dada a todo el mundo; y esta ley es el Hijo de Dios predicado a todos los extremos de la tierra”. (Parábola 8,3). El Hijo es el Siervo que se entregó por favor de los hombres, pero a su vez es el Rey de los hombres. “Oye, ahora, y entiende. La hacienda es este mundo, y el señor de la hacienda es el que creó todas las cosas, y las ordenó, y las dotó de su poder, y el siervo es el Hijo de Dios, y las vides son este pueblo a quien Él mismo plantó”. (Parábola 5,5). “el Hijo de Dios no está representado en la forma de un siervo, sino que está representado en gran poder y señorío. ¿Cómo, señor?, dije yo; no lo comprendo. Porque, dijo él, Dios plantó la viña, esto es, creó al pueblo y lo entregó a su Hijo. Y el Hijo colocó a los ángeles a cargo de ellos, para que velaran sobre ellos; y el Hijo mismo limpió sus pecados, trabajando mucho y soportando muchas labores; porque cavar sin trabajar o esforzarse. Habiendo, pues, Él limpiado a su pueblo, les mostró los caminos de vida, dándoles la ley que Él recibió de su Padre. Ves, pues, me dijo, que Él es el mismo Señor del pueblo, habiendo recibido todo el poder de su Padre”. (Parábola 5,6).

El Espíritu Santo es el Espíritu del Hijo, o el Espíritu del Señor. “Porque el Señor os ha puesto a prueba, y os ha contado entre su número, y toda vuestra simiente morará con el Hijo de Dios; porque recibisteis de su Espíritu”. (Parábola 9,24). “…que el Espíritu que Dios hizo residir en esta tu carne pueda ser hallado veraz a la vista de todos los hombres; y así el Señor, que reside en ti, será glorificado; porque el Señor es fiel en toda palabra, y en Él no hay falsedad”. (Mandamiento 3,1). “…anduvieron siempre en rectitud y verdad, y también recibieron el Espíritu Santo. Estos, por tanto, tendrán entrada con los ángeles”. (Parábola 9,25).

Como el Espíritu Santo es el Espíritu del Hijo, esto indica que Jesús aún después de su glorificación continúa poseyendo sus atributos humanos, y por eso todavía puede ministrar e interceder por nosotros como el único mediador entre Dios y los hombres, pero ahora habitando dentro de nosotros como el Espíritu. “Ahuyenta de ti, pues, tu tristeza, y no aflijas al Espíritu Santo que mora en ti, para que no suceda que interceda a Dios [contra ti] y se aparte de ti. Porque el Espíritu de Dios, que fue dado a esta carne, no soporta la tristeza ni el ser constreñido”. (Mandamiento 10,2). “…la tristeza mezclada con el Espíritu Santo no produce la misma intercesión (que produciría el Espíritu Santo solo). Por consiguiente, purifícate de tu malvada tristeza, y vivirás para Dios”. (Mandamiento 10,3). “Porque si eres sufrido, el Espíritu Santo que habita en ti será puro, no siendo oscurecido por ningún espíritu malo, sino que residiendo en un gran aposento se regocijará y alegrará con el vaso en que reside, y servirá a Dios con mucha alegría, teniendo prosperidad”. (Mandamiento 5,1).

El único Dios tiene un único nombre. “…para que su Nombre grande y glorioso pueda ser glorificado, pues me había considerado digno de mostrarme sus maravillas”. (Visión 4,1). “…y bajo la sombra del sauce se habían congregado los que son llamados por el nombre del Señor”. (Parábola 8,1). “Por todas estas cosas yo di gracias al Señor, porque Él tuvo compasión de todos los que invocan su nombre” (Parábola 9,14). “…todos cuantos han sufrido por amor al Nombre son gloriosos a la vista de Dios, y los pecados de ellos fueron quitados porque sufrieron por el nombre del Hijo de Dios”. (Parábola 9,28). “[Por lo tanto] si tú llevas el Nombre, y no llevas su poder, llevarás el Nombre sin ningún resultado”. (Parábola 9,13). “…que han blasfemado al Señor en sus pecados, y todavía más, se avergonzaron del Nombre del Señor, que fue invocado sobre ellos. Estos, pues, perecerán del todo para Dios”. (Parábola 8:6).

Para Hermas, el bautismo en el nombre de Jesús es la entrada a la iglesia y es para el perdón de los pecados. “Así que por tus preguntas descubrirás la verdad. Oye, pues, por qué la torre es edificada sobre las aguas: es porque vuestra vida es salvada y será salvada por el agua. Pero la torre ha sido fundada por la palabra del Todopoderoso y el Nombre glorioso, y es fortalecida por el poder invisible del Señor”. (Visión 3,3) “Pero los otros, que caen cerca de las aguas y, con todo, no pueden rodar al agua, ¿quieres saber cuáles son? Estos son los que han oído la palabra y quisieran ser bautizados en el nombre del Señor. (Visión 3,7). “Así, pues, dijo él, nadie entrará en el reino de Dios a menos que haya recibido el nombre de su Hijo”.  (Parábola 9,12). “Porque antes que un hombre lleve el nombre [del Hijo de] Dios, es muerto; pero cuando ha recibido el sello, deja a un lado la mortalidad y asume otra vez la vida. El sello, pues, es el agua; así que descienden en el agua muertos y salen vivos. Así que, también a ellos fue predicado este sello, y ellos se beneficiaron de él para poder entrar en el reino de Dios”. (Parábola 9,16).  “Y le dije: Todavía voy a hacer otra pregunta, Señor. Di, me contestó. He oído, Señor, le dije, de ciertos maestros, que no hay otro arrepentimiento aparte del que tuvo lugar cuando descendimos al agua y obtuvimos remisión de nuestros pecados anteriores. Él me contestó: Has oído bien; porque es así. Porque el que ha recibido remisión de pecados ya no debe pecar más, sino vivir en pureza”. (Mandamiento 4,3).


6. Epístola a Diogneto

“Diogneto no es sólo un nombre propio, sino también un título honorífico de los príncipes”. [16]  La Carta a Diogneto es de autoría anónima. Se ha propuesto que su autor fue Cuadrato. “Cuadrato es el primer apologista cristiano de quien Eusebio dice que presentó al emperador Adriano una Apología de la religión cristiana (Hist. ecl. IV,3), apología que se perdió, como tantas otras. Eusebio llama a Cuadrato discípulo de los apóstoles, a la par de Clemente, Ignacio, Policarpo y Papías. Cuadrato fue uno de los evangelistas u obispos misioneros fundadores de nuevas comunidades, hombre dotado de carisma profético”. [17] “Esta carta o discurso apologético gozó de la aceptación general de los cristianos desde el principio, menospreciados y perseguidos como estaban por judíos y gentiles por igual”. [18]

En la Carta a Diogneto, se expresa la creencia en un solo Dios Todopoderoso y Señor del universo, que es el Creador de todas las cosas. “Los judíos, pues, en cuanto se abstienen del modo de culto antes descrito, hacen bien exigiendo reverencia a un Dios del universo y al considerarle como Señor… Porque el que hizo los cielos y la tierra y todas las cosas que hay en ellos, y nos proporciona todo lo que necesitamos, no puede Él mismo necesitar ninguna de estas cosas que El mismo proporciona a aquellos que se imaginan que están dándoselas a Él”. (3). “el Creador Todopoderoso del universo, el Dios invisible mismo de los cielos plantó entre los hombres la verdad y la santa enseñanza”. (7).

Jesús nuestro Salvador poderoso, es considerado por la Iglesia como el Padre. “habiéndose ahora revelado un Salvador poderoso para salvar incluso a las criaturas que no tienen capacidad para ello, Él quiso que, por las dos razones, nosotros creyéramos en su bondad y le consideráramos como Cuidador, Padre, Maestro, Consejero, Médico, Mente, Luz, Honor, Gloria, Fuerza y Vida”. (9).

Para salvarnos, Dios no envió a un subalterno, o a un ángel, o a un gobernante, sino que vino el mismo Artífice y Creador del universo, enviado como un hombre entre los hombres en mansedumbre y humildad. “no como alguien podría pensar, enviando (a la humanidad) a un subalterno, o a un ángel, o un gobernante, o uno de los que dirigen los asuntos de la tierra, o uno de aquellos a los que están confiadas las dispensaciones del cielo, sino al mismo Artífice y creador del universo, por quien Él hizo los cielos”. (7). “Porque, ¿qué hombre tenía algún conocimiento de lo que Dios es, antes de que Él viniera?... y ningún hombre ha visto o reconocido a Dios, sino que Él se ha revelado a sí mismo”. (8). “A éste les envió Dios… en mansedumbre y humildad fue enviado… Él le envió como enviando a Dios; le envió a Él como [un hombre] a los hombres; le envió como Salvador”. (7).  A ese hombre que es el Hijo, Dios le reveló su plan eterno, y el Hijo nos reveló el plan de Dios a nosotros. “Y habiendo concebido un plan grande e inefable, lo comunicó sólo a su Hijo. Porque en tanto que Él había mantenido y guardado este plan sabio como un misterio, parecía descuidarnos y no tener interés en nosotros. Pero cuando Él lo reveló por medio de su amado Hijo, y manifestó el propósito que había preparado desde el principio, Él nos dio todos estos dones a la vez, participación en sus beneficios y vista y entendimiento de (misterios) que ninguno de nosotros habría podido esperar”. (8).

Solamente la teología unicitaria es compatible con el contenido de la Epístola a Diogneto, ya que los otros puntos de vista tales como el trinitarismo, el arrianismo,  el adopcionismo y el socinianismo, no aceptan que el Hijo de Dios sea el mismo Dios Padre encarnado.


7. Epístola de Bernabé

El autor de esta obra es desconocido, pero él nunca reclamó ser el apóstol Bernabé, quien acompañó al apóstol Pablo en su primer viaje misionero. Fue Clemente de Alejandría, quien alrededor del año 200 d.C. atribuyó dicha obra a Bernabé. Sin embargo, la crítica moderna concuerda en que Bernabé no fue su autor.

El escritor de la Epístola de Bernabé, dice que hay un Dios que es Señor de todo y Creador de todo. “Dios, que es el Señor de todo el mundo, os dé sabiduría, discernimiento, entendimiento, conocimiento de sus enseñanzas, y paciencia. Y sed enseñados por Dios, buscando diligentemente lo que el Señor requiere de vosotros”. (19). “Amarás a Aquel que te hizo, temerás a Aquel que te creó, glorificarás a Aquel que te redimió de la muerte; serás simple en el corazón y rico en el espíritu”. (17).

Dios el Señor tiene un nombre que debemos reverenciar. “Salud en la paz, hijos e hijas, en el nombre del Señor que nos ha amado”. (Salutación). “No tomarás el nombre del Señor en vano”. (17).

El bautismo en el nombre del Señor es para remisión de los pecados. “Pero inquiramos si el Señor tuvo cuidado en dar a entender de antemano respecto al agua y la cruz. Respecto al agua, está escrito con referencia a Israel que ellos no querían recibir el bautismo que traía remisión de pecados, sino que querían edificar por su cuenta… Esto dijo, porque descendemos al agua cargados con nuestros pecados e inmundicia y nos levantamos de ella dando fruto en el corazón, reposando nuestro temor y esperanza en Jesús en el espíritu”.  (11). “Veo, pues, que hay un templo. ¿Cómo será, pues, construido en el nombre del Señor? Entended. Antes que creyéramos en Dios, la morada de nuestro corazón era corrupta y débil, un templo verdaderamente edificado con las manos; porque estaba lleno de idolatría y era una casa de demonios, porque hacíamos todo lo que era contrario a Dios. Pero será edificado en el nombre del Señor. Observad, pues, que el templo del Señor puede ser edificado gloriosamente. ¿Cómo? Entended. Recibiendo la remisión de nuestros pecados y esperando en el Nombre fuimos hechos nuevos, creados otra vez desde el principio. Por tanto, Dios reside verdaderamente en nuestra morada, dentro de nosotros”. (16).

Cuando Dios vino a salvar a la humanidad, Él mismo vino en carne y en esa condición se manifestó como el Hijo de Dios. Por esto podemos decir que el Hijo de Dios vino en la carne. “Y cuando escogió a sus propios apóstoles que habían de proclamar su Evangelio, los cuales, para que Él pudiera mostrar que no había venido a llamar a los justos, sino a los pecadores, eran pecadores en cada pecado, entonces Él se manifestó a sí mismo como siendo el Hijo de Dios. Porque si Él no hubiera venido en la carne, los hombres no le habrían mirado y sido salvos, del mismo modo que cuando miran al sol que dejará de ser, que es la obra de sus manos, no pueden resistir sus rayos. Por tanto, el Hijo de Dios vino en la carne con este fin, para que llegara a su colmo la consumación de los pecados de los que persiguieron y mataron a sus profetas. Para este fin, pues, sufrió Él. Porque Dios dijo de las heridas de su carne que venían de ellos: Cuando golpearán a su propio pastor, entonces las ovejas del rebaño se desparramarán”. (5). “He aquí, pues, hemos sido creados de nuevo, como Él dijo otra vez en otro profeta: ʿHe aquí, dice el Señor, quitaré de ellos, esto es, de aquellos a quienes había previsto el Espíritu del Señor, sus corazones de piedra, y les pondré corazones de carneʾ; porque Él mismo había de ser manifestado en la carne y habitar entre nosotros”. (6).

El escritor de la Epístola de Bernabé, dijo que en Génesis 1:26 Dios le habló al “Señor de todo el mundo” (5) o le “dijo al Hijo” (6), “Hagamos al hombre según nuestra imagen y semejanza”. Los trinitarios y arrianos han interpretado que dicho escritor estaba hablando aquí de un Hijo que preexistió a su encarnación como una persona distinta al Dios que le habló, pero el contexto nos muestra que más bien dicho escritor estaba pensando en que Dios le habló proféticamente al Hijo, quien sería Dios mismo manifestado en la carne, y que llevaría a los hombres a esa imagen que Dios quería de ellos para hacerlos hijos de Dios. Por ejemplo en el capítulo 5, se nos dice que “el Señor soportó el sufrimiento por nuestras almas, aunque era el Señor de todo el mundo… ¿cómo, pues, soportó el sufrir de la mano de los hombres? Aprendedlo. Los profetas, recibiendo gracia de Él, profetizaron respecto a Él. Pero Él mismo sufrió para poder destruir la muerte y mostrar la resurrección de los muertos, para lo cual era menester que fuera manifestado en la carne; para que al mismo tiempo pudiera redimir la promesa hecha a los padres y, al preparar al nuevo pueblo para sí mismo”. (5). Mientras tanto, en el capítulo 6, se dice que “Por cuanto Él había de ser manifestado en la carne y sufrir, su sufrimiento fue manifestado con antelación… Porque el profeta dice una parábola referente al Señor. ¿Quién entenderá, excepto el que es sabio y prudente y que ama a su Señor? Por cuanto Él, pues, nos renovó en la remisión de pecados, Él nos hizo un nuevo tipo, de modo que pudiéramos tener el alma de hijos, como si hubiéramos sido creados de nuevo… He aquí, pues, hemos sido creados de nuevo, como Él dijo otra vez en otro profeta: ʿHe aquí, dice el Señor, quitaré de ellos, esto es, de aquellos a quienes había previsto el Espíritu del Señor, sus corazones de piedra, y les pondré corazones de carneʾ; porque Él mismo había de ser manifestado en la carne y habitar entre nosotros. (6).


8. Homilía Antigua o 2. Clemente

Es la homilía de un autor anónimo, perteneciente al género de la exhortación, cuya composición se dio entre los años 100 a 150 d.C. Tuvo una grande difusión por habérsele atribuido al obispo Clemente de Roma, aunque el autor de la homilía no reclama ser Clemente.

En la Homilía se confiesa que hay un único Dios invisible que es el Padre de verdad. “Estamos militando en las filas de un Dios vivo; y recibimos entrenamiento en la vida presente, para que podamos ser coronados en la futura… Al único Dios invisible, Padre de la verdad, que nos envió al Salvador y Príncipe de la inmortalidad, por medio del cual Dios también nos hizo manifiesta la verdad y la vida celestial, a Él sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén”. (20).

El único Dios tiene un único nombre. “Y que no seamos hallados complaciendo a los hombres. Ni deseemos agradarnos los unos a los otros solamente, sino también a los que están fuera, con nuestra justicia, para que el Nombre no sea blasfemado por causa de nosotros. Porque el Señor ha dicho: Mi nombre es blasfemado en todas formas entre todos los gentiles; y también: ¡Ay de aquel por razón del cual mi Nombre es blasfemado!”. (13).

Todos nosotros debemos pensar en Jesucristo como Dios, porque Él se ha dirigido a nosotros como el Padre y nos ha salvado. “Hermanos, tendríamos que pensar en Jesucristo como Dios y como Juez de los vivos y los muertos… Porque Él nos ha concedido la luz; nos ha hablado como un padre a sus hijos; nos ha salvado cuando perecíamos.”. (1). Al esperar la aparición de Jesucristo, estamos esperando la aparición de Dios. “Por tanto esperemos el reino de Dios a su sazón, en amor y justicia, puesto que no sabemos cuál es el día de la aparición de Dios”. (12).

En el sentido espiritual, la iglesia fue creada antes del sol y la luna. Por lo tanto, en ese mismo sentido espiritual, el Hijo estuvo en el plan de Dios pero fue manifestado en los postreros días para salvarnos. “Por tanto, hermanos, si hacemos la voluntad de Dios nuestro Padre, seremos de la primera Iglesia, que es espiritual, que fue creada antes que el sol y la luna… Y los libros y los apóstoles declaran de modo inequívoco que la Iglesia no sólo existe ahora por primera vez, sino que ha sido desde el principio: porque era espiritual, como nuestro Jesús era también espiritual, pero fue manifestada en los últimos días para que Él pueda salvarnos”. (14).

El Espíritu Santo que nos llena, es Jesucristo. “Guardad la carne para que podáis participar del espíritu… el que haya obrado de modo inexcusable con la carne ha obrado de modo inexcusable con la Iglesia. Este, pues, no participará del espíritu, que es Cristo. Tan excelente es la vida y la inmortalidad que esta carne puede recibir como su porción si el Espíritu Santo va unido a ella”. (14).


9. La Didajé (o Didaché)

Aunque la Didajé es presentada como la Enseñanza de Los Doce Apóstoles, hay consenso de que esta obra no fue escrita por ninguno de ellos. La mayoría de los eruditos coinciden en que la Didajé es una obra del siglo II. Por ejemplo, el Historiador Johannes Quasten ha sostenido que “La Didaché, en su conjunto, no es una obra coherente, sino una compilación, hecha sin arte, de textos ya existentes”, que “Por su contenido se ve claramente que la obra no data de la era apostólica” y “que estos hechos nos mueven a afirmar que la Didaché debió de ser compilada entre los años 100 y 150. Muy probablemente fue escrita en Siria”. [19]

Muchos eruditos también han sostenido que la Didajé no fue una obra representativa de las creencias del cristianismo primitivo, y que por esa razón la obra desapareció prontamente. Por ejemplo, M. B. Riddle, en la obra Los Padres Antenicenos, opinó que “la obra representa… solo una fracción muy pequeña de los cristianos durante el siglo II, y que, si bien arroja alguna luz sobre los usos de ese período, no puede considerarse como un testimonio autorizado sobre la fe universal y la práctica de los creyentes en la fecha generalmente asignada. Los pocas noticias de esta y su pronta desaparición, confirman esta posición”. [20]

Después de estar perdida por muchos siglos, la Didajé fue redescubierta en el año 1883 por Philotheos Bryennios, quien halló un manuscrito griego en el Códice Jerosolimitano del año 1056. Debido a la ausencia de otras copias griegas, no es posible determinar la pureza del texto. También “tenemos un fragmento de una traducción latina del siglo X que contiene muchas variaciones textuales”. [21]

La Didajé habla de un solo Dios. “El camino de la vida es éste. Primero, amarás a Dios que te hizo”. (1,2).

Ese solo Dios es el Padre y Señor Omnipotente, Creador de todas las cosas  y el dueño del gran nombre; el que nos dio vida eterna por medio de su Hijo. “ʿTú, Señor omnipotente, creaste todas las cosas por amor a tu nombre, y diste comida y bebida a los hombres para que disfrutaran de ellas, y para que pudieran darte gracias a ti; pero a nosotros nos has concedido alimento y bebida espiritual y vida eterna por medio de tu Hijo. Ante todo, te damos gracias porque eres poderoso; tuya es la gloria para siempre jamásʾ”. (10,2). “En todo lugar y en todo tiempo ofrecedme un sacrificio puro; porque yo soy un gran rey, dice el Señor, y mi nombre es maravilloso entre las naciones”. (14,3).

Como el único Dios es el Padre, las oraciones se dirigen solo a Él, agradeciéndole por la vida y el conocimiento que Él nos ha dado por medio de su Hijo. “En cuanto a la acción de gracias eucarística, dad gracias de esta manera. Primero, por lo que se refiere a la copa: ʿTe damos gracias, Padre nuestro, por la santa vid de tu hijo David, la cual nos has dado a conocer por medio de tu Hijo Jesús; tuya es la gloria para siempre jamásʾ. Luego, por lo que respecta al pan partido: ʿTe damos gracias, Padre nuestro, por la vida y conocimiento que tú nos has dado a conocer por medio de tu Hijo Jesús; tuya es la gloria para siempre jamásʾ”. (9,1-3). “Después, cuando estéis satisfechos, dad gracias así: ʿTe damos gracias, Padre Santo, por tu santo nombre, porque tú has puesto tu tabernáculo en nuestros corazones, y por el conocimiento y fe e inmortalidad que nos has dado a conocer por medio de tu Hijo Jesús; tuya es la gloria para siempre jamásʾ”. (10,1).

La Didajé sostiene que ninguno puede participar de la eucaristía (o santa cena), si no ha sido bautizado en el nombre del Señor para ser santificado. “Pero que ninguno coma o beba de esta acción de gracias, a menos que haya sido bautizado en el nombre del Señor, porque respecto a esto también ha dicho el Señor: No deis lo santo a los perros”. (9,5).

El capítulo 7 de la Didajé, dice: “os bautizaréis en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo en agua viva (corriente)”. (7,1). Aquí está claro que se está mandando a bautizar en un nombre, que es el nombre del Señor, tal como se expresa en 9,5. Los trinitarios sostienen que esta es una referencia a la trinidad, pero ni aquí, ni en ninguna otra parte de la Didajé, se dice que haya tres personas en un solo Dios. Además es muy probable que el texto de 7,1 mencionó originalmente solamente la frase, “en el nombre del Señor”, y que un posterior escriba católico romano, incómodo por esta forma, la llevó a como está hoy. En el mismo capítulo 7, la Didajé imparte varias doctrinas extrabíblicas con respecto al bautismo, tales como que el candidato al bautismo debe ayunar uno o dos días antes de su bautismo, que en lo posible se debe usar agua fría, que es preferible ser bautizado en una corriente de agua (agua viva), y que si es imposible que la persona se sumerja totalmente, entonces se le debe verter agua en tres tiempos.

En resumen, la Didajé proclama la verdad de un solo Dios, reconoce al Padre como el único Dios y por eso le dirige las acciones de gracias y las oraciones solamente a Él, le agradece al Padre por habernos dado a su Hijo que ofreció su carne y derramó su sangre para darnos salvación (lo que demuestra claramente la condición humana del Hijo), y dice que el bautismo en el nombre del Señor nos santifica y nos permite participar de la eucaristía, todo lo cual está acorde con la teología unicitaria. Sin embargo, también hallamos en la Didajé, muchas doctrinas extrabíblicas, lo cual demuestra que la obra no representaba al cristianismo en general, y por eso fue relegada rápidamente durante los primeros siglos de la iglesia.


Referencias

[1] El arrianismo sostiene que el Hijo fue el primer ser creado por Dios, es el agente supremo de Dios, y en efecto se trata de un dios menor o un semidiós. El adopcionismo o dinamismo, sostiene que el Hijo es un hombre que proviene de un engendramiento normal, y que en alguna parte de su vida reposó sobre él la dynamis o poder de Dios, siendo así adoptado como Hijo de parte de Dios. El socinianismo dice que Jesús es solamente un hombre, pero tiene un aspecto que lo hace especial y es que fue engendrado milagrosamente por Dios en la virgen María, por lo cual el Hijo no es Dios en lo absoluto. El trinitarismo sostiene que Dios es un ser único, que existe como tres personas divinas y distintas, y que solo la segunda persona divina y distinta llamada el Hijo se manifestó en carne para salvar, mientras que las otras dos no lo hicieron.
[2] Johannes Quasten. Patrología, Parte I. Hasta el Concilio de Nicea. Edición española preparada por Ignacio Oñatibia. Tercera Edición. Biblioteca de Autores Cristianos. Madrid. 1986. La obra original en inglés fue publicada en 1950-1953. Págs. 52-53.
[3] En la versión larga de Clemente, encontramos estos otros apartes relacionados con el nombre del único Dios. “nos ha llamado de las tinieblas a la luz, de la ignorancia al pleno conocimiento de la gloria de su Nombre”. (59). “Concédenos, Señor, que podamos poner nuestra esperanza en tu Nombre, que es la causa primaria de toda la creación, y abramos los ojos de nuestros corazones para que podamos conocerte a Ti, que eres sólo el más Alto entre los altos, el Santo entre los santos”. (60).
[4] En la versión larga de Clemente, encontramos estos otros apartes que destacan la obra de Jesús como Hombre, como el Hijo. “Que todos los gentiles sepan que sólo Tú eres Dios, y Jesucristo es tu Hijo, y nosotros somos tu pueblo y ovejas de tu prado”. (60). “Te alabamos por medio del Sumo Sacerdote y guardián de nuestras almas, Jesucristo, por medio del cual sea a Ti la gloria y la majestad ahora y por los siglos de los siglos! Amén”. (62).
[5] Steven Ritchie. Introduction to the Epistles of 1 And 2 Clement. http://www.apostolicchristianfaith.com/single-post/2016/10/22/Introduction-to-1-and-2-Clement
[6] Tertuliano. Contra Práxeas (Adversus Praxeam). En el capítulo 1 de esa obra, Tertuliano ridiculizando a los monarquianos, escribe: “Dice que el Padre mismo descendió hasta la virgen, Él mismo nació de ella, Él mismo sufrió, y que en definitiva Él [el Padre] es el propio Jesucristo”. http://fe-biblica.blogspot.com.co/2017/01/contra-praxeas-adversus-praxeam-por.html
[7] Virginia Corwin. St. Ignatius and Christianity in Antioch. New Haven: Yale University Press. 1960. Pág. 126. Como es citado por J. N. Anderson, Reading Ignatius of Antioch : The God Who Suffers, 2011.
http://evidentialfaith.blogspot.com.co/2011/07/reading-ignatius-god-who-suffers.html
[8] Jaroslav Pelikan. The Christian Tradition – Vol. 1. The Emergence of the Catholic Tradition (100–600). University of Chicago Press. 1971. Pág. 177.
[9] Friedrich Loofs. Leitfaden zum Studium der Dogmengeschichte, ed. 1950 § I 5,4. Como es citado por J. N. D. Kelly, Early Christian Doctrines. 5ª Edición. Reimpresión 2006. Pág.93.
[10] Edmund J. Fortman. The Triune God: A Historical Study of the Doctrine of the Trinity. Reimpresión 1999, Pág. 40.
[11] Steven Ritchie. The Theology of Ignatius (60-108 AD). http://www.apostolicchristianfaith.com/single-post/2017/05/13/Ignatius-of-Antioch-Theology-of-Theological-view-Oneness-Modalism
[12] Johannes Quasten. Patrología, Parte I. Hasta el Concilio de Nicea. Pág. 86
[13] Butler. Vida de Los Santos – San Policarpo Obispo de Esmirna, Mártir. http://www.corazones.org/santos/policarpo.htm
[14] Jack N. Sparks (Editor). The Apostolic Fathers. Nashville, 1978. Como es citado por Steven Ritchie en The Theology of the Shepherd of Hermas.
http://www.apostolicchristianfaith.com/single-post/2016/10/23/The-Shepherd-of-Hermas-Theology-of
[15] Johannes Quasten. Patrología, Parte I. Pág. 107
[16] Alfonso Ropero (Compilador). Lo Mejor de los Padres Apostólicos. Editorial Clie, Barcelona, 2004. Pág. 78.
[17] Ibídem. Pág. 77.
[18] Ibídem. Pág. 75.
[19] Johannes Quasten. Pág. 44
[20] Alexander Roberts y otros (Editores). The Ante-Nicene Fathers, Vol. 7. Fathers of the Third and Fourth Century. 1886. Reimpreso en 2007, Editorial Cosimo Classics, Nueva York, Pág. 375.
[21] David K. Bernard. Oneness and Trinity, A.D. 100-300 - The Doctrine of God in Ancient Christian Writings. 1998, Word Aflame Press. Pág. 51.