domingo, 5 de julio de 2009

La Santidad


Por David K. Bernard. © 1998. Todos los Derechos Reservados.
Capítulo 1 del Libro En Busca de la Santidad



“Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor” Hebreos 12:14.


La santidad definida

La santidad es una de las características básicas de Dios. En lo que se refiere a Él, la palabra denota pureza y perfección absoluta. Solo Dios es santo en sí mismo. Cuando la palabra se aplica a personas u objetos, hace referencia a lo que ha sido separado o puesto aparte para Dios. Para los Hebreos del Antiguo Testamento, la santidad incluía tanto el concepto negativo de la “separación” como el concepto positivo de la “dedicación.” Para los cristianos que han nacido de nuevo significa específicamente la separación del pecado y del mundo, y la dedicación a Dios. Puesto que hemos recibido del Espíritu Santo de Dios, hemos recibido poder sobre el pecado, la enfermedad y el diablo (Marcos 16:15-18). Este poder sobre el pecado nos permite llegar a ser testigos de que verdaderamente hemos nacido de nuevo (Hechos 1:8). Podemos decir, “Dios me ha salvado del pecado. Él me ha sacado del pecado.”


La santidad es esencial para la salvación 

Hebreos 12:14 es tan fuerte, tan cierto y tan pertinente a la salvación, como las palabras: “De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios”. “De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios” (Juan 3:3, 5). Después de la experiencia del nuevo nacimiento, un conflicto surge entre la carne y el espíritu que ha nacido de nuevo. Esta batalla es una batalla para la santidad y debemos ganarla a fin de ser salvos.


La necesidad de la separación

Dios es santo y demanda que su pueblo sea santo como Él (I Pedro 1:15-16). Comenzando con el pecado de Adán y Eva, el pecado del hombre lo ha separado de un Dios santo. La única manera para restaurar la comunión original entre el hombre y Dios, es que el hombre se separe del pecado. La decisión es, o la separación de Dios o la separación del pecado. Hay solamente dos familias: la familia de Dios, y la familia de Satanás quien es el dios de este sistema mundial (I Juan 3:10; II Corintios 4:4). No hay terreno neutro. Estas dos familias son distintas y separadas. Una es una familia santa—un sacerdocio santo (I Pedro 2:9). La otra es una familia profana. El llamado a la separación de este mundo profano es claro y explícito. “Por lo cual, salid de en medio de ellos, y apartaos, dice el Señor, Y no toquéis lo inmundo; y yo os recibiré,” (II Corintios 6:17).


Un sacrificio vivo

“Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional. No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento” (Romanos 12:1-2). Esta Escritura da más significado a las ideas de la santidad y de la separación. La santidad incluye un sacrificio de nuestros deseos y voluntades. Debemos presentarnos a nosotros mismos en una manera que sea aceptable a Dios. Simplemente es nuestro deber razonable hacerlo. Esto significa que deberíamos estar dispuestos a hacer cualquier cosa para que seamos aceptables a Dios, sin considerar el sacrificio. Debemos ser santos y separados a fin de ser aceptables.


La santidad es impartida por el Espíritu Santo

Solamente por medio de la ayuda divina, el hombre puede llegar a ser santo. La santificación (la separación) comienza cuando uno oye el evangelio y continúa mediante la fe, el arrepentimiento y el bautismo en agua en el nombre de Jesús; pero se realiza principalmente por medio del Espíritu Santo que nos llena y mora en nosotros (I Pedro 1:2). En esta edad, las leyes de Dios no están escritas en tablas de piedra. Sin embargo, esto no significa que Dios no tenga algunas leyes; porque Él aún tuvo leyes en el Huerto del Edén. Lo que sí significa, es que hoy Dios escoge escribir sus leyes en nuestros corazones mediante la fe por el Espíritu Santo (Jeremías 31:33, Hebreos 10:15-17). Por lo tanto, todas las personas que están llenas del Espíritu Santo y que permiten que el Espíritu les guíe, tienen las leyes de Dios escritas en sus corazones. Esto significa que podemos ser guiados por una conciencia, y por las impresiones y convicciones del Espíritu Santo. Tenemos una base fundamental de la santidad morando en nosotros.


La santidad es enseñada directamente por el Espíritu Santo en nosotros 

De lo que acabamos de decir, esto es evidente y es apoyado por Jesús mismo. “Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho” (Juan 14:26).


La santidad es enseñada por pastores y maestros llenos del Espíritu Santo

¿Qué significa I Juan 2:27 que dice, “Pero la unción que vosotros recibisteis de él permanece en vosotros, y no tenéis necesidad de que nadie os enseñe; así como la unción misma os enseña todas las cosas, y es verdadera, y no es mentira, según ella os ha enseñado, permaneced en él”. Esta Escritura simplemente habla de la santidad básica que mora en todos los que han recibido el Espíritu Santo. No significa que no es necesario ser enseñado por un maestro lleno del Espíritu Santo y llamado por Dios. Según Efesios 4:11-12, un maestro es una dádiva de Dios, a fin de perfeccionar a los santos. La lucha para la perfección abarca todo lo que significa la santidad, y Dios nos ha dado el ministerio de los pastores y maestros para ayudar que los santos triunfen en aquella lucha.


La santidad es enseñada por la Biblia

La Biblia no trata de dar respuestas específicas a las situaciones incontables que un individuo puede encarar. Con este fin Dios nos ha dado el Espíritu Santo y el ministerio. La Biblia sí da directivas básicas que se aplican a hombres y a mujeres de todas las culturas, edades y situaciones. La Biblia nos declara lo que a Dios le gusta y lo que no le gusta. Nos declara las prácticas y las actitudes que Dios no acepta, y las que él espera de su gente.


La santidad es un asunto individual

Filipenses 2:12 dice, “ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor.” Esto no permite que cada individuo cree sus propias reglas para ser salvo, pero sí significa que cada uno debe hacer efectiva, o debe ocuparse de su propia salvación con temor y reverencia. En últimas, la salvación es la responsabilidad propia del individuo. Después de recibir la experiencia del nuevo nacimiento, cada individuo tiene que asegurarse de perseverar hasta el fin de la carrera. Él debe quedarse con lo que Dios le ha dado. (Hebreos 3:14).


Las convicciones personales

Puesto que cada persona es responsable individualmente ante Dios, cada uno debe tener convicciones propias. Desde el momento en que recibimos el Espíritu Santo, tenemos la necesidad de ser enseñados por los maestros llenos del Espíritu Santo que Dios ha puesto en la iglesia, y también por el Espíritu Santo directamente. A la vez, debemos tener convicciones personales. No podemos confiar en las convicciones o la falta de convicciones de otros, sino que debemos buscar una respuesta para nosotros mismos sobre puntos específicos. Por supuesto, cualquier enseñanza clara y definitiva de la Escritura es una convicción suficiente en sí misma, y una persona no la puede evitar simplemente porque diga que no se siente condenado al quebrantarla.

A veces, Dios da a una persona unas ciertas convicciones que no son compartidas por algunos otros creyentes. Quizás esto es necesario debido al trasfondo de aquella persona o por sus debilidades en ciertas áreas; o quizás Dios le está guiando a una relación más cercana a Él. En esta situación, la persona debería ser leal a sus convicciones propias en cuanto a su conformidad con la Escritura. “Cada uno esté plenamente convencido en su propia mente… y todo lo que no proviene de fe, es pecado” (Romanos 14:5, 23). A la vez, él no debería tratar de exigir que otros las respeten. Asimismo, otros creyentes deberían respetar sus convicciones y no lo deben menospreciar (Romanos 14:2-6). Dios siempre honra y bendice a aquellos que hacen consagraciones personales. Hay bendiciones especiales y relaciones especiales con Dios que vienen mediante estas consagraciones especiales.


La santidad no puede ser legislada

La santidad debe ser motivada por el Espíritu Santo que mora dentro de uno. Los ministros tienen la autoridad espiritual, y desde luego la responsabilidad de pedir normas de conducta y de vestirse entre los creyentes. Ellos tendrán que responder ante Dios en lo que le concierne a cada uno (Hebreos 13:17). Sin embargo, los ministros pueden rogar: “Vístase modestamente”, pero si la santidad no está en el corazón, la persona no obedecerá. La santidad no puede ser legislada –o está en el corazón, o no lo está. Después de que uno haya nacido de nuevo, debe ser una cosa sencilla tomar el instinto básico de la santidad impartido por el Espíritu Santo, y combinarlo con la Palabra de Dios como se enseña por un pastor lleno del Espíritu Santo a fin de vivir una vida santa. En cambio, hay mucha gente rebelde, y muchos intentan comparar denominaciones e iglesias. Las denominaciones nunca han salvado a nadie, porque solamente la Palabra de Dios puede traer la salvación.


La santidad es mantenida por el amor que uno le tiene a Dios

Por esta razón las Escrituras enseñan: “No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo” (I Juan 2:15). Podemos vivir una vida santa solamente por medio de amar a Dios, y no al mundo que está bajo el dominio de Satanás. La ley o el temor puede obligarnos a evitar el pecado hasta cierto punto, pero solamente el amor creará un deseo en nosotros de evitar todo lo que no es como Dios y todo lo que no es propicio para su presencia en nuestras vidas. Cuando alguien realmente ama a otra persona, trata de agradarle a aquella persona sin considerar su propia conveniencia y preferencia personal. Asimismo, cuando amamos a Dios nuestro Padre y Salvador, queremos obedecer a su Palabra. Cuando leemos sus cartas para nosotros, queremos vivir según ellas porque le amamos. Su Espíritu en nosotros nos ayuda a ser obedientes. Él nos ayuda a ser alegres en nuestra obediencia, aunque la carne no quiera ser obediente. Como dijo Jesús: “El que me ama, mi palabra guardará” (Juan 14:23. Véase también Juan 14:15, I Juan 2:3). Por otra parte, “Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él” (I Juan 2:15).


Algunos principios básicos de la santidad

La Biblia nos enseña los elementos esenciales de la verdadera santidad. “No os conforméis a este siglo” (Romanos 12:2). “Absteneos de toda especie de mal” (I Tesalonicenses 5:22). “Todo aquel que lucha, de todo se abstiene” (I Corintios 9:25). Estas tres Escrituras describen la esencia de la santidad práctica. El propósito fundamental de cualquier norma específica de la santidad es ayudarnos a vivir por aquellos principios básicos. En primer lugar, no debemos actuar como el mundo pecaminoso ni tener la apariencia de éste. Aún debemos evitar aquellas cosas que tienen una sugerencia de, o una semejanza a la maldad. La pregunta no debería ser, “¿Hasta qué punto podemos tener la apariencia del mundo y siempre estar bien?” o “¿Qué es lo menos que podemos hacer y siempre agradar a Dios?” Más bien, deberíamos preguntarnos “¿Qué podemos hacer para acercarnos lo más posible a Dios? ¿Cómo podemos vivir para que no haya ninguna duda que estamos identificados con Jesucristo?” Además, debemos ser templados en todas las cosas. Esto significa que siempre debemos ejercer siempre una restricción sobre nosotros mismos, y el dominio propio. Nuestra carne siempre debe estar sujeta al Espíritu. La templanza también significa que todo debe hacerse con moderación y no hacia extremos o con exceso. No debemos ir hacia el extremo de la tolerancia, el compromiso y la mundanalidad, ni hacia el otro extremo de la justicia propia, la hipocresía y la ostentación. Los principios de no conformidad con el mundo y la templanza en todas las cosas, son las claves para comprender cada una de las áreas de la santidad que se tratan en este libro.


La actitud de un cristiano hacia el pecado

Un cristiano no es un pecador. Hemos nacido de nuevo, y tenemos poder sobre el pecado (Hechos 1:8, Romanos 8:4). Hemos nacido en la familia de Dios y hemos recibido el carácter de Jesucristo (Romanos 8:29). Somos los discípulos de Cristo, y vivimos según sus enseñanzas. Si somos verdaderamente cristianos, es decir, si somos como Cristo, entonces a la vez no podemos ser pecadores. De hecho, debemos odiar al pecado. “Los que amáis a Jehová, aborreced el mal” (Salmo 97:10). “El temor de Jehová es aborrecer el mal” (Proverbios 8:13). Por lo tanto, si verdaderamente amamos a Dios, entonces automáticamente odiamos a la maldad. Ahora, como seres humanos todos tenemos personalidades diferentes. Algunas personas son naturalmente más agresivas, francas o sociables, mientras que otras son más reservadas o tolerantes. Esto producirá lo mismo en nuestras actitudes hacia el pecado, si no permitimos que el Espíritu Santo reine como Rey en nuestras vidas. Sin considerar nuestras personalidades originales, cada uno de nosotros odiará la maldad. Esto permite que un ministro hable enérgicamente en contra del pecado. Sin considerar su personalidad básica, él es capaz de identificar al pecado y de predicar en contra de éste.


La actitud de un ministro hacia el pecado

Un ministro tiene la responsabilidad de predicar en contra del pecado (Ezequiel 3:17-19). Al nombrar el pecado, él también ayuda a la gente a saber en qué consiste. Él tiene el deber de establecer las normas necesarias para mantener la santidad. Estas normas no son para los visitantes sino para los miembros, particularmente para los que son usados como líderes y ejemplos. No importa cuáles sean las inclinaciones personales del ministro, el Espíritu Santo en él no puede tolerar el pecado y le obligará a denunciar el pecado. El Espíritu Santo le dará la valentía de reprender y de exhortar a la gente cuando sea necesario. El Espíritu Santo debe reinar como Rey en su vida, para que la unción y la inspiración del Espíritu le den la fuerza espiritual que necesita. El hombre que es pronto para reprender, que es pronto para mostrar el enojo, o que no es tolerante, también será cambiado por el Espíritu Santo. Él llegará a ser bondadoso y tierno en sus admoniciones, y predicará con compasión cuando vea los pecados de la gente. El ministro debe estar totalmente lleno del Espíritu Santo. De ese modo, el Espíritu de Dios predicará por medio de él (Joel 2:28). Puesto que Dios odia al pecado, el ministro también odiará al pecado y recibirá la capacidad de predicar en contra de éste. A la vez, él tendrá en su corazón el amor genuino de Dios para el pecador.

Algunos ministros son tan tolerantes y están tan poco dispuestos a lastimar los sentimientos, que ellos no pueden predicar en contra del pecado de una manera específica. Algunos dicen, “Mi personalidad no me permite predicar en contra del pecado. Yo solo puedo predicar el amor”. Sin embargo, si usted realmente ama a alguien que está en el pecado, tiene que predicar en contra del pecado, porque es el pecado el que hace que la gente se pierda eternamente. El amor verdadero significa más que la ternura. Si yo realmente amo a alguien, entonces yo lo amo lo suficiente para decirle la verdad, aun cuando esa persona me odie porque lo hago. El ministro debe predicar la verdad, no importa si el mantiene el agrado de los oyentes o no; porque esta es la única esperanza que ellos tienen de ser salvos. Puede ser que el oyente no se dé cuenta qué es el amor el que habla, pero sí es el amor. Un ministro que hace menos de esto, no es digno de ser un mensajero de Cristo.

Un ministro verdadero no predica simplemente lo que a la gente le gusta oír. El no predica lo que quiere la gente, ni es un bromista. Por supuesto, el humor y la imaginación se permiten en el púlpito, pero el llamamiento básico del ministro es el de decirle a la gente lo que Dios quiere que ellos oigan. Si un ministro deja que una persona siga en el pecado, simplemente porque tiene una personalidad débil y porque tiene miedo de lastimar sus sentimientos, entonces él debe ser llenado de nuevo por el Espíritu. Aquel hombre es un cristiano débil, y definitivamente no es un líder.


Los ministros son los mensajeros y no el autor

Un ministro no es Dios, y él no puede tomar el cargo del Gran Pastor. Él no puede cambiar la Palabra de Dios para agradar a la gente. Él es meramente un mensajero. Es ilegal que un cartero cambie el contenido de una carta. El receptor de una carta no tiene ningún derecho de reprender al cartero a causa del contenido de la carta, ni puede pedir que el cartero lo cambie. El cartero no es el autor, y no tiene el derecho de alterar el mensaje. Del mismo modo, un ministro simplemente entrega el mensaje de Dios a la gente. Él no se atreve a cambiar la Palabra de Dios.


Unas Escrituras que un cristiano victorioso debe comprender

Hay varias Escrituras claves, que son básicas a fin de conocer la posición del cristiano con respecto al pecado y la santidad. Los capítulos 6 y 8 de Romanos, tienen una buena explicación de este tema de la vida cristiana.


La ley del pecado (Romanos 7:20)

Pablo nos enseña que hay una ley del pecado en este mundo, que es más fuerte que la ley de Moisés y más fuerte que la ley de la mente. Es decir, ni la ley del Antiguo Testamento, ni el proceso del razonamiento y asentimiento mental, tienen el poder de superar la naturaleza básica pecadora que está en el hombre. Esta ley del pecado se llama también la naturaleza del pecado, el viejo hombre, la naturaleza vieja, el primer Adán, y la carne.


La ley del Espíritu (Romanos 8:2)

La ley del Espíritu Santo es la única ley que es más fuerte que la ley del pecado. Es la única ley que puede librar a los hombres del poder del pecado, porque el hombre recibe una nueva naturaleza cuando es lleno con el Espíritu Santo. Esta nueva naturaleza no desea pecar, sino que tiene las leyes y los deseos de Dios implantados en ella. Es importante darse cuenta de que las obras buenas no pueden suplantar o reemplazar a la ley del Espíritu.


“Todo aquel que es nacido de Dios, no practica el pecado” (I Juan 3:9)

Esta escritura simplemente significa que el hijo de Dios no practica el pecado. El no desea pecar porque ha recibido una nueva naturaleza. “Porque la simiente de Dios permanece en él; y no puede pecar, porque es nacido de Dios”. Esto significa que tal como su Padre Dios, el cristiano odia el pecado y no lo puede tolerar en su vida. Por cierto, no significa que el cristiano carezca de la capacidad de pecar; porque eso contradeciría las enseñanzas de I Juan 1:8 y 2:1. Aquí tenemos algunos ejemplos que ilustran lo que esta Escritura significa. Si a usted le enferma un cierto alimento, entonces usted diría: “Lo siento, pero yo no puedo comer este alimento”. Si una cierta acción no está en sus mejores intereses o está en contra de sus principios, entonces usted diría: “Yo no puedo hacer eso”. En ambos casos, las palabras “no puedo” no significan que usted sea físicamente incapaz de desempeñar la acción, sino que usted está restringido por su naturaleza o por su conocimiento. De igual modo, los cristianos por su nueva naturaleza son restringidos de pecar. Mientras esa naturaleza está en control, el cristiano no pecará. El Espíritu Santo da poder y victoria sobre el pecado. “La palabra de Dios permanece en vosotros, y habéis vencido al maligno” (I Juan 2:14).


Muerto al pecado (Romanos 6:2)

“Porque los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él?” Los próximos versículos dicen que nuestro viejo hombre ha sido crucificado con Cristo (mediante el arrepentimiento), para que no sirvamos más al pecado. “Porque el que ha muerto, ha sido justificado del pecado” (Romanos 6:7). El cristiano deber comprender que él está muerto al pecado, y que ha sido librado del pecado. ¿Qué quiere decir morir al pecado? A manera de ilustración, ¿qué emociones tiene una persona muerta? ¿Qué reacción tendría un hombre muerto si usted le abofeteara su cara, o le mostrara unos millones de dólares? Por supuesto, no habría reacción porque el hombre está muerto. Por lo tanto si estamos muertos al pecado, cualquier tentación de pecar no debería provocar ninguna reacción de parte de nosotros. Si realmente hemos muerto, y hemos resuelto el problema del pecado en nuestras vidas, entonces vivir una vida cristiana santa será fácil. Sin embargo, cuando estamos medio muertos y medio vivos, es difícil, y eventualmente es imposible vivir para Dios.


Nada nos puede separar de Dios (Romanos 8:38-39)

Absolutamente nada nos puede separar del amor de Dios. Los demonios, los ángeles, los hombres, las pruebas, las tribulaciones, el tiempo o las circunstancias, no tienen el poder de separarnos de Dios. Nadie nos puede sacar de la mano del Padre, ni siquiera Satanás mismo (Juan 10:29, I Juan 5:18). Sin embargo, el cristiano mismo puede romper su relación íntima con Dios por medio de su incredulidad y su desobediencia, y puede apartarse de Dios. (Véase Romanos 11:20-22; II Pedro 2:20-22).


“Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos” (I Juan 1:8)

Esta Escritura ha sido abusada muchas veces con el propósito de enseñar doctrinas falsas. No habla de un hecho del pecado, pero habla de la naturaleza pecaminosa que es residente en cada ser humano. Aunque un individuo haya nacido de nuevo, la vieja naturaleza queda subyugada en él. No ha sido trasladado todavía, pero espera la redención de su cuerpo (Romanos 8:23). Entonces, Juan está enseñando que la capacidad de pecar todavía mora en nosotros. Cualquier persona que retiene la teoría de que su naturaleza pecaminosa ha sido erradicada en un cierto punto en su experiencia cristiana, solo está engañándose a sí mismo. Mientras que hay una separación definitiva entre el creyente y su naturaleza pecaminosa, esa naturaleza, o la capacidad de pecar, está siempre allí. Es por esto que es tan importante que el creyente mantenga una actitud de “muerto al pecado”.

La idea es que Dios ha creado de tal manera al creyente que ha nacido de nuevo, que no hay necesidad de pecar. El pecador-santo no existe. Dios le ha dado al creyente una naturaleza divina que hace que él odie el pecado. El Espíritu Santo asume una residencia permanente para ayudar al cristiano en su batalla contra el pecado. Para ilustrar, podemos decir que el cristiano tiene el mismo poder sobre la naturaleza perversa (o viejo hombre) que tiene sobre un radio. Si en la radio se transmite un programa que un cristiano no debe oír, él simplemente apaga el aparato. Él tiene el poder de impedir que la radio imparta la maldad en sus pensamientos. De igual modo, el cristiano tiene poder sobre el pecado. Si el Espíritu Santo reina en su vida, él será capaz de “apagar” el pecado cuando trata de entrar en él. Entonces, si un cristiano peca, es solamente porque él no ha dado todo el dominio en aquella área al Espíritu Santo. Se está rindiendo a sí mismo ante otro amo, y entonces llega a ser el siervo de aquel amo (Romanos 6:16). No existe un cristiano de noventa por ciento no más. “El que practica el pecado es del diablo” (I Juan 3:8).


¿Es pecador el cristiano? 

A la luz de la Escritura antes citada, la respuesta a esta pregunta debe ser, “No”. Como cristianos, no somos pecadores. Éramos pecadores en el pasado, pero hemos sido librados y ahora somos los hijos de Dios. ¿Cuál es la posición de un cristiano que comete un pecado? Como ya hemos visto, aquella persona se ha permitido a sí mismo el caer bajo la influencia de Satanás y la naturaleza pecaminosa. Él debe acercarse inmediatamente a nuestro Abogado y Defensor, Jesucristo (I Juan 2:1). Puesto que Jesús ahora ocupa la posición de nuestro sumo sacerdote, podemos confesar nuestros pecados directamente a Él, y Él nos perdonará (Hebreos 4:14, I Juan 1:9).


La oración personal

Puesto que la confesión a Jesús es la manera en que un cristiano obtiene el perdón de un pecado que haya cometido, la oración personal es muy importante. Un cristiano nunca debe esperar hasta que llegue a la iglesia para confesar sus pecados, sino que debe confesar un pecado inmediatamente y pedir perdón. La oración privada y personal es nuestra comunicación con Dios, no importa si el Espíritu en nosotros hace intercesión, o si nosotros la hacemos verbalmente. Todos debemos examinar nuestros corazones y pedir que Dios nos limpie de los pecados y faltas ocultas (I Corintios 11:31). Debemos buscar la enseñanza y la dirección del Espíritu. Estas oraciones no tienen que ser expresadas delante de la congregación, porque esto es un asunto entre el individuo y Dios. También la oración es nuestro medio de explotar el poder de vencer que Dios nos ha provisto.


La contaminación de la carne y del espíritu (II Corintios 7:1)

Pablo nos exhorta, diciendo, “Así que, amados, puesto que tenemos tales promesas, limpiémonos de toda contaminación de carne y de espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios”. En esta Escritura, “la carne” se refiere al elemento físico, mientras que “el espíritu” se refiere al elemento espiritual en el hombre. La primera cosa que debemos notar, es que en este mundo no podemos separar al espíritu de la carne. Por ejemplo, Mateo 5:28 clasifica a la lujuria por una mujer, como el adulterio cometido en el corazón. Este es un pecado del espíritu, en el que la carne no cometió realmente el hecho de adulterio. Pero ante los ojos de Dios siempre es un pecado. Para Dios, el odio en el corazón es lo mismo que el hecho actual de homicidio. Entonces, Pablo nos dice que debemos limpiar nuestros pensamientos así como también las acciones de nuestra carne. Debemos limpiar tanto la carne como el espíritu, para ser santos ante los ojos de Dios.

La carne es la única casa en que mora el espíritu. Cuando uno nace de nuevo, inmediatamente entra un conflicto entre la carne y el espíritu. Es necesario comprender aquella guerra que existe en la vida cristiana. Si vivimos de acuerdo con las directivas que Dios ha dado, el Espíritu Santo ganará aquella guerra para nosotros (II Timoteo 2:5).


El mensaje de Satanás

El diablo trata de convencernos de que puesto que estamos en la carne, y la carne es débil, no podemos vivir una vida santa. Él quiere que creamos que tenemos que pecar todos los días. La verdad es que Dios ha mandado que seamos santos. Es cierto que la carne es débil, pero también es cierto que Jesús condenó al pecado en la carne (Romanos 8:3). Cristo se encarnó para que mediante la muerte, él pudiera destruir al que tenía poder sobre la muerte, es decir a Satanás (Hebreos 2:14). Jesús venció al pecado en la carne, y él es nuestro ejemplo. También podemos vencer al pecado en la carne, porque tenemos el Espíritu de Cristo en nosotros.


La perfección

La Biblia nos enseña que crecemos hacia la perfección. Hebreos 6:1 dice, “vamos adelante a la perfección”, y Filipenses 3:15 habla de “todos los que somos perfectos.” Efesios 4:12 enseña que Dios constituyó el ministerio neotestamentario a “fin de perfeccionar a los santos.” Es posible distinguir entre la perfección absoluta y la perfección relativa. Todos estamos esforzándonos en lograr la perfección absoluta tal como se ve exhibida en la persona de Jesucristo. Aun mientras que estamos en medio de aquel proceso de crecimiento hacia la perfección, puede ser que seamos considerados perfectos en un sentido relativo si estamos creciendo correctamente. Por ejemplo, un infante de un mes puede ser un niño perfecto aunque todavía no tenga dientes, no pueda razonar completamente, no pueda caminar, y no pueda hablar. Está perfecto en un sentido relativo, porque se está desarrollando adecuadamente en relación con su edad. Dentro de diez años, si este niño no puede caminar ni hablar, entonces no puede ser considerado como un ser humano perfecto. Una manzana en cierne en la primavera no es una manzana, pero eso no quiere decir que está imperfecta.
Más tarde el capullo se desarrollará en una pequeña bola verde, y finalmente madurará. En cada etapa está perfecta. Esto nos enseña que sí podemos obedecer la exhortación de ser perfectos. Para lograr esto tenemos que aprender, crecer y corregir nuestras faltas constantemente. No podemos mantenernos en la misma posición en que nos encontrábamos cuando primeramente recibimos nuestra experiencia del nuevo nacimiento.


La tolerancia debida a los diferentes niveles de la perfección

Algunos individuos tienen la capacidad de desarrollarse más rápidamente que otros. Cuando los individuos de un trasfondo cristiano nacen de nuevo, ellos comienzan con un buen fundamento y así pueden crecer más rápidamente. Otros que vienen de un trasfondo pagano o ateo, tienen que cambiar por completo todos sus conceptos e ideas. Entonces dos personas pueden tener niveles diferentes de perfección, aunque hayan recibido el Espíritu Santo a la vez. No debemos juzgarles (Mateo 7:1). En particular, los creyentes deben tener cuidado de no reprender a otros si éstos no cumplen con ciertas normas de santidad. Es principalmente el deber del ministerio y del Espíritu Santo, el de supervisar la obra de perfección de un nuevo creyente.

Los creyentes no solo tendrán diferentes niveles de perfección, sino que las iglesias también tendrán diferentes niveles de perfección. Eso depende del trasfondo y del fundamento de los creyentes. También depende del ministro. Algunos ministros no enseñan en contra de nada. A causa de esto, su rebaño no puede crecer hacia la perfección. Otros edifican a las iglesias encima de la Palabra de Dios, y no encima de sus propias personalidades, y sus miembros pueden crecer hacia la perfección.


Sigamos adelante a la perfección

El propósito de este capítulo es el de probar que la santidad es un mandamiento que debe ser obedecido a diario en la vida de cada cristiano. “Sed santos, porque yo soy santo” (I Pedro 1: 16). Puesto que Dios ha mandado que seamos santos, sabemos que él nos dará la capacidad de hacerlo; porque él no requeriría algo que no fuéramos capaces de cumplir. El Espíritu Santo nos da la santidad y la justicia. “Y esto erais algunos; mas ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios” (I Corintios 6:11). Debemos seguir viviendo una vida santa a fin de permanecer sin mancha ni arruga (Efesios 5:27). Si conseguimos una arruga o una mancha, debe ser limpiada inmediatamente por la sangre de Jesús mediante nuestro arrepentimiento (I Juan 2:1).

El Espíritu Santo nos da la capacidad de vivir una vida separada. Por lo tanto, es nuestra responsabilidad la de permitir que el Espíritu Santo reine en nuestras vidas, y que enclaustre a la vieja naturaleza muerta al pecado y al mundo. ¡Somos justificados (hecho justos ante los ojos de Dios)! ¡Podemos vivir una vida santa! Sigamos adelante hacia la perfección. No debemos meramente recibir la experiencia del nuevo nacimiento y descansar sobre aquel fundamento básico, sino debemos crecer y edificarnos. Debemos estar llenos completamente del Espíritu y estar limpios de cada mancha. ¡Avancemos hacia la perfección!