martes, 3 de febrero de 2009

Los Nueve Dones de 1. Corintios 12:7-8 (Palabra de Sabiduría, Palabra de Ciencia, Fe, Sanidad, Milagros, Profecía, Discernimiento de Espíritus, Diversos Géneros de Lenguas e Interpretación de Lenguas)

Por Julio César Clavijo Sierra


“Pero a cada uno le es dada la manifestación del Espíritu para provecho. Porque a éste es dada por el Espíritu palabra de sabiduría; a otro, palabra de ciencia según el mismo Espíritu” (1. Corintios 12:7-8).

1. Corintios 12 menciona nueve dones del Espíritu que son (1) palabra de sabiduría, (2) palabra de ciencia, (3) fe, (4) sanidad, (5) milagros, (6) profecía, (7) discernimiento de espíritus, (8) diversos géneros de lenguas, e (9) interpretación de lenguas.

Esto no quiere decir que estos sean los únicos dones que el Espíritu Santo ha dado a su iglesia. No obstante, el estudio de estos nueve dones, es un tema fascinante, que capacitará a los creyentes, para conocer las virtudes que Dios ha dejado a disposición de la iglesia.

La Iglesia necesita hoy día de la operación de los dones del Espíritu Santo, para magnificar la obra de Dios, y para frustar las obras de las tinieblas. Por eso es necesario que los dones sean operados en amor hacia Dios y hacia nuestro prójimo.


1. El Don de Palabra de Sabiduría:



La palabra griega que traduce sabiduría es “sofía” y significa perspicacia, conducta prudente y sano juicio. La sabiduría es mucho más que conocimiento, ya que la sabiduría utiliza el conocimiento para tomar decisiones correctas.

Una es la sabiduría humana y otra es la sabiduría que proviene de Dios. En muchas ocasiones los hombres que no conocen a Dios pueden obrar inteligentemente de acuerdo con el conocimiento que han adquirido por medio de habilidades puramente humanas. No obstante, la sabiduría que viene del Altísimo, nos enseña que para empezar a ser sabio se debe temer a Dios. “El principio de la sabiduría es el temor de Jehová; buen entendimiento tienen todos los que practican sus mandamientos; su loor permanece para siempre” (Salmo 111:10). “la sabiduría que es de lo alto es primeramente pura, después pacífica, amable, benigna, llena de misericordia y de buenos frutos, sin incertidumbre ni hipocresía” (Santiago 3:15).

Nosotros somos sabios cuando Dios nos da a conocer el misterio de la piedad: Dios fue manifestado en carne, ya que Dios “hizo sobreabundar para con nosotros en toda sabiduría e inteligencia, dándonos a conocer el misterio de su voluntad, según su beneplácito, el cual se había propuesto en sí mismo, de reunir todas las cosas en Cristo, en la dispensación del cumplimiento de los tiempos, así las que están en los cielos, como las que están en la tierra” (Efesios 1:8-10).

Como hemos visto, todos los verdaderos cristianos tenemos la sabiduría que viene de lo alto, “Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada. Pero pida con fe, no dudando nada; porque el que duda es semejante a la onda del mar, que es arrastrada por el viento y echada de una parte a otra. No piense, pues, quien tal haga, que recibirá cosa alguna del Señor. (Santiago 1:5-7).

Sin embargo, aunque todos los miembros de la iglesia gozan de la sabiduría que viene de lo alto, Dios ha dado el don de Palabra de Sabiduría, para revelar a sus hijos la mejor forma de proceder ante una necesidad particular. Dios puede revelar esta palabra de sabiduría directamente al creyente necesitado, por ejemplo cuando Dios le mostró por visión al apóstol Pablo que fuera a Macedonia en lugar de ir a Bitinia, dando por cierto que Dios los llamaba a anunciar el evangelio en ese lugar (Hechos 16:6-10). En otras ocasiones, Dios da la palabra de sabiduría a un creyente para que este aconseje a otro u otros, por ejemplo el apóstol Pablo (quien no era un marinero profesional) le declaró a unos experimentados marineros que no era aconsejable continuar su viaje porque de seguro les iba a venir grande ruina. Ellos no hicieron caso de esta palabra de sabiduría y fueron victimas de un naufragio (Hechos 27).


2. El Don de Palabra de Ciencia o Palabra de Conocimiento:


La palabra griega que traduce conocimiento es “gnosis” y significa conocimiento y ciencia.

Uno es el conocimiento que los hombres han adquirido por el esfuerzo humano y otro es el conocimiento que proviene de Dios.

El hombre se esfuerza por adquirir conocimiento, pero a pesar de todo su empeño, debe reconocer que todo su conocimiento es incompleto y que incluso puede ser vano. “Hay camino que al hombre le parece derecho; Pero su fin es camino de muerte” (Proverbios 14:12).

El hombre debe anhelar el conocimiento que proviene de Dios. “Así dijo Jehová: No se alabe el sabio en su sabiduría, ni en su valentía se alabe el valiente, ni el rico se alabe en sus riquezas. Mas alábese en esto el que se hubiere de alabar: en entenderme y conocerme, que yo soy Jehová, que hago misericordia, juicio y justicia en la tierra; porque estas cosas quiero, dice Jehová” (Jeremías 9:23-24).

El conocimiento completo se halla solamente en Cristo. Cuando entendemos el misterio de Dios Padre manifestado en Cristo, hallamos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento (Colosenses 2:2-4). Cristo es la expresión y la revelación completa de Dios porque en él "habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad" (Colosenses 2.9). Si alguno quiere ver a Dios tiene que mirar a Cristo, porque Cristo es Dios mismo manifestado en carne. El conocimiento de Cristo es el que nos hace libres (Juan 8:32).

En su sentido primario, el don de Palabra de Ciencia, tiene que ver con la capacidad de adquirir información correcta sobre las verdades bíblicas y de exponerlas con claridad y precisión ante otras personas. Sin embargo, este don también incluye la revelación que Dios le da a algún hermano o hermana, comunicándole algún asunto que es necesario que sea conocido para responder a una necesidad específica. Por ejemplo, Dios le reveló de manera milagrosa al apóstol Pedro que Ananías y Safira se habían puesto de acuerdo para mentir en lo relacionado con el valor de la venta de su heredad (Hechos 5:1-7).


3. El Don de Fe:



La palabra griega que traduce fe es “pistis” y significa convicción, seguridad, certeza y dependencia en Dios (Hebreos 11:1). Es tener confianza en lo que Dios nos ha revelado en su Palabra y dar por hecho todas aquellas verdades, es estar fundamentados en la doctrina que es conforme a la piedad (1. Timoteo 6:3, 3:16), es comprender y aceptar que Dios fue manifestado en carne, por lo cual la fe está firme cuando recibimos a Jesucristo como nuestro Señor y Salvador (2. Timoteo 2:19).

Tenemos confianza en la Palabra de Dios por las profecías que se han cumplido, y sabemos que lo que aun falta por cumplirse se cumplirá, porque fiel es el que lo prometió (Hebreos 10:23, 11:11, 2. Corintios 5:7, Apocalipsis 21:5). El cielo y la tierra pasaran, pero no la Palabra de Dios (Mateo 24:35, Marcos 13:31, Lucas 21:33).

La fe genuina está basada en el Dios que se ha revelado en la Santa Escritura, y por eso la fe del cristiano se perfecciona en el conocimiento y asimilación de la Palabra de Dios. De ahí que la fe venga ya sea por oír la Palabra de Dios (Romanos 10:17) y/o por escudriñar la Santa Escritura que es la que da testimonio de aquel Dios de amor que fue manifestado en carne como Jesucristo (Juan 5:39).

La fe verdadera está fundada en Dios, y no en los ídolos, en los amuletos o en las imágenes. Ni siquiera se trata de aquello que la filosofía de la Nueva Era ha llamado energía positiva o poder mental, pues el objeto de la verdadera fe no está en la capacidad mental del hombre, sino en el Dios omnipotente (Salmo 20:7).

Todos los verdaderos creyentes tenemos fe en Dios. Primero, tenemos esa fe salvadora que nos ha llevado a conocerle y aceptarle como nuestro salvador, y aunque sabemos que todavía no estamos en la morada eterna de los redimidos (la Nueva Jerusalén), lo damos por hecho, porque por fe andamos no por vista (2. Corintios 5:7, Romanos 1:17, Gálatas 3:11). Sabemos que nuestra salvación no es por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho sino por la misericordia del Señor Jesús, por el lavamiento de la regeneración [el bautismo en el nombre de Jesús], y por la renovación en el Espíritu Santo [el bautismo del Espíritu Santo] (Tito 3:5). Pero también sabemos que la verdadera fe produce obras de justicia, pues la fe sin obras es una fe muerta (Santiago 2:26). Los creyentes tenemos esta confianza en Dios, que si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, Él nos oye (1. Juan 5:14).

Después de esta reflexión sobre la fe, podemos pasar a definir el don de fe, como una medida extraordinaria de fe que opera un creyente (o un grupo de creyentes) para una necesidad especifica, en la cual la naturaleza o las posibilidades humanas no tienen ninguna oportunidad, y solo se puede esperar una acción sobrenatural de parte de Dios. Es una fe que permite obtener la victoria a pesar de que todas las circunstancias sean adversas. Por ejemplo, el apóstol Pablo, tuvo fe para ser librado de la muerte, luego de ser mordido por una víbora muy venenosa, y no padeció daño alguno (Hechos 28:3-6).

(Continuará)