lunes, 18 de marzo de 2019

La Doctrina de Bautismos - Hebreos 6:1-3


Por Steven Ritchie
© 2019. Todos los Derechos Reservados
Traducido por Julio César Clavijo Sierra
Más información en www.apostolicchristianfaith.com


Hebreos 6:1-3. “Por tanto, dejando ya los rudimentos de la doctrina de Cristo, vamos adelante a la perfección; no echando otra vez el fundamento del arrepentimiento de obras muertas, de la fe en Dios, de la doctrina de bautismos, de la imposición de manos, de la resurrección de los muertos y del juicio eterno. Y esto haremos, si Dios en verdad lo permite”.

Las Escrituras inspiradas, identifican a las seis doctrinas que constituyen LOS FUNDAMENTOS (o rudimentos) de la doctrina de Cristo, sobre la cual los cristianos deben edificar sus vidas. Aquí, Dios nunca está diciendo que debemos abandonar a estas seis doctrinas fundamentales para construir sobre otra base. Lo que la Palabra de Dios nos está diciendo, es que cuando logremos basarnos de manera segura en estos primeros principios de la doctrina de Cristo, debemos continuar hacia la perfección y la madurez de nuestras vidas espirituales.
 
Note que la doctrina de los bautismos, está categorizada con otras cinco doctrinas fundamentales de la doctrina de Cristo. ¿Alguno de nosotros podría ser salvo sin tener fe en Dios, sin arrepentirse de sus obras muertas, y sin creer en la resurrección de entre los muertos a través de Jesucristo? ¡Ciertamente no! También debemos tener en cuenta que las doctrinas de la imposición de manos y del juicio eterno, igualmente forman parte de nuestra fundación. Por lo tanto, también debemos creer que Dios contesta las oraciones por la imposición de manos, y que Dios juzgará al mundo con justicia en los dos juicios eternos por venir: (1) El juicio del gran trono blanco (para los que no son salvos – Apocalipsis 20:11-15), y (2) El tribunal de Cristo (para los salvados - 2 Corintios 5:10).

Efesios 2:20 prueba que somos “edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo”.

Hebreos 6:1-3. “Por tanto, dejando ya los rudimentos de la doctrina de Cristo, vamos adelante a la perfección; no echando otra vez EL FUNDAMENTO del arrepentimiento de obras muertas, de la fe en Dios, de la doctrina de bautismos, de la imposición de manos, de la resurrección de los muertos y del juicio eterno. Y esto haremos, si Dios en verdad lo permite”.

¡Observe que la doctrina de la fe en Dios (que incluye la fe en la deidad de Cristo) y la resurrección, se enumeran con la doctrina de los bautismos y la imposición de manos!

Dado que la fe en Jesús y la fe en la resurrección son doctrinas esenciales que todos los cristianos deben creer, también lo es la fe en la doctrina de los bautismos y la imposición de manos. Del mismo modo, nadie puede ser salvo a menos que se arrepienta de sus pecados, por lo que la doctrina del “arrepentimiento de obras muertas” es claramente una doctrina esencial en la que todos los cristianos deben creer y obedecer.

Por lo tanto, el capítulo seis de Hebreos, demuestra que la doctrina de los BAUTISMOS y la doctrina de la IMPOSICIÓN DE MANOS, son tan esenciales para que los cristianos construyan sus vidas, como lo son su fe en Dios y su fe en la resurrección de Jesucristo.

La Escritura dice: “la doctrina de BAUTISMOS”, en plural. En la Biblia solo se mencionan dos bautismos que son esenciales y deben recibir todos los cristianos: el bautismo en agua y el bautismo en el Espíritu. Vea Juan 3:5, Hechos 1:8, Hechos 2:38, 1 Pedro 3:20-21, Hechos 10:44-48, Hechos 19:1-7.

Juan 3:5-8. “Respondió Jesús: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios... No te maravilles de que te dije: Os es necesario nacer de nuevo. El viento sopla de donde quiere, Y OYES SU SONIDO; mas ni sabes de dónde viene, ni a dónde va; ASÍ ES TODO AQUEL QUE ES NACIDO DEL ESPÍRITU”.

La palabra griega original, que se traduce como “viento”, es pneuma. La palabra pneuma significa literalmente “Espíritu”, “viento” o “aliento”. En todos los demás lugares del Nuevo Testamento donde aparece la palabra pneuma, se ha traducido al español como “Espíritu”, excepto en este caso.

En el Griego Enfático Interlineal (Emphatic Greek Diaglott), se encuentra una traducción más consistente y literal del griego. Este dice: “El Espíritu respira donde quiere, y OYES SU VOZ... ASÍ ES CON TODOS LOS QUE NACEN DEL ESPÍRITU”.

La Biblia Interlineal de J. P. Green (que es consistente con la mayoría de las demás palabras literales del Interlineal) presenta así a Juan 3:8: “El Espíritu respira donde desea, y OYES SU VOZ pero no sabes de dónde viene ni adónde va... ASÍ SON TODOS LOS QUE HAN RECIBIDO EL NACIMIENTO DEL ESPÍRITU”. ¿De qué habló Jesús cuando dijo que “el Espíritu respira... y oyes su voz”?

Sin duda alguna no está hablando de un creyente que hace una confesión verbal de fe. De esto no se puede decir que sea la Voz del Espíritu. Hay algo más de lo que Jesús está hablando, y que deben experimentar todos los que reciben el nacimiento del Espíritu. El único fenómeno sobrenatural que se encuentra en la Biblia, en el que vemos que el Espíritu de Dios sopla o respira sobre su pueblo, y le permite escuchar a la gente el sonido o la voz del Espíritu, es el hablar en otras lenguas según como el Espíritu dé la expresión.


El Bautismo del Agua y del Espíritu

1 Corintios 10:1-2. “Porque no quiero, hermanos, que ignoréis que nuestros padres todos estuvieron bajo la nube, y todos pasaron el mar; y todos en Moisés fueron BAUTIZADOS en la nube [el bautismo del Espíritu] y en el mar [el bautismo en agua]”.

Aquí tenemos dos bautismos mencionados en las Escrituras: el bautismo del Espíritu y el bautismo en agua. Dado que la doctrina de los bautismos se clasifica junto con las doctrinas cristianas esenciales como la fe en Dios, la resurrección de Cristo y el arrepentimiento de las obras muertas, debemos comprender que la doctrina de los bautismos es igualmente esencial, siendo una doctrina fundamental de la fe cristiana. ¿Puede alguien ser salvo sin tener fe en Dios? ¿Puede alguien ser salvo sin tener fe en la resurrección de Cristo? ¿Puede alguien ser salvo sin arrepentirse de sus pecados? Por supuesto que no, y del mismo modo nadie puede ser salvo sin creer y obedecer la doctrina de los bautismos; es decir, de los bautismos de agua y del Espíritu.

Mateo 3:11. “Yo a la verdad os bautizo en agua para arrepentimiento; pero el que viene tras mí, cuyo calzado yo no soy digno de llevar, es más poderoso que yo; él os bautizará en Espíritu Santo y fuego”.

1 Corintios 12:13. “Porque por UN SOLO ESPÍRITU [el bautismo del Espíritu] fuimos todos bautizados en UN CUERPO [la Iglesia], sean judíos o griegos, sean esclavos o libres; y a todos se nos dio a beber de UN MISMO ESPÍRITU”.

Hechos 2:1-4. “Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos unánimes juntos. Y de repente vino del cielo un estruendo como de un viento recio que soplaba, el cual llenó toda la casa donde estaban sentados; y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, asentándose sobre cada uno de ellos. Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen [el bautismo del Espíritu]”.

Hechos 8:12-17. “Pero cuando creyeron a Felipe, que anunciaba el evangelio del reino de Dios y el nombre de Jesucristo, se bautizaban [el bautismo en agua] hombres y mujeres. También creyó Simón mismo, y habiéndose bautizado, estaba siempre con Felipe; y viendo las señales y grandes milagros que se hacían, estaba atónito. Cuando los apóstoles que estaban en Jerusalén oyeron que Samaria había recibido la palabra de Dios, enviaron allá a Pedro y a Juan; los cuales, habiendo venido, oraron por ellos para que recibiesen el Espíritu Santo [el bautismo del Espíritu]; porque aún no había descendido sobre ninguno de ellos, sino que solamente habían sido bautizados en el nombre de Jesús. Entonces les imponían las manos, y recibían el Espíritu Santo [el bautismo del Espíritu]”.

Hechos 19:1-6. “Aconteció que entre tanto que Apolos estaba en Corinto, Pablo, después de recorrer las regiones superiores, vino a Éfeso, y hallando a ciertos discípulos, les dijo: ¿Recibisteis el Espíritu Santo cuando creísteis? Y ellos le dijeron: Ni siquiera hemos oído si hay Espíritu Santo. Entonces dijo: ¿En qué, pues, fuisteis bautizados? Ellos dijeron: En el bautismo de Juan. Dijo Pablo: Juan bautizó con bautismo de arrepentimiento, diciendo al pueblo que creyesen en aquel que vendría después de él, esto es, en Jesús el Cristo. Cuando oyeron esto, fueron bautizados en el nombre del Señor Jesús [el bautismo en agua]. Y habiéndoles impuesto Pablo las manos, vino sobre ellos el Espíritu Santo; y hablaban en lenguas [el bautismo del Espíritu], y profetizaban”.

Hechos 10:44-48. “Mientras aún hablaba Pedro estas palabras, el Espíritu Santo cayó sobre todos los que oían el discurso. Y los fieles de la circuncisión que habían venido con Pedro se quedaron atónitos de que también sobre los gentiles se derramase el don del Espíritu Santo. Porque los oían que hablaban en lenguas, y que magnificaban a Dios [el bautismo del Espíritu]. Entonces respondió Pedro: ¿Puede acaso alguno impedir el agua, para que no sean bautizados estos que han recibido el Espíritu Santo también como nosotros? Y mandó bautizarles en el nombre del Señor Jesús [el bautismo en agua]. Entonces le rogaron que se quedase por algunos días”.

Gálatas 3:26-29. “pues todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús; porque todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos. Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús. Y si vosotros sois de Cristo, ciertamente linaje de Abraham sois, y herederos según la promesa”.

¿Cómo podemos realmente pertenecer a Cristo sin estar vestidos de Cristo? Esta Escritura me recuerda al hombre que trató de entrar en el Reino de Dios sin tener una ropa de boda.

Mateo 22:11-14. “Y entró el rey para ver a los convidados, y vio allí a un hombre que no estaba vestido de boda. Y le dijo: Amigo, ¿cómo entraste aquí, sin estar vestido de boda? Mas él enmudeció. Entonces el rey dijo a los que servían: Atadle de pies y manos, y echadle en las tinieblas de afuera; allí será el lloro y el crujir de dientes. Porque muchos son llamados, y pocos escogidos”.

Gálatas 3:26-29 - NVI. “Todos ustedes son hijos de Dios mediante la fe en Cristo Jesús, porque todos los que han sido bautizados en Cristo se han revestido de Cristo. Ya no hay judío ni griego, esclavo ni libre, hombre ni mujer, sino que todos ustedes son uno solo en Cristo Jesús. Y, si ustedes pertenecen a Cristo, son la descendencia de Abraham y herederos según la promesa”.

¡La única manera de ser revestidos de Cristo, es a través de ser bautizados en Cristo! Por lo tanto, el bautismo en agua en el nombre de Jesucristo, claramente nos reviste de Cristo y nos hace descendientes de Abraham y herederos legales según la promesa.

Las Escrituras del Nuevo Testamento están repletas de ejemplos que muestran la necesidad del bautismo en agua y en el Espíritu. Pablo les preguntó a los discípulos de Juan: “¿Recibisteis el Espíritu Santo cuando creísteis?” (Hechos 19:1-6).

Cuando el apóstol Pablo se encontró con el Señor Jesús en su camino a Damasco, él creyó en el Señor y se arrepintió de sus pecados. Pero Jesús le ordenó: “Levántate y entra en la ciudad, y se te dirá lo que debes hacer” (Hechos 9:6). Esto demuestra que nuestra creencia en Jesús y nuestro arrepentimiento, están incompletos sin la doctrina de los bautismos [es decir, del bautismo en agua y del Espíritu].

Hechos 9:3-6. “Mas yendo por el camino, aconteció que al llegar cerca de Damasco, repentinamente le rodeó un resplandor de luz del cielo; y cayendo en tierra, oyó una voz que le decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Él dijo: ¿Quién eres, Señor? Y le dijo: Yo soy Jesús, a quien tú persigues; dura cosa te es dar coces contra el aguijón. Él, temblando y temeroso, dijo: Señor, ¿qué quieres que yo haga? Y el Señor le dijo: Levántate y entra en la ciudad, y se te dirá lo que debes hacer”.

Hechos 22:10. “Y dije: ¿Qué haré, Señor? Y el Señor me dijo: Levántate, y ve a Damasco, y allí se te dirá todo lo que está ordenado que hagas”.

Hechos 9:17-18. “Fue entonces Ananías y entró en la casa, y poniendo sobre él las manos, dijo: Hermano Saulo, el Señor Jesús, que se te apareció en el camino por donde venías, me ha enviado para que recibas la vista y seas lleno del Espíritu Santo [el bautismo del Espíritu]. Y al momento le cayeron de los ojos como escamas, y recibió al instante la vista; y levantándose, fue bautizado [el bautismo en agua]”.

En Hechos 22:10-16, Pablo dio más información sobre su testimonio: “Y dije: ¿Qué haré, Señor? Y el Señor me dijo: Levántate, y ve a Damasco, y allí se te dirá todo lo que está ordenado que hagas. Y como yo no veía a causa de la gloria de la luz, llevado de la mano por los que estaban conmigo, llegué a Damasco. Entonces uno llamado Ananías, varón piadoso según la ley, que tenía buen testimonio de todos los judíos que allí moraban, vino a mí, y acercándose, me dijo: Hermano Saulo, recibe la vista. Y yo en aquella misma hora recobré la vista y lo miré. Y él dijo: El Dios de nuestros padres te ha escogido para que conozcas su voluntad, y veas al Justo, y oigas la voz de su boca. Porque serás testigo suyo a todos los hombres, de lo que has visto y oído. Ahora, pues, ¿por qué te detienes? Levántate y bautízate, y lava tus pecados, invocando su nombre [el bautismo en agua]”.

Jesús mismo le dijo a Saulo que fuera a la ciudad de Damasco porque allí se le diría todo lo que estaba ordenado que él debía hacer (Hechos 9:6; 22:10). Obviamente Saulo creyó en Jesús, porque le dijo: “¿Qué haré, Señor?”. Saulo no desobedeció a las palabras de Jesús, porque él fue a la ciudad de Damasco y oró, esperando instrucciones sobre lo que debía hacer para seguir a Jesús. Las acciones de Saulo demuestran que él ya tenía que haber creído y ya se tenía que haber arrepentido de sus pecados, antes de que Ananías le dijera lo otro que debía hacer. Hubo dos cosas más que le dijeron a Saulo que hiciera. (1) “Sé lleno del Espíritu Santo” [el bautismo del Espíritu] y (2) “Sé bautizado y lava tus pecados invocando su nombre [el bautismo en agua]”.

Saulo fue el nombre hebreo de Pablo. Pablo escribió la mayoría de las epístolas del Nuevo Testamento. ¿Somos nosotros más grandes que el apóstol Pablo? ¡Si Pablo, aún como un gran y santo apóstol necesitó ser lleno del Espíritu Santo y ser bautizado en agua en el nombre de Jesús para lavar sus pecados, cuánto más nosotros debemos ser llenos del Espíritu Santo y ser bautizados en agua en el nombre de Jesús para lavar nuestros pecados!

¡Los que rechazan el bautismo en agua y en el Espíritu, rechazan la clara enseñanza fundamental de la Palabra de Dios!


miércoles, 13 de marzo de 2019

Dividiendo Correctamente a la Palabra. ¿Por Qué los No-Pentecostales Quieren Censurar al Libro de Los Hechos de los Apóstoles?


Por Elder Ross Drysdale. © Todos los derechos reservados.
Capítulo 21 del Libro “Cuando Sabes Estas Cosas” (If Ye Know These Things)
Traducido por Julio César Clavijo Sierra, año 2019.

Para ver más capítulos de esta obra, siga estos enlaces:
Capítulo 2Capítulo 4, Capítulo 8Capítulo 9Capítulo 21ExtractoObra Completa en Inglés.

Esta es una respuesta a las críticas que hizo el escritor trinitario Gregory A. Boyd contra la Iglesia del Nombre de Jesús, en su libro "Unicidad Pentecostal y Trinidad" publicado en el idioma inglés en el año de 1992.




¿Por qué los no-pentecostales quieren censurar al libro de Los Hechos?
¿En realidad la salvación no se fundamenta en el libro de Los Hechos?
¿Seremos "llevados por mal camino", o seremos conducidos a Cristo si leemos el libro de Los Hechos?
¿Qué nos pasará?


El Libro de los Hechos - ¿Podemos Confiar en Él?

El Dr. Boyd presenta varios argumentos en contra de la doctrina de las lenguas como evidencia inicial de recibir el Espíritu Santo, la mayoría de los cuales han existido por un tiempo y ahora son bastante obsoletos, ya que han sido probados y devueltos al armario muchas veces. Otros son tan descabezados, que incluso parecen tontos; sin embargo, le responderemos según su insensatez. Además, él presenta el conjunto habitual de afirmaciones contradictorias que señalaremos a nuestros lectores. Pero el argumento en el que Boyd invierte más energía, es en el que se refiere al Libro de los Hechos.

Al ver que en el Libro de Los Hechos se muestra de manera tan abrumadora la evidencia de las lenguas como la señal del bautismo del Espíritu, lo primero que intentan hacer nuestros oponentes es desacreditar a ese libro. Esto lo hacen sutilmente para que nadie se atreva a decir que no es inspirado, pero sí intentando demostrar que no es confiable en manera alguna. ¡Las tácticas disimuladas son la constante que utilizan! ¡Es un trabajo sucio, pero alguien debe hacerlo!

Los modernistas y los liberales, han evitado de manera constante cumplir con los estándares apostólicos, al afirmar que no podemos extraer "doctrina del Libro de los Hechos". Ellos dicen que el libro es "narrativa histórica", por lo que no fue diseñado para enseñar doctrina. Insisten en que debemos ir a las epístolas, y que si algo no se enseña o confirma allí, entonces es altamente sospechoso y debe ser archivado. El Dr. Boyd sigue obedientemente este patrón. Él dice que es "precario en el mejor de los casos, basar cualquier doctrina en el registro histórico de Los Hechos, a menos que esta doctrina se confirme en alguna parte didáctica de las Escrituras" (Boyd, p. 201). Él argumenta que el uso doctrinal de Los Hechos "es realmente erróneo" (Boyd, p. 206), pues "No podemos derivar una prescripción doctrinal o de comportamiento desde una descripción histórica" (Boyd, p. 206). A pesar de que Los Hechos sea un registro de comportamiento, se nos advierte que debemos recordar que Lucas "está escribiendo como un historiador, no como un teólogo sistemático", por lo tanto allí no se debe buscar teología. Parece que el Dr. Boyd no puede controlarse a sí mismo en esta polémica de amputar a Los Hechos, y dice:

"Por lo tanto, si nos fijamos en Los Hechos para que nos enseñe el Evangelio, -cómo debemos ser salvos- estamos obligados a desviarnos, ya que esta obra nunca se escribió con ese propósito". (p. 207).

Según Boyd, si usted fija su vista en Los Hechos va por mal camino, así que según él, la Palabra de Dios le llevará por mal camino. Por ejemplo, según Boyd, cuando en Hechos 16:30 el carcelero de Filipos clamó: -"¿Qué debo hacer para ser salvo?"-, esa debería ser una señal para que cerremos el libro de golpe, porque "estamos obligados a desviarnos". Según Boyd, la respuesta de Pablo: -"Cree en el Señor Jesucristo y serás salvo"-, ciertamente nos engañará porque no tiene nada que ver con la salvación. Y así el Dr. Boyd nos advierte: ¡Cuidado con esa "prescripción de comportamiento"! Igualmente, según Boyd, cuando en Hechos 22:16 se le dice a Pablo que lave sus pecados invocando el nombre del Señor, debemos descartarlo porque no tiene nada que ver con la salvación. De acuerdo con Boyd, lo que debemos hacer es apresurarnos y correr hacia las epístolas para encontrar un antídoto "didáctico", antes de que nos extraviemos.

De hecho, es extraño que a pesar de que el Dr. Boyd no cree que el libro de Los Hechos enseñe la salvación, lo cita con frecuencia sobre ese tema, ¡y de una manera "didáctica"! En la página 136 dice:

"La insistencia continua en el Nuevo Testamento de que es la fe, y solo la fe lo que salva a una persona, es suficiente para demostrar esto" (p. 136).

A continuación presenta un listado de referencias, de las cuales casi la mitad son del Libro de los Hechos. Estas son Hechos 2:21, Hechos 10:43, Hechos 15:9 y Hechos 16:31. ¡Pero es bastante extraño que las use, cuando según él, ese libro "no fue escrito para ese propósito"! En la parte inferior de la misma página, cita nuevamente a Los Hechos tres veces, para intentar probar que la salvación no está relacionada con el bautismo: Hechos 3:17-26, Hechos 4:8-12 y Hechos 16:31. ¡Y todo esto del libro del cual "estamos obligados a desviarnos" pues no podemos usarlo para descubrir "cómo debemos ser salvos"! ¿Entonces por qué él sí lo usa así? ¿Por qué él no está tratando de desviar a sus lectores, según como confesó que debía hacerse con el Libro de Los Hechos?

Cita a Hechos 20:28, para probar que "en la teología trinitaria" el sufrimiento de Jesús en la cruz es el sufrimiento de Dios (p.187), a pesar de que declara que Lucas "no es un teólogo sistemático" (p. 207). ¡Así que la teología "no sistemática" de Lucas es suficientemente buena cuando el Dr. Boyd la necesita! En la página 137 nos dice que debemos "aprender de Los Hechos" que el Espíritu Santo "a veces se da de manera dramática antes de que los individuos sean bautizados en agua" (Hechos 10:44-48). ¡Así que aquí está derivando una "prescripción doctrinal o de comportamiento" directamente de la descripción histórica! Pero esto es justamente lo que él condena que hagan los creyentes de la Unicidad, argumentando que nuestro "intento de usar Los Hechos de esta manera es realmente erróneo" (p. 206). Es como si él pensara que posee “los derechos de autor” del Libro de los Hechos, pues se lo apropia para sus propios propósitos (teológicos, prescriptivos, de salvación y otros), mientras que le niega a los creyentes unicitarios cualquier derecho a citarlo como apoyo doctrinal. Dice que tal esfuerzo de nuestra parte, solo puede llevar a nada más que "daño y herejía" (p. 209). ¡Oh coherencia, eres una joya rara!


Una Dieta Muy Rica

El Dr. Boyd ha cavado tan profundo, que no tiene más hacia dónde ir sino hacia abajo. Dice que:

"Establecer esta obra como una norma para toda la experiencia de la iglesia, es por lo tanto establecer una dieta muy rica, pero en realidad poco saludable para uno mismo, ya que nada más que daño y herejía puede provenir de tal esfuerzo" (p. 209).

Por lo tanto, según él, el Libro de los Hechos debe ser puesto en cuarentena, no sea que los nuevos conversos se enfermen. Quizás el Dr. Boyd sienta que es necesario ponerle una etiqueta de advertencia al libro, que diga: -"¡Peligro! ¡Cuando este producto se toma en serio, es peligroso para la salud espiritual!"-. No debe maravillarnos que el Dr. Boyd haya seguido el ejemplo de Thomas Jefferson, quien recortó de la Biblia aquellas porciones que él pensó que eran peligrosas. Por eso, Boyd sostiene que alinearse con las prescripciones del Nuevo Testamento que se establecen en Los Hechos, es algo que solo puede ser "dañino" o incluso "herético". Es mucho más "seguro" seguir la dieta moderna, no nutricional, de "creer fácilmente", que dice: “¡Levante su mano!”, “¡simplemente firme una tarjeta!”, “¡tome una decisión!”, “¡acepte a Cristo como su Salvador personal!”, “¡permita que Jesús entre en su corazón!”, etc. “¡No se preocupe por las condiciones, todo está "incondicionalmente garantizado"!”. “¡Solo haga estas cosas y olvídese de esa dieta dañina del Libro de los Hechos!” “¡De cualquier manera ese libro es demasiado rico para usted!” Ese evangelio de las mil y una galletas parece mucho más fácil de digerir, y parece bajar muy suavemente. ¡Pero nosotros los pentecostales no podemos aceptar eso! Admitimos que la dieta de Los Hechos es rica, ya que no se trata de las porciones de la pastelería del neo-evangelicalismo, y por eso nos deleitamos al alimentarnos de la dieta de Los Hechos. Estamos bastante acostumbrados a las riquezas de su bondad (Romanos 2:4). Perseveramos "en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones" (Hechos 2:42).


¿Una Historia Irrepetible?

El Dr. Boyd encuentra que Los Hechos no es deseable incluso como historia. Hasta lo describe como casi sin valor. Por ejemplo, dice:

"De hecho, tan oscuro es el informe objetivo de Lucas, que no nos permite a nosotros inferir el por qué él incluyó estos cuatro relatos en su obra [Hechos Cap. 2 – Los judíos de día de Pentecostés, Cap. 8 – Los Samaritanos, Cap. 10 – Los gentiles en la casa de Cornelio, Cap. 19 – Los discípulos de Juan en Éfeso], en lugar de otras ocurrencias del derramamiento inicial del Espíritu" (p. 208).

Según Boyd, tenemos que "inferir" porque todo es tan "oscuro". También debemos hacer algunas "adivinanzas". En la página 209, nos dice:

"... parece que la mejor conjetura, es que Lucas incluyó sólo estas cuatro ocurrencias del derramamiento del Espíritu, porque no fueron normativas".

Según Boyd, solo tenemos que adivinar. ¡Pero cuál "conjetura" es la que él hace! De acuerdo con Boyd, Lucas registró estas historias de casos del bautismo en el Espíritu, para mostrarnos que no debemos esperar recibir este bautismo. Él dice que solo tenemos ante nosotros unos casos anormales, pero no un ejemplo de lo que es "normativo" cuando alguien recibe el derramamiento inicial del Espíritu. Lo único que debemos hacer ahora, es depender de teólogos como el Dr. Boyd en cuanto a lo que deberíamos esperar, porque  según él, Lucas nos ha "llevado por mal camino" con estos relatos de "cosas raras que son muy espectaculares e inusuales" (p. 209). Según el Dr. Boyd, Lucas deja muchas preguntas "abiertas", y plantea más preguntas que respuestas:

"Quedan abiertas las preguntas del por qué Pedro y Juan tuvieron que venir [a Samaria] en razón a que el Espíritu Santo aún no había venido, del por qué la imposición de manos fue significativa, y del cómo todos supieron que el Espíritu llegó cuando Él finalmente vino" (p. 208).

¡Qué lista de preguntas sin respuesta! Pero esto no debe preocuparnos, porque según Boyd:

"Lucas no estaba tratando de enseñarle a Teófilo que la respuesta a cualquiera de estas preguntas, sea la que sea, era normativa y necesaria para todos los tiempos".

¡Piensa sobre estas cosas que según Boyd no son "necesarias"! Estas cosas incluyen el
"cómo todos supieron que el Espíritu llegó cuando Él finalmente vino", pero según Boyd no debemos caer en estas preocupaciones innecesarias, porque "sea lo que sea" esto no está "relacionado con lo que Lucas quería que aprendiera Teófilo" (p. 209). Si así fuera, entonces uno tendría que preguntarse para qué fue escrito el libro de Los Hechos. ¿Si en verdad no hubiera en él alguna enseñanza acerca de la salvación, y en caso de que creyéramos eso lo que tenemos que hacer es "desviarnos", si el libro en realidad no contiene información que nos permita saber cómo vino el Espíritu porque eso no es necesario, si solo presenta unas pocas "cosas raras" y "muy espectaculares" inmersas en una historia por lo demás "común" y "mundana", y si estas cosas "ciertamente no se vislumbran en el funcionamiento cotidiano de la iglesia", ni como una "norma para toda la experiencia de la iglesia", entonces para qué un libro así? El Dr. Boyd también nos dice que no podemos citarlo ya que eso sería "poco saludable", que no podemos usarlo para buscar la salvación porque nos "llevaría por mal camino", y que desde el punto de vista histórico nos deja en la oscuridad en tantos puntos que a nosotros nos toca "inferir" a fin de  que hagamos "la mejor conjetura" que podamos. Finalmente, el Dr. Boyd corona toda su diatriba ilógica y sin sentido, con la conclusión absolutamente ridícula de que Lucas no respondió a las preguntas que él mismo planteó, pues en caso de haberlo hecho,  "¿qué tipo de pedagogía sería esa?" (p. 208).

Cuando uno lee completo el libro del Dr. Boyd, se hace bastante evidente que de manera repetida él usa al libro de Los Hechos para enseñar doctrina, especialmente la de la salvación, citándolo como autoridad y con frecuencia. Es solo cuando Los Hechos enseña la doctrina pentecostal, con la que él no está de acuerdo, que repentinamente el libro se vuelve para él no-didáctico, insalubre, demasiado rico, no-pertinente, apto para extraviarse, etc. ¡Esta ciertamente es la cuestión!


Contradicciones

Un buen ejemplo de la "obsesión pentecostal" del Dr. Boyd, son sus dos declaraciones mutuamente contradictorias sobre las señales y las maravillas. En la página 204, dice:

"Por lo tanto, los fenómenos sobrenaturales (por ejemplo la profecía, las visiones, las curaciones) que siempre se han asociado con el Espíritu, estarán disponibles después de Pentecostés no solo para uno o dos grandes hombres de Dios, sino para todo el pueblo de Dios" (p. 204).

En otras palabras, los fenómenos sobrenaturales serán normativos para todos los creyentes en la era de la iglesia ¡Qué bien! Pero luego, en la página 209, se contradice completamente cuando escribe:

"Realmente, dado el lapso de tiempo que Lucas busca cubrir con su volumen de Los Hechos, no es sorprendente si tiende a destacar de la historia mundana ordinaria de la iglesia primitiva, aquellas cosas raras que son más espectaculares e inusuales... Pero establecer esta obra como una norma para toda la experiencia de la iglesia, es por lo tanto establecer una dieta muy rica -y poco saludable- para uno mismo".

Así que los fenómenos sobrenaturales que en la página 204 Boyd caracterizó como disponibles "para todo el pueblo de Dios", en la página 209 se vuelven "raros", "inusuales" y "poco saludables" si se consideran "una norma" para todo el pueblo de Dios. ¿Pero por qué esta contradicción? Si uno va a la página 204, los fenómenos sobrenaturales que él dice que están disponibles para todos, son: profecía, visiones, curaciones, dejando completamente por fuera a las lenguas. Entonces, cuando los pentecostales tratan de incluir a las lenguas como un "fenómeno sobrenatural" que también está disponible para todos, su posición cambia repentinamente, y nos dice que ninguna de estas cosas es "normativa", y que de hecho es "poco saludable" esperarlas. ¡Todo estaba bien y era "disponible" hasta que las lenguas se agregaron a la lista! Si las lenguas se incluyen, entonces Boyd ya no tendrá a ninguna de ellas.

Este razonamiento contradictorio es repetido. En la página 202, se describe a la Iglesia poseyendo una unción que "sobrenaturalmente capacita a las personas para llevar a cabo la voluntad de Dios de manera dinámica". Pero en la página 207, cuando las lenguas están bajo consideración, encontramos que son "cosas raras" sacadas de la "historia mundana ordinaria de la iglesia primitiva". ¡Para Boyd, una gente dinámica, sobrenaturalmente ungida y empoderada, produce una historia ordinaria y mundana! ¿Pero cómo se las habrán arreglado para hacerlo? Estimado lector, piense por un momento acerca de esta Iglesia que según Boyd fue "ordinaria" y "mundana". ¿Se acuerda usted de ese incidente "mundano" cuando Pedro y Juan sanaron al cojo que se sentaba a la puerta del Templo? ¿O de aquella reunión de oración "ordinaria" que estremeció toda la casa? ¿Qué hay de esa "mundana" y "ordinaria" resurrección de Dorcas? ¿Y qué del terremoto absolutamente monótono que liberó a Pablo y a Silas de la cárcel? ¡Ojalá que hoy estuviéramos haciendo una historia tan "ordinaria" y "mundana" como esa!


Los Hechos son Para la Doctrina

Cuando el Dr. Boyd y otros, plantean que el Libro de los Hechos no debe usarse con fines doctrinales, en realidad más que enfrentarse contra los creyentes de la Unicidad, se están enfrentando es contra el Espíritu Santo, porque ellos se atreven a contradecir claramente lo que el Espíritu ha dicho acerca de Los Hechos.

"Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia" (2 Timoteo 3:16).

"Toda la Escritura", que incluye a Los Hechos, "es útil para enseñar". Ahora, ¿a quién le creeremos, al Espíritu Santo o al Dr. Boyd? El Espíritu Santo dice que Los Hechos es útil para adoctrinar, pero el Dr. Boyd dice que es "precario" para la doctrina. Pero toda la Escritura, incluso Los Hechos, es provechosa "para instruir en justicia". ¡Eso tiene que incluir la salvación! Pero el Dr. Boyd vuelve a contradecir al Espíritu Santo, y nos dice que no busquemos "en Los Hechos para que nos enseñe el Evangelio, -cómo debemos ser salvos-", pues si lo hacemos, "estamos obligados a desviarnos" (Boyd, p. 207). Así que mientras el Espíritu Santo nos dice que en Los Hechos podemos encontrar instrucción en justicia, el Dr. Boyd dice que ni siquiera la busquemos para que no nos extraviemos. De nuevo, ¿a quién le creeremos? ¿A la instrucción o al desvío? ¿Cuál nos convendrá?

Desafortunadamente, el Dr. Boyd se coloca en la misma categoría que los modernistas y religiosos liberales cuando dice que es "precario en el mejor de los casos, basar cualquier doctrina en el registro histórico de Los Hechos, a menos que esta doctrina se confirme en alguna parte didáctica de las Escrituras" (Boyd, p. 201). Por lo tanto, él divide a las Escrituras entre aquellas "porciones" que pueden tomarse para la doctrina y aquellas que no se pueden tomar con tal fin. En los círculos liberales, los evangelios y los Hechos que son narraciones históricas, no se consideran confiables para la doctrina, y solo las epístolas son usadas para esto. De hecho, el Dr. Boyd rechaza nuestra enseñanza de la evidencia inicial, porque siente que "no hay evidencia que lo corrobore en las Epístolas..." (p. 209). Pero la doctrina del nacimiento virginal solo se encuentra en las llamadas "porciones narrativas", en este caso en los evangelios, y no es mencionado, confirmado o corroborado alguna vez en las epístolas. ¿Entonces deberíamos clasificar a esta doctrina como "precaria"? Es debido a un razonamiento tan herético como este, que se atreve a dividir a la Biblia en "porciones" doctrinales y no doctrinales, que tantos liberales rechazan abiertamente el Nacimiento Virginal. ¡No está "corroborado"!, dicen. Los neotrinitarios también se inclinan hacia esta dirección. ¡Shirley Guthrie siente que ellos aún se pueden salvar mientras que rechazan la doctrina del nacimiento virginal! ¡Algunos sugieren que Pablo y la iglesia primitiva no conocían esta doctrina! ¡Y estos son parte de los autores que el Dr. Boyd nos recomienda en sus notas al pie! La Biblia nos habla acerca de cómo dividir correctamente la Palabra, pero contiene una advertencia horrenda contra el que reste de ella (Apocalipsis 22:19).


Divisiones del Nuevo Testamento

Dada la posición teológica del Dr. Boyd, es comprensible su oposición hacia el libro de Los Hechos. Todo grupo religioso se siente incómodo con este libro, excepto los pentecostales unicitarios. La razón es porque el Libro de los Hechos es la vara de medir, una pluma divina por la cual deben probarse todas las predicaciones y los "planes" de salvación. Es solamente en el Libro de Hechos que leemos los sermones reales que fueron expuestos por los predicadores del Nuevo Testamento para declarar culpables a los pecadores, y solamente en el Libro de los Hechos observamos lo que los pecadores hicieron realmente para ser salvos. El verdadero patrón se encuentra exclusivamente en el libro de Los Hechos, porque es el informe en el sitio de los acontecimientos.

En el Libro de Los Hechos nunca leemos que los apóstoles le hubieran pedido a alguno que para ser salvo leyera la revista "La Atalaya" o que se preparara para el Armagedón; eso elimina a "los Testigos de Jehová". "Mas si aun nosotros, o un ángel del cielo, os anunciare otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema" (Gálatas 1:9). Los que predican otro evangelio son maldecidos por eso. En el Libro de Los Hechos tampoco leemos que los apóstoles hubieran instruido a alguno para que fuera "bautizado por los muertos" o para que "contrajeron matrimonios celestiales para el tiempo y la eternidad"; esto elimina a los mormones, porque predican otro evangelio y así también están bajo maldición. En Los Hechos, nunca se instruyó a ningún converso para que "guardara el séptimo día" tal como insisten los adventistas; ese es otro evangelio y también están bajo maldición. Y lo que es igualmente significativo, ninguno le dijo a otro que todo lo que tenía que hacer para ser salvo, era "permitir que Jesús entrara en su corazón". Tampoco leemos que los apóstoles hubieran entregado a algunos "tarjetas de decisión" o que le pidieran a la gente que "levantaran una mano". Los apóstoles no supieron nada acerca de este "método simplificado ACC" (aceptar, creer, confesar) y nunca lo predicaron. Ninguno de estos esquemas de "creencia fácil" hechos por el hombre, se atestiguan en el Libro de los Hechos. Son inventos modernos que se arrastran en carros filisteos diseñados para eludir la verdad. No es de extrañar que estos predicadores de "otros evangelios" degraden al Libro de los Hechos. Ahora entendemos el por qué le ordenan a su gente que no lo usen para salvación, para que según ellos, no se extravíen. ¡Cuánta sangre hay en sus manos!

¡Los pentecostales unicitarios son los únicos que se alinean con la divina vara de medir del Libro de Los Hechos! Nos ajustamos a los puntos de referencia antiguos, en lugar de intentar reorganizarlos o eliminarlos. Nos sentimos muy cómodos con el Libro de los Hechos. La predicación del Nuevo Testamento basada en Los Hechos, instruye constantemente a los pecadores a que se arrepientan de sus pecados, sean bautizados en agua en el Nombre de Jesús para la remisión de los pecados y reciban el Bautismo prometido del Espíritu Santo. Este es el mensaje exacto que predican los pentecostales de la unicidad (Hechos 2:38; Hechos 2:4; Hechos 8:36-39; Hechos 10:44-48; Hechos 11:14-18, Hechos 16:14-15; Hechos 16:32- 33; Hechos 19:1-6; Hechos 9:17-18; Hechos 22:16).

Aunque no se dan los detalles de cada relato, y algunos enfatizan en un aspecto más que en otro, el panorama general que surge al considerarlos a todos, es un evangelio de arrepentimiento que siempre estuvo acompañado por el bautismo en agua y una dotación sobrenatural de poder espiritual que se caracterizó por una expresión carismática. Lejos de ser "sin condiciones", como lo sostiene el Dr. Boyd (p. 23), los apóstoles y otros predicadores del Nuevo Testamento establecieron condiciones muy definidas: el arrepentimiento, acompañado por un cambio de estilo de vida (Hechos 19:18-19) y el bautismo en agua en el nombre de Jesús. En realidad, el libro de Los Hechos avergüenza a los que predican "otro evangelio", y ese es el verdadero espíritu que está detrás de comentarios como "esta obra nunca se escribió con ese propósito" (Boyd, p. 207).

Por el contrario, el Libro de Los Hechos fue escrito específicamente para ese propósito de salvación. En realidad, Los Hechos es el único libro del Nuevo Testamento donde podemos aprender lo que debemos hacer para ser salvos (Hechos 2:37; Hechos 16:30). El Dr. Boyd dice que no debemos mirar a Los Hechos para que nos enseñe "cómo debemos ser salvos". Sin embargo, en todo el libro encontramos a personas que claman: -"¿Qué debo hacer para ser salvo?"- ¿Deberíamos ignorar las respuestas que ellos recibieron, porque supuestamente no tienen nada que ver con la salvación? ¡Qué completo insulto para la inteligencia de los lectores de Boyd, debido a esa suposición tan infundada! ¡Quizás ese fenómeno doctrinal se produjo durante el cabeceo a altas horas de la noche en una máquina de escribir! ¡O quizás se sofocó al nacer!


Las Cuatro Divisiones del Nuevo Testamento

El apóstol Pablo nos exhorta a usar bien la Palabra de Verdad (2. Timoteo 2:15). Y el Nuevo Testamento tiene cuatro divisiones principales, que son: Los evangelios, el libro de Los Hechos, las epístolas y el libro del Apocalipsis.


Los Evangelios

Mateo, Marcos, Lucas y Juan, son los cuatro evangelios. Registran la vida y el ministerio de Cristo. Incluyen su nacimiento, su enseñanza, su muerte, sepultura y resurrección. En los últimos capítulos de los evangelios, Cristo derramó su sangre "que quita el pecado del mundo" (Juan 1:29). Los Evangelios no contienen los requisitos para obtener la Salvación del Nuevo Testamento, porque:

1. Cristo dijo que el arrepentimiento y el perdón de los pecados se predicarían en su nombre a partir de Jerusalén (Lucas 24:47). Esto ocurrió en Hechos 2 en el día de Pentecostés (Hechos 2:38). Por lo tanto, la predicación de la salvación comienza en Los Hechos, no en los Evangelios.

2. El Espíritu no sería dado a los creyentes sino hasta que Cristo fuera glorificado (Juan 7:38-39). Esto también ocurrió en Hechos 2, en el día de Pentecostés.

3. No podía haber perdón de los pecados sino hasta que la sangre de Cristo se derramara y fuera rociada en el propiciatorio del Cielo (Hebreos 9:12; 24-26). Esto ocurrió después de la ascensión de Cristo.

4. El que hizo el Nuevo Testamento (el Nuevo Pacto) tuvo que morir primero, y tuvo que resucitar antes de que el Nuevo Testamento entrara en vigor (Hebreos 9:17). Mientras que Él vivía en la tierra, el Nuevo Testamento no estaba vigente, porque no tenía ninguna fuerza si el testador no moría (Hebreos 9:17). La muerte y resurrección de Cristo solo está narrada en el final de los evangelios. El Nuevo Testamento solo entró en vigencia en el período del Libro de los Hechos, después de la resurrección de Cristo.

De todo esto, queda muy claro que el plan de salvación del Nuevo Testamento, que incluye el perdón de los pecados y la promesa del Espíritu, no pudo comenzar sino hasta que el Testador (Cristo) murió, resucitó, ascendió (al cielo), entró en el tabernáculo celestial, roció el altar y envió a su Espíritu Santo de regreso a la tierra. Por lo tanto, los evangelios apuntan hacia la salvación del Nuevo Testamento, pero no la contienen. No podemos buscar el plan de salvación del Nuevo Testamento en los evangelios, pues primero el Cristo debía morir y derramar su sangre.

Ahora algunos nos preguntarán: -"¿Pero acaso no se perdonaron los pecados de algunas personas en los evangelios?"- ¡Sí, claro que se perdonaron!, pero fue de la misma manera en que fueron perdonados los de la dispensación del Antiguo Testamento. En realidad fueron cubiertos y rodados hacia adelante, hacia a la cruz. Fueron perdonados con miras al sacrificio expiatorio de Cristo. Cuando Jesús derramó su sangre y la aplicó en el cielo, estos pecados fueron cancelados del registro de los libros. En otras palabras, estas personas fueron perdonadas por el crédito o la fe en que el Mesías moriría y pagaría el precio.


El Libro de Los Hechos

Este es el libro correcto para encontrar el verdadero plan de salvación del Nuevo Testamento. Fue escrito y contiene eventos que tuvieron lugar después de que Jesús murió, derramó su sangre y regresó al cielo para conceder su Espíritu a los creyentes. La predicación de la salvación debía comenzar en Jerusalén, y ahí es precisamente donde inicia como lo narra el libro de Los Hechos. En este libro también tenemos el primer sermón cristiano que se predicó sobre el evangelio (Hechos 2:14-39). En él encontramos a los primeros conversos siendo salvos (Hechos 2:41). En él se narra la formación de la primera iglesia cristiana (Hechos 2:42-47). En Los Hechos comienza la salvación, se empieza a predicar y se hace efectiva. Es un informe en el sitio, de cómo fueron salvas las personas de la iglesia del siglo I.

El libro de Los Hechos es el único libro que realmente muestra a las personas siendo salvas en el tiempo del Nuevo Testamento. Por lo cual, en este libro tenemos la manera más segura de evaluar lo que constituye una verdadera experiencia bíblica de salvación completa. 



Las Profecías de Jesús Cumplidas en Los Hechos

En el libro de Los Hechos, es también donde se cumplió la profecía y la comisión de Jesús a los apóstoles, de que "a quienes remitiereis los pecados, les son remitidos; y a quienes se los retuviereis, les son retenidos" (Juan 20:23), pues en este libro vemos que los apóstoles le ordenaron a la gente que se bautizara en el nombre de Jesús para la remisión de los pecados (Hechos 2:38). En el Libro de los Hechos, también se cumple la profecía de Jesús sobre Pedro y la futura iglesia: "Y yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos; y todo lo que atares en la tierra será atado en los cielos; y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos" (Mateo 16:18-19). Fue en el día de Pentecostés, como se narra en el libro de Los Hechos, que Pedro se puso de pie con los once (Hechos 2:14), comenzando la construcción de la iglesia con el primer sermón del evangelio completo. También es en Los Hechos, donde vemos que Pedro comenzó a usar las "llaves del reino" al "atar" el mandato del arrepentimiento y el bautismo a las multitudes para "liberarlos" de sus pecados. Pedro usó estas llaves en Los Hechos, y solamente en Los Hechos, para abrir la puerta de salvación a los judíos (Hechos 2:38-39), a los samaritanos (Hechos 8:14-17) y a los gentiles (Hechos 10:34-48).


Hechos – El Libro de Conversión

El libro de Los Hechos, es por lo tanto el libro de "Arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados..." (Hechos 3:19). Es el libro que nos informa: "Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos" (Hechos 4:12). Es el libro en el que las personas preguntan "¿Qué debo hacer para ser salvo?" (Hechos 2:37; 16:30), y es el libro en el que los apóstoles les predicaron a las gentes las palabras con las cuales ellos podían ser salvos (Hechos 2:38, 11:14, 16:31). Sin embargo, el Dr. Boyd dice de este libro:

"Por lo tanto, si nos fijamos en Los Hechos para que nos enseñe el Evangelio, -cómo debemos ser salvos- estamos obligados a desviarnos, ya que esta obra nunca se escribió con ese propósito" (p. 207).

¡El lector debe decidir! Personalmente creo que si nos encontramos con los argumentos del Dr. Boyd, es cuando "estamos obligados a desviarnos".


Las Epístolas

Las epístolas son cartas escritas por los apóstoles, principalmente por Pablo, a personas que ya eran salvas. El registro de cómo fueron salvas, está en el libro de Los Hechos. Por ejemplo, Pablo escribió a los efesios y los describió como creyentes ya salvos:

"A los santos y fieles en Cristo Jesús que están en Éfeso… Bendito sea el Dios y Padre… que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo" (Efesios 1:1-3).

Si usted desea saber cómo se salvaron los efesios, el registro está en Hechos 19:1-6. Ellos se arrepintieron, se bautizaron en el nombre de Jesucristo, Pablo les impuso las manos y recibieron el bautismo del Espíritu Santo, hablaron en lenguas y profetizaron. Así que vemos que las epístolas están escritas a personas que ya habían sido salvadas. ¡Sería absurdo para Pablo o para cualquier otro escritor, darles instrucciones sobre cómo ser salvos, cuando ya lo eran! ¿Si yo acabara de ganar las 500 Millas de Indianápolis, tendría que recibir lecciones sobre cómo encender el auto con el que gané? ¿Si un hombre acabara de ganar el campeonato mundial de peso pesado, tendría sentido tratar de enseñarle a usar el saco de boxeo? ¡Por supuesto que no! Del mismo modo, tampoco tiene sentido enseñar que el plan de salvación se encuentra en las epístolas. No es necesario instruir sobre cómo deben ser salvos, a las personas que ya están salvadas, santificadas y sentadas en lugares celestiales con Cristo Jesús. Se les puede instruir sobre lo que deben hacer para mantenerse salvos, o sobre cómo adorar o testificar. Se les puede enseñar acerca de la resurrección, la deidad de Cristo o cómo resolver los problemas de la iglesia. Esto sería comprensible, y esto es, de hecho, exactamente lo que contienen las epístolas: ¡instrucciones para personas que ya eran salvas, sobre cómo vivir la vida cristiana, que fue la vida que adquirieron a través del Libro de los Hechos!

El Dr. Boyd dice que la doctrina debe ser "confirmada en alguna parte didáctica de las Escrituras" (p. 201), por lo que asumimos que se refiere principalmente a las epístolas, ya que él dice que nuestra doctrina de las lenguas como señal de recibir el Espíritu Santo, no tiene "evidencia que se corrobore en las Epístolas" (p. 209). Así que es de las epístolas de donde él quiere que saquemos la doctrina y que renunciemos al libro de Los Hechos. Pero cuando los escritores de la Unicidad enseñan la doctrina de que las mujeres deben tener el cabello largo, la cual es una enseñanza que se encuentra en la Epístola de 1 Corintios capítulo 11, que es una parte didáctica de las Escrituras, el Dr. Boyd no escatima esfuerzos para descartar todo esto catalogándolo como un requisito "cultural" no vinculante para los cristianos. Boyd escribe que "Ya sea que Pablo esté hablando en este pasaje sobre mujeres que usan velos o un peinado particular, o incluso sobre mujeres que tienen el cabello largo, no hay una buena razón para suponer que esto sea algo más que un problema cultural" (p. 226). Según Boyd, "No hay una buena razón para suponer", aunque se encuentra en la inspirada palabra de Dios, se encuentra en una epístola escrita a "todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo" (1 Corintios 1:2), y fue escrita por un apóstol que dijo: "Si alguno se cree profeta, o espiritual, reconozca que lo que os escribo son mandamientos del Señor" (1. Corintios 14:37). Pero el consejo del Dr. Boyd, es -“esto solo habla de un problema cultural. Déjelo a un lado y obedézcalo solo si lo desea”-. ¡Si siguiéramos este mismo patrón, podríamos descartar muchas otras cosas! Sobre esta misma base, los homosexuales rechazan la condena que Pablo hace de su estilo de vida: -"¡Fue sólo un problema cultural!"-. Las feministas radicales y los abortistas, aplican la misma interpretación "cultural" a la Biblia, y continúan con sus asesinatos de bebés. Creo que podemos decir que ese argumento "cultural" es el que configura la confianza real que el Dr. Boyd coloca en las epístolas, a las que él llama las "porciones didácticas" de las Escrituras. ¡Para él las epístolas solo son "didácticas" cuando le es conveniente! Solamente las utiliza para "corroborar" lo que él ya quiere "corroborar".

¡En cambio, nosotros los pentecostales apostólicos, obtenemos nuestra Unicidad de los Evangelios, nuestra salvación de los Hechos y nuestra Santidad de las Epístolas! ¡Es por eso que somos del evangelio completo! ¡Y también disfrutamos de nuestra rica dieta!


El libro de Apocalipsis (o Revelación)

El último libro en la división del Nuevo Testamento, es el libro profético de Apocalipsis. Este es un libro escrito en "código apocalíptico" y dirigido originalmente a las "siete iglesias de Asia". En él se despliegan, no solo manifestaciones adicionales de la deidad de Cristo, sino todo el curso de esta era que culminará con el Juicio del Gran Trono Blanco. No contiene instrucciones sobre cómo salvarse, porque que se escribe a personas ya salvadas. Pero sí muestra las recompensas que recibirán los salvados. No debemos buscar el plan de salvación en los cuernos y las cabezas de las bestias que salen del mar y de la tierra. Ese no es el propósito de ese libro.

lunes, 11 de marzo de 2019

¿A Quién Fue Dada la Ley?


Por John Largo
© 2019. Todos los derechos reservados



En 1 Corintios 10:32, la Biblia hace una triple división de la humanidad en JUDÍOS, GENTILES y la IGLESIA DE DIOS.

LOS JUDÍOS: Conocidos como hebreos e israelitas. La ley fue dada a este pueblo. Comenzó a imperar en el monte Sinaí y nunca fue impuesta sobre ningún otro pueblo o generación ni antes ni después de que fuese dada a Israel por medio de Moisés. (Deuteronomio 5:1-3; Nehemías 9:13-14; Romanos 9:4).

Todos los mandamientos de Dios en el Antiguo Testamento tienen un único receptor, que es el pueblo de Israel (Éxodo 31:16-17, 35:1-3; Levítico 10:11, 11:2; Deuteronomio 5:1-3, 6:1-4).

LOS GENTILES: Todos los demás pueblos de la tierra que no pertenecen a la estirpe judía. De estos dice la Biblia que están sin ley divina (Romanos 2:14; 1 Corintios 9:20).

LA IGLESIA DE DIOS: Es un grupo de personas de toda nación, tribu, lengua y pueblo, reunidos en uno por el evangelio de la GRACIA de Dios. El mensaje para este tercer grupo es la gracia de Dios  (Tito 2:11-14). En síntesis, la iglesia es la unión del pueblo judío y el pueblo gentil al ser derribada la pared intermedia de separación que causaba enemistad (la ley de los mandamientos expresados en ordenanzas). De este modo Jesús creó de los dos un solo y nuevo hombre, y mediante la cruz (su muerte) reconcilió con Dios a ambos (judíos y gentiles) en un solo cuerpo que es LA IGLESIA DE DIOS. (Lea con mucha atención Efesios 2:11-22).


1. LA UNIDAD DE LA LEY

Algunos argumentan que en el Sinaí se promulgaron dos leyes: la ley de Dios consistente en los diez mandamientos (el decálogo) y la ley de Moisés (la parte ceremonial). Tal argumento esta fuera de todo contexto bíblico.

La frase “la ley” aparece en la Biblia más de 400 veces. En algunos pasajes se refiere a un aspecto de la ley, pero por regla general cuando los escritores hablan de la ley, se refieren a los 5 libros de Moisés que abarcan toda la legislación del Sinaí y otros aspectos históricos.

Los israelitas dividían el Antiguo Testamento en tres partes: la ley de Moisés, los profetas y los salmos (Lucas 24:44). Dentro del término ley, se menciona la ley del holocausto (Levítico 14:2), la ley de los celos (Números 5:29), la ley del Nazareo (Números 6:13) y otros. Pero estas leyes o preceptos constituyen una unidad: “la ley promulgada por Dios en el Sinaí”. Las expresiones “ley de Dios” y “ley de Moisés”, se refieren a una misma ley. Al decálogo lo conocemos por el libro de la ley, pues ya no tenemos las tablas de piedra (Josué 24:26). Josué no escribió  en las tablas de piedra, sino en el libro de la ley de Dios. En Esdras 7:9-12 se le llama ley de Moisés (verso 6), ley de Jehová (verso 8) y ley del Dios del cielo (verso 12). Marcos 7:10 dice que Moisés dijo: “Honra a tu padre y a tu madre”. Este es uno de los 10 mandamientos y aquí se le atribuye a Moisés. Esto prueba que a la misma ley se le llama ley de Dios y ley de Moisés. Es ley de Dios porque fue dictada por Él, y es ley de Moisés porque fue Moisés quien la escribió por orden de Dios (Nehemías 10:29). La ley de Moisés no es estrictamente ceremonial, pues gran parte de ella es de carácter moral.

El primero y más grande mandamiento de la ley, está escrito en el libro de la ley y no en las tablas de piedra del decálogo (Deuteronomio 6:4). Este mandamiento fue luego confirmado por el Señor Jesucristo en Marcos 12:29. En Mateo. 5:17-18, Jesús dijo que Él no vino a abrogar la ley o los profetas, lo cual es una expresión que se refiere a todo el Antiguo Testamento y no solo al decálogo. Jesús dijo que Él vino a cumplir la ley, y esto lo confirma Lucas 24:44 donde se incluye su muerte como parte del cumplimiento de la ley.

El único hombre que cumplió cabalmente la ley fue el Señor Jesucristo. Él no vino a hacer que los humanos cumpliéramos la ley, Él la cumplió por nosotros. En Mateo 5:29, Jesús habló de unos mandamientos muy pequeños ¿El decálogo tiene mandamientos muy pequeños? ¡No! Entonces no se refería al decálogo únicamente sino a toda la ley.

Concluimos pues que la ley es una unidad.


2. LA LEY Y LA GRACIA

LEY: Regla obligatoria

GRACIA: favor que hace uno sin estar obligado a ello. Es el favor inmerecido de Dios hacia El pecador.

Algunos pretenden fusionar (unir) los dos pactos, pretendiendo hacer depender la salvación del hombre de una combinación entre la fe en la obra redentora de Cristo y del cumplimiento de la ley. Pero tal pretensión resulta contraria a los propósitos de Dios y a las enseñanzas del Nuevo Testamento.

La ley exponía las normas por las cuales se debía regir todo el que quería agradar a Dios (1. Timoteo 1:8-10). Si fuera posible que el ser humano llegara a obedecer la ley de Dios en su verdadero sentido espiritual, desde el primer día hasta el último, y desde el primer mandamiento hasta el  último, entonces alcanzaría la vida en virtud de su obediencia (Romanos 10:5), pero la Escritura afirma que no hay hombre justo en la tierra que haga el bien y nunca peque (Eclesiastés 7:20; Romanos 3:10).

¿Con que propósito fue promulgada la ley?  ¿Tuvo Dios la esperanza de que los hombres se salvaran por su obediencia a los mandamientos de la ley? Dios nunca tuvo tal esperanza. La ley fue introducida como un paréntesis en la relación de Dios con los hombres (Gálatas 3:16-19) hasta que viniera el mejor pacto establecido sobre mejores promesas (Hebreos 8:6).

La ley es como un espejo que tiene por finalidad revelar al hombre su pecaminosidad, y  mostrarle la necesidad de un salvador. Por medio de la ley  es el conocimiento del pecado (Romanos 3:20; 7:7).

La ley muestra el pecado, pero no da poder para vencerlo. La ley condena al transgresor, pues dice “maldito el que no confirmare las palabras de esta ley para hacerla” (Deuteronomio 27:26). Todos los que dependen de las obras de la ley están bajo maldición (Gálatas 3:10). Cualquiera que guardare toda la ley pero ofendiere en un punto se hace culpable de todos (Santiago 2:10).  El que viola la ley de Moisés, muera irremisiblemente (Hebreos 10:28).

La ley enfrenta al hombre al juicio de condenación y lo deja sin excusa delante del supremo juez (Romanos 3:19-20). El pacto de la ley fue promulgado en medio de oscuridad y tempestad, relámpagos y fuego, truenos y voces. Todo esto nos revela el carácter y propósito de la ley. El Creador se manifestó en el Sinaí como un Ser Santo que aborrece el pecado y truena sobre la cabeza del pecador. Como un Juez Justo que descarga los rayos de la justicia divina sobre los transgresores de su ley (Éxodo 9:12-19; Hebreos 12:18-21).

La ley es como un acreedor que demanda el pago de  la deuda en su totalidad sin perdonar o rebajar la cantidad. Algunos pretenden despojar a la ley de su dura e inflexible majestad, y restarle a la gracia su amplia y perfecta virtud salvadora. Y así desfiguran el carácter justiciero de la ley y la naturaleza perdonadora de la gracia.

No podemos pretender salvarnos por la ley y por la gracia. El que pretende  salvarse por la ley desecha la gracia de Dios (Gálatas 2:21), pues si por la ley fuese la justicia, entonces por demás murió Cristo. No pretendamos hacer de la ley y de la gracia el camino de nuestra redención. La Biblia dice que la salvación es por gracia, y si es por gracia ya no es por obras; y si fuera por obras ya no sería por gracia (Romanos 11:6; 4:1-6).

Las diferencias entre la ley y la gracia están bien  marcadas en las inspiradas palabras del apóstol Pedro cuando dice: “¿Por qué tentáis a Dios poniendo sobre la cerviz de los discípulos un yugo (la ley) que ni nuestros padres y ni nosotros hemos podido llevar? Antes creemos que por la gracia del señor Jesús seremos salvos, de igual modo que ellos” (los gentiles). (Hechos 15:10-11). La ley, como medio de salvación, era un yugo imposible de llevar, antes, ahora, y siempre. 
 
Sabemos que por la ley no podemos alcanzar la justificación (Gálatas 3:11, 3:16). “¿Cómo se justificara el hombre delante de Dios?” (Job 9:2) ¿Por qué plan, método o camino? La escritura responde a la interrogación de Job, diciendo: “justificados, pues, por la fe tenemos paz para con Dios por medio de nuestro señor Jesucristo” (Romanos 5:1; Gálatas 2:16, 2:21; Efesios 2:8). “Concluimos pues, que el hombre es justiciado por la fe sin las obras de la ley” (Romanos 3:28). Mediante la fe en el Señor Jesucristo, el creyente se halla bajo la cubierta de tan perfecta y bendita justicia, que la ley fulminante del Sinaí no se compara para nada con ella y no puede hallar la menor falta en ella. Esta justicia es llamada la justicia de Dios por la fe (Romanos 3:21). Cuando la ley es quebrantada trae la maldición al transgresor (Gálatas 3:13) y demanda la muerte del culpable (Números 15:32-36; Romanos 3:26; Hebreos 10:28).




El plan de justificación reconoce todos estos aspectos de la ley, que fueron confirmados y/o cumplidos al morir Jesucristo, el justo por nosotros los injustos (1 Pedro 3:18). Jesús, el sustituto de los pecadores, aceptó las demandas de la ley y murió en cumplimiento o vindicación  de tales demandas.

La ley quedó satisfecha al morir el justo por lo injustos, y de este modo se alcanzó el fin o propósito que la ley perseguía: La obediencia y santidad del hombre (Romanos 3:31).
                                             

3. CONTRASTES ENTRE LA LEY Y LA GRACIA     




Ley
Gracia
Fue dada a un solo pueblo, el pueblo de Israel. (Romanos 9:4; Deuteronomio 5:1-3; Nehemías 9:13-14).
Esta dada a toda la humanidad (Romanos 1:16-17; Tito 2:11).
Condena al pecador  (Deuteronomio 27:26; Gálatas 3:10; Hebreos 10:28; Santiago 2:10).
Salva a todos y los que creen y los justifica (Tito 2:11-14; Romanos 3:24; Efesios 1:7).
Demandaba justicia de parte del hombre (Romanos 9:31-32).
La gracia otorga como una dádiva la justicia divina al pecador (Romanos 3:21-25).
La ley no perfeccionó nada (Hebreos 7:19).               
Dios por su gracia  perfecciona al creyente (Efesios 4:12; Hebreos 10:14).
La ley bendice solo al bueno (Éxodo 19:5).
La gracia salva al malo (Efesios 2:1-9).
La palabra clave de la ley es hacer  (Gálatas 3:12). La ley  nos ordena que hagamos, que cumplamos sus preceptos sin violarlos jamás (Romanos 10:5).
La palabra clave de la gracia es creer. Romanos 10:6-9, nos dice  que creamos en la obra redentora consumada por Cristo en la cruz.
Por la ley nadie será justificado (Gálatas 3:11; Hechos 13:39).
Por la gracia somos justificados (Gálatas 2:16; Romanos 5:1, 3:28).
La ley maldice (Gálatas 3:10).
La gracia bendice y redime de la maldición (Gálatas 3:9; Romanos 3:13).
La ley no puede vivificar (Gálatas 3:21).
La gracia da vida (Efesios 2:5; 2 Timoteo 1:9-10).


4. EN 2 CORINTIOS 3:1-18, SE VE UN MARCADO CONTRASTE ENTRE EL PACTO DE LA LEY Y EL DE LA GRACIA


LA LEY
LA GRACIA
Escrita con tinta (2 Corintios 3:3).
Escrita con el Espíritu del Dios vivo (2 Corintios 3:3).
Fue un ministerio de condenación (2 Corintios 3:9).
Es un ministerio de justificación (2 Corintios 3:9).
Fue un ministerio de muerte (2 Corintios 3:7).
Llamado aquí ministerio del Espíritu el cual da vida (2 Corintios 3:6).
Su gloria fue limitada y temporal (2 Corintios 3:9-13).
Es un ministerio permanente (2 Corintios 3:11) y su gloria es más eminente (2 Corintios 3:9-11).
Fue con gloria, pero no se podía ni siquiera mirar (2 Corintios 3:7).
Nos permite ver a cara descubierta la gloria del Señor  (2 Corintios 3:18).
Pone un velo en el corazón (2 Corintios 3:13-15).
Quita el velo y da libertad (2 Corintios 3:16-17).
Fue escrita en tablas de piedra (2 Corintios 3:3, 3:7).
Es escrita en nuestro corazón (2 Corintios 3:3)



jueves, 7 de marzo de 2019

¿El Hijo Jesús es Solamente un Hombre, o Es Dios Padre Manifestado en la Condición de un Hombre? - Una Respuesta al Ebionitismo, el Adopcionismo, el Monarquianismo Dinámico, el Nestorianismo, el Socinianismo y la Teología Liberal


Por Julio César Clavijo Sierra
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Las Doctrinas Que Proclaman que el Hijo es Solamente un Hombre, Pero No Dios Mismo en  la Carne 

El Evangelio tiene un valor y una belleza inigualables, pues su base está en que Dios ha amado a la humanidad con el amor más grande, al punto de que Él mismo (y no otro) vino como un Hijo de Hombre a buscar y a salvar a la humanidad que se había perdido en el pecado (Isaías 52:6, Jeremías 31:3; Ezequiel 34:11, Oseas 13:4, Lucas 19:10). La Escritura llama a esto el misterio de la piedad (1. Timoteo 3:16), es decir del amor y de la misericordia de Dios. Dios el Padre vino a salvar a sus Hijos, asumiendo la condición de nuestro Pariente Redentor (Levítico 25:25) como el Niño que nos fue nacido y el Hijo que nos fue dado (Isaías 9:6).

El diablo siempre ha intentado ensombrecer la verdad y la hermosura del Evangelio del amor de Dios, y para eso ha inventado todo tipo de doctrinas que niegan que Jesús sea el mismo Dios Padre manifestado en la carne, rebajándolo a la categoría de un simple delegado de Dios. De este modo, han surgido teorías como el binitarismo y el trinitarismo (que dicen que Jesús es una persona divina pero no el Padre), el arrianismo (que dice que Jesús es un semidios o un ángel), y muchas ideas unitarias que sostienen que Jesús es solamente un hombre especial. Todas estas ideas pueden ser etiquetadas como el delegacionismo, que sostiene que “Dios envió a un delegado para salvar al mundo; en otras palabras, Dios envió a alguien más”. [1] Los delegacionismos del “Jesús” arriano y del “Jesús” solamente humano, se conocen como el unitarismo.

Todas estas doctrinas delegacionistas suelen parcializarse con los textos que presentan a Jesús como el Hijo, pero voluntariamente deciden ignorar aquellas porciones de la Escritura que también presentan a Jesús como el único Dios y Padre entre nosotros. Por no haber querido recibir la generalidad de la revelación bíblica, y haber optado por recortarle a la Palabra para tomar de ella solamente lo que les ha parecido, es que todos ellos han caído en la peligrosa herejía de ver a Jesús solamente como un delegado del Dios Padre. “No añadiréis a la palabra que yo os mando, ni disminuiréis de ella, para que guardéis los mandamientos de Yahvé vuestro Dios que yo os ordeno” (Deuteronomio 4:2)

Aunque en este documento se tratarán asuntos que pueden servir para desenmascarar al delegacionismo en general, incluyendo al binitarismo (que dice que Dios consiste de dos personas divinas), al trinitarismo (que dice que Dios consiste de tres personas divinas y distintas) y al arrianismo (que habla de un Dios y un semidios), nuestro énfasis estará sobre las herejías delegacionistas del “Jesús” solamente humano.

Desde muy temprano, a finales del siglo I, una secta judaizante conocida como los ebionitas, argumentó que Jesús era solo un hombre profeta entre otros muchos profetas, a quien Dios eligió para proclamar su voluntad. La religión del Islam, fundada en el siglo VII, tiene un punto de vista similar, pero le añade que Mahoma –y no Jesús– es el más grande de todos los profetas.

En el siglo II, Teodoto el Curtidor dijo que Jesucristo era nada más que un hombre común y corriente que fue adoptado por Dios como hijo suyo a través del bautismo. Su idea es conocida como el adopcionismo. Otros adopcionistas ubican la adopción en cualquier otra parte de la vida humana de Jesucristo. Varios de los grupos que hoy en día se conocen como judío-mesiánicos tienen esta posición.

En el siglo III, Pablo de Samosata presentó a Jesús solamente como un hombre sobre el cual reposó de una manera asombrosa la dynamis o fuerza del único Dios personal. Por esa razón, su posición ha sido conocida como el monarquianismo dinámico. Muchos grupos branhamitas –que surgieron desde William M. Branham–, creen una doctrina parecida que dice que a Jesús solamente se le podía llamar “Dios”, en ciertos momentos en que Dios lo poseía. La religión conocida como la Fe Bahá'í, fundada en el siglo XIX, también tiene un punto de vista similar, aunque difiere al creer que Jesucristo es uno entre otros muchos hombres que han manifestado a Dios de una manera tan poderosa.

En el siglo V, un trinitario llamado Nestorio, enseñó que Cristo consiste de la unión de dos personas independientes que son un Hijo divino y un Hijo humano, con el Hijo divino habitando en una casa (o templo) que es el Hijo humano. El hombre que hay en Cristo no es Dios mismo en ningún sentido, sino solamente el portador del Hijo divino. Dicha posición es conocida como el nestorianismo. En la actualidad, existen muchos trinitarios que al intentar explicar la manifestación de Dios en carne, lo hacen recurriendo al argumento de los dos Hijos, indicando que el Hijo divino nunca se encarnó, ni nació, ni murió, pero en cambio el Hijo humano sí nació de la virgen y murió en la cruz.

Existe también un nestorianismo no trinitario, que indica que Cristo consiste de la conjunción de dos personas separadas llamadas el Hijo y el Padre, donde el Hijo es solamente un hombre que no puede ser Dios mismo encarnado en algún sentido, mientras que el Padre es la única persona divina que habita en ese templo humano que es su Hijo. La “Iglesia La Luz del Mundo”, fundada en 1926 por Eusebio Joaquín González, tiene esta doctrina. Algunos despistados suelen refutar al nestorianismo no trinitario, y se engañan pensando que ellos en realidad están rebatiendo a la doctrina de la Unicidad de Dios.

En el siglo VIII, dos trinitarios españoles, Elipando y Félix, enseñaron una mezcla de nestorianismo con adopcionismo, argumentando que mientras el Hijo divino era el Hijo natural de Dios, el Hijo humano era el Hijo adoptivo de Dios.

En el siglo XVI, un italiano llamado Fausto Socino, fue el promotor de un movimiento unitario que proclamó que Jesús es únicamente un hombre que fue milagrosamente concebido de la virgen María por la voluntad divina, y que por eso recibió el título de Hijo de Dios. Dijo que la misión de Jesús fue la de transmitir a los demás hombres la voluntad del Padre tal como le era revelada, pero después de ser crucificado fue resucitado por Dios, y ascendió a los cielos adquiriendo la inmortalidad para reinar sobre los hombres. Esta posición ha sido conocida como el unitarismo sociniano o socinianismo. Entre los grupos que actualmente sostienen el socinianismo, están los Cristadelfianos (o “Hermanos de Cristo”) que surgieron en el siglo XIX en torno a las enseñanzas de John Thomas, el movimiento denominado Reforma del Siglo XXI con su destacado proponente Sir Anthony Buzzard, y la influyente iglesia filipina conocida como “Iglesia Ni Cristo” (traducida al español como “Iglesia de Cristo”) organizada por Félix Manalo en 1914.

En el siglo XIX, surgió en Alemania un movimiento conocido como la teología liberal o racionalismo, que niega todo lo milagroso de la Biblia, y dice que Jesús fue solamente un buen maestro moral. Esta teología sostiene que no hay existencia más allá de la muerte, por lo que cada hombre se “salva” o “libera” a sí mismo a través de la superación personal. Entre los más destacados proponentes de esta posición, estuvieron Friedrich Schleiermacher, Adolf von Harnack, Albert Schweitzer, Rudolf Bultmann y Paul Tillich. Actualmente existe un movimiento conocido como el Unitarismo Universalista (con diversas asociaciones de iglesias), que se adhiere a la teología liberal.

En las próximas secciones, daremos respuesta a las objeciones que suelen presentar estos grupos unitarios que solo consideran al Hijo Jesús como un ser humano, negando que Él también es Emanuel, Dios mismo con nosotros como un hombre.


Dios Se Hizo Carne

Se ha dicho que ninguna parte de la Biblia dice que Emanuel, el Hijo, sea Dios hecho carne como un hombre entre nosotros.

Sin embargo, Juan 1:14 dice: “Y aquella Palabra [que era Dios – Juan 1:1] fue hecha [Gr. gínomai] carne, y habitó [Gr. skénoó] entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad”. El término griego traducido como “hecho” es ginomai, que significa “convertirse” o “llegar a ser”. El término griego traducido como “habitar” es skenóo, que significa “acampar” o “habitar en un tabernáculo”. La Palabra que es Dios, primeramente se hizo carne en la condición de un Hijo unigénito, y en consecuencia acampó o vivió entre nosotros como un hombre.

Bíblicamente hablando, el concepto de Palabra de Dios, significa Dios mismo hablando, actuando o revelándose a sí mismo. Esto se da tanto con el hebreo dabar, como con el griego logos, y por lo tanto el término “Palabra” es intercambiable con “Dios”, porque la Palabra es Dios mismo en la medida en la que Él habla o se revela. Es lo mismo esperar en Yahvé que esperar en su Palabra (Salmo 130:5). Es lo mismo alabar la Palabra y confiar en la Palabra de Yahvé, que alabar a Dios y confiar en Dios (Salmo 56:4). La Palabra de Yahvé es nuestra Luz, pero Dios mismo es nuestra Luz (Comparar Salmo 119:105 con 2 Samuel 22:29). La Palabra de Dios da vida a los hombres, pero Dios es el que da vida a todos (Comparar Mateo 4:4 con 1 Timoteo 6:13). Por la Palabra de Dios fueron hechas todas las cosas, pero Dios es el que creó todas las cosas (Comparar 2 Pedro 3:5 con 1 Pedro 4:19). Juan 1:1 nos dice que desde el principio la Palabra estaba con Dios, porque desde la eternidad Dios tuvo un plan para revelarse a Sí mismo al hombre y ese plan estuvo con Él. Juan 1:1 también nos dice que la Palabra era Dios, porque en el plan eterno de Dios para con el hombre, estaba determinado que Dios mismo iba a venir a salvar haciéndose un hombre, que es el Cristo, el Hijo unigénito (Juan 1:14; Efesios 1:9-12; Colosenses 1:26-27). En el Hijo de Dios, la Palabra pronunciada por Dios en el pasado encuentra ahora su cumplimiento (Mateo 5:17, Lucas 24:25-27). El Hijo es la mejor exégesis o explicación del Padre para los hombres (Juan 1:18). Aunque Dios nos habló de muchas maneras en el pasado, ahora ha decidido hablarnos por el Hijo quien es el resplandor de su gloria y la imagen misma de su sustancia (Hebreos 1:1-3). El conocimiento de la gloria de Dios resplandece en el rostro de Jesucristo (2 Corintios 4:6).

La Escritura no solo dice que Dios se hizo carne, sino que también nos muestra perfectamente que el Hijo es el propio Dios en la forma de un hombre, al punto de que indubitablemente el Hijo es llamado Dios.

“Mas del Hijo dice: Tu trono, oh Dios, por el siglo del siglo; Cetro de equidad es el cetro de tu reino” (Hebreos 1:8).

“Pero sabemos que el Hijo de Dios ha venido, y nos ha dado entendimiento para conocer al que es verdadero; y estamos en el verdadero, en su Hijo Jesucristo. Este es el verdadero Dios, y la vida eterna(1 Juan 5:20).

Hebreos 1:3 nos enseña que el Hijo, el hombre Cristo Jesús, es la imagen [Gr. jaraktér], la representación exacta, o la estampa de la sustancia (o esencia del Ser invisible) del Padre en la carne, que se obtuvo a través de su engendramiento en la virgen. En otras palabras, el Hijo es la copia humana del Dios invisible (Colosenses 1:15). Así como el Padre tiene la vida divina en Sí mismo, así ha dado al Hijo el tener una vida humana en sí mismo  (Juan 5:26). El hombre Cristo Jesús no es una persona divina y distinta al Padre Eterno, sino el mismo Padre Eterno en una nueva existencia como el Niño que nos fue nacido y el Hijo que nos fue dado (Isaías 9:6, 43:10-13), pero sin dejar de ser el Padre Eterno (Salmo 102:27).

Dado que los demás Hijos (es decir los demás hombres conforme a la voluntad de Dios) tienen carne y sangre, Dios también participó de lo mismo (para poder ser un Hijo) para destruir por medio de su muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo (Hebreos 2:14). “Por esta razón, Él tenía que ser hecho como ellos, completamente humano en todos los sentidos” (Hebreos 2:17 - NIV). Jesucristo siendo Dios por naturaleza [Gr. Morfé, fig. Naturaleza], se despojó a Sí mismo asumiendo la condición de un hombre, para poder morir como hombre en la cruz (Filipenses 2:5-8), y por lo tanto la muerte de Jesús es la muerte del Autor de la Vida (Hechos 3:15) en la condición de un hombre, y la sangre que Jesús derramó en la cruz es la propia sangre de Dios (Hechos 20:28) como un Cordero sin mancha y sin contaminación (1 Pedro 1:18-20). Si los hombres hubieran conocido la sabiduría de Dios, nunca habrían crucificado al Señor de la Gloria (1 Corintios 2:7-8) que vino como el Hijo unigénito (Juan 3:16).

En Ezequiel 12, Yahvé dijo que los hombres lo mirarían a Él a quien traspasaron (Ezequiel 12:10), y esta Escritura se cumplió cuando el costado de Jesucristo, quien es Dios manifestado en carne (1 Timoteo 3:16), fue traspasado por la lanza de un soldado romano (Juan 19:33-37). La aparición de nuestro Señor Jesucristo mostrará al único Dios soberano e invisible que merece la honra por siempre (1 Timoteo 6:14-16). El que viene con las nubes y al que todo ojo verá, es al Señor que es el Principio y el Fin, el Todopoderoso, al que traspasaron (Apocalipsis 1:7-8)

Hemos visto que la Biblia dice claramente que Dios se hizo carne, y del mismo modo podemos decir que Dios se encarnó, ya que Dios fue manifestado en carne (1 Timoteo 3:16). La palabra griega que en 1 Timoteo 3:16 se traduce como “manifestado” es faneróo, que significa “presentarse”, “revelarse” o “darse a conocer”. Dios se presentó encarnado, se reveló encarnado y se dio a conocer encarnado como un hombre.

El hecho de que Dios se haya encarnado (o se haya hecho hombre), no significa que Él haya dejado de ser el Espíritu que lo llena todo (Jeremías 23:24) y que ahora solo sea un hombre. Tampoco significa que Dios haya renunciado a su existencia como el Espíritu omnipresente para transmutarse en un hombre. Dios se encarnó como un hombre pero nunca dejó de ser Dios.

La manifestación de Dios en carne, no significa que Dios solamente infundió su Espíritu en una persona humana, o que Dios solamente vino a habitar en un ser humano. Tampoco significa que Dios simplemente se puso una “túnica”, un “velo” o un “caparazón” de carne que no tenía un espíritu humano. A muchos les gusta solamente la parte de Juan 1:14 que dice que la Palabra que es Dios habitó (o puso su tabernáculo) entre nosotros, pero ignoran voluntariamente la parte que dice que se hizo carne. También se concentran solamente en los textos que dicen que Dios estaba en Cristo (2 Corintios 5:19), que en Cristo habita corporalmente toda la plenitud de la deidad (Colosenses 2:9), o que el Padre mora en Cristo (Juan 14:10), pero ignoran voluntariamente los textos que dicen que el Hijo es Dios mismo (Hebreos 1:8, 1 Juan 5:20) como un hombre entre nosotros (Hebreos 2:14; Filipenses 2:5-8).


La Inmutabilidad de Dios 

Se ha dicho que Dios no pudo venir como Emanuel, como un hombre entre nosotros, porque eso significaría una transgresión a su atributo de la inmutabilidad, tal como se expresa en Malaquías 3:6 que dice “Porque yo Yahvé no cambio”, y en Santiago 1:17 que dice que en el “Padre de las luces” “no hay mudanza, ni sombra de variación”.

Sin embargo, es precisamente la inmutabilidad la que ha garantizado que Dios haya podido venir como Emanuel, como un hombre entre nosotros, sin tener que dejar de ser Dios y sin tener que renunciar a todo lo que Él es eternamente.

Dios siempre ha existido como el Padre eterno y eso nunca cambiará (Salmo 90:2; Isaías 9:6), pero al manifestarse en carne Él también vino a existir como el Hijo, como un hombre entre nosotros (Mateo 1:21; Lucas 1:35; Gálatas 4:4). Nosotros los seres humanos, solo podemos existir como hombres, porque únicamente poseemos la naturaleza humana. Sin embargo Dios siempre ha poseído la naturaleza divina, lo que le ha permitido existir por siempre como Dios,  pero también vino a existir como un hombre porque Él además asumió la naturaleza humana en la encarnación. Antes de la encarnación Dios existió como Dios, pero después de la encarnación Él existe como Dios y como Hombre, como el Padre eterno y como el Hijo unigénito. Nuestro Dios no cambió ni perdió su condición de Dios al manifestarse en carne, pero sí añadió a su Ser una nueva existencia que nunca había tenido antes, a saber la humana.  Dios como Dios nunca ha cambiado pues Él nunca ha dejado de ser lo que siempre ha sido. Mientras tanto, Dios como Emanuel, es Dios mismo entre nosotros como un hombre. En la actualidad, vemos dos existencias simultáneas que posee el único Dios, a causa de la encarnación. 

El Padre es Dios en su condición eterna como Espíritu, con todos sus atributos divinos que lo hacen infinito, omnipotente, omnipresente y omnisciente; mientras que El Hijo es Dios existiendo como hombre, con las limitaciones propias de los seres humanos, y con un cuerpo, una mente y una conciencia de hombre. El Padre es la única Persona divina en su condición de la única Persona divina[2] poseyendo un corazón divino (Génesis 8:21, 1. Samuel 2:35; Jeremías 7:31; Oseas 11:8), una mente divina (Jeremías 32:35), una voluntad divina (1 Crónicas 13:2; Salmos 143:10; Mateo 6:9-10, 18:14; Juan 7:17), un alma divina (Levítico 26:30; Proverbios 6:16; Jeremías 6:8; Hebreos 10:38) y un Espíritu divino (Job 33:4; Ezequiel 36:27; Joel 2:28; Juan 4:24); mientras que el Hijo es la única Persona divina en su  condición de una persona humana, poseyendo un corazón humano (Mateo 11:29), una mente humana (Mateo 24:36; Marcos 13:32), una voluntad humana (Lucas 22:42; Juan 5:30, 6:38); un alma humana (Mateo 26:38; Marcos 14:34) y un espíritu humano (Mateo 27:50; Marcos 2:8, 8:12; Lucas 1:80, 23:46; Juan 11:33, 13:21, 19:30). Dios se hizo hombre sin dejar de ser lo que siempre ha sido, y sin  comprometer la integridad de la humanidad de Cristo.

“Por lo tanto, sabemos que hay una distinción definida entre Dios como el Padre omnipresente cuyo Espíritu Santo siempre ha llenado el cielo y la tierra (Jeremías 23:24), y Dios con nosotros (Mateo 1:23) manifestado en la carne (1 Timoteo 3:16) como un hombre real”. [3]

“¡El Creador se convirtió en criatura, pero nunca dejó de ser el Creador! ¡El Dios de la eternidad se convirtió en un hombre sujeto al tiempo, pero nunca dejó de ser el Dios de la eternidad! ¡Él Dios Todopoderoso se convirtió en un hombre que no podía ser todopoderoso, pero nunca dejó de ser el Dios Todopoderoso! ¡El Dios de la virgen María se convirtió en hijo de María, pero nunca dejó de ser el único Dios de María! ¡El Buen Pastor se convirtió en Oveja, pero nunca dejó de ser el Buen Pastor! ¡La Estrella Brillante de la Mañana se convirtió en el Lirio de los Valles, pero nunca dejó de ser la Estrella Brillante de la Mañana! ¡La Raíz de David se convirtió en Descendiente de David, pero nunca dejó de ser la Raíz de David! ¡Él Padre de toda la creación se convirtió en Hijo por causa de la redención, pero nunca dejó de ser el Padre de toda la creación! ¡Nuestro Dios se convirtió en un hombre, pero nunca dejó de ser nuestro Dios!” [4]


El Pariente Redentor

Uno de los argumentos que se han presentado para negar que el Hijo Jesús es Emanuel, Dios mismo con nosotros en la forma de un hombre, puede ser expuesto así:

Dios puso al hombre Adán sobre la tierra como Hijo de Dios (Lucas 3:38) y como rey sobre el mundo (Génesis 1:28), pero Satanás le robó esta condición al hombre (Lucas 4:5-6). Así que el conflicto entre Dios y Satanás se dio por causa del hombre, pues Dios se propuso recuperar para el hombre la condición gloriosa inicial que el hombre tuvo en el Edén. Para esto tendría que venir un ser humano, de la simiente humana (Génesis 3:15, 22:18; Gálatas 3:16), que fuera un varón perfecto (Efesios 4:13), a fin de que pudiera actuar como nuestro pariente redentor (Levítico 25:25), para constituirse como el nuevo rey sobre el paraíso recuperado (2 Pedro 1:11), en medio de una generación de hombres santos (Apocalipsis 21:26, 22:3) de la cual él como el postrer Adán (1. Corintios 15:45), fuera el hermano mayor (el primogénito) entre muchos hermanos (Romanos 8:29; Hebreos 2:11-13). Este hombre fue Jesucristo. Pensar que la intervención de Dios fue por sí mismo y no a través de alguien, equivaldría a decir que Dios es una simiente humana, lo que no es correcto porque Dios es Espíritu. 

Todo lo que este argumento dice acerca de Cristo como nuestro pariente redentor es verdad, pero se echa a perder cuando dice que “Pensar que la intervención de Dios fue por sí mismo y no a través de alguien, equivaldría a decir que Dios es una simiente humana, lo que no es correcto porque Dios es Espíritu”.

Ciertamente la redención de los hombres requería de un hombre santo que no estuviera bajo la esclavitud del pecado, pero por causa de Adán la gente fue constituida pecadora (Romanos 5:19). Así que no había ni un solo ser humano común y corriente al que Dios pudiera elegir para restaurar todas las cosas, ya que todos somos pecadores (Salmos 14:2-3; Isaías 59:12-16; Romanos 3:9-12). “Ciertamente no hay hombre justo en la tierra, que haga el bien y nunca peque” (Eclesiastés 7:20). “Y vio [Dios] que no había hombre, y se maravilló que no hubiera quien se interpusiese; y lo salvó su brazo, y le afirmó su misma justicia” (Isaías 59:16). El Hijo es el brazo de Dios (Isaías 52:10, 59:16), el varón de la diestra de Dios (Salmo 80:17), la diestra de Dios que hace proezas y valentías (Salmo 118:14-17), y el poder y la sabiduría de Dios (1 Corintios 1:24), porque a través del Hijo, Dios pudo traer la salvación a los hombres.

En Isaías 9, Dios prometió que no habría oscuridad en el mundo para siempre, pues el pueblo que andaba en tinieblas y en muerte, vería gran luz y tendría alegría abundante, ya que nos nacería un pariente redentor: “porque un Niño nos es nacido, Hijo nos es dado” (Isaías 9:6). Pero ese pariente redentor, es identificado también como el Dios fuerte y el Padre eterno (Isaías 9:6). Como todos los hijos de los hombres nacen en pecado (Salmo 51:5), y como solo Dios es santo (Apocalipsis 15:4), entonces para proporcionarnos un pariente redentor que estuviera libre de la esclavitud del pecado, el Dios fuerte y Padre eterno prometió venir como el Niño que nos fue nacido y el Hijo que nos fue dado. Este Niño no sería un niño común y corriente, sino que sería Emanuel, Dios mismo entre nosotros en la forma de un hombre. “Por tanto, el Señor mismo os dará señal: He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un Hijo, y llamará su nombre Emanuel” (Isaías 7:14, comparar con Mateo 1:23).   

Dios como Dios no tiene genealogía (porque es Dios eterno), pero Dios como Emanuel, como un hombre entre nosotros sí tiene una genealogía, porque para hacerse un hombre, Él se identificó biológicamente con toda la raza humana (Hechos 17:26). “De ellos [del pueblo de Israel] son los patriarcas, y de ellos, según la naturaleza humana, nació Cristo, quien es Dios sobre todas las cosas. ¡Alabado sea por siempre! Amén” (Romanos 9:5- NVI).

Dios mismo vino a salvar, y no mandó a otro. “Decid a los de corazón apocado: Esforzaos, no temáis; he aquí que vuestro Dios viene con retribución, con pago; Dios mismo vendrá, y os salvará(Isaías 35:4). Nuestro Dios Padre quiere que le conozcamos, que creamos en Él, que le entendamos y que aceptemos que fuera de Él no hay quien salve (Isaías 43:10-11). Jesús es el Salvador (Mateo 1:21), porque Él es Dios mismo viniendo como nuestro pariente redentor. 

“Si Jesucristo no es el Dios Todopoderoso (Dios el Padre), entonces Él no es capaz de salvarnos (pero Él lo es). De otro lado, si Jesús de Nazaret no es el verdadero Hijo de María y un ser humano genuino, descendiente de David y Abraham, entonces Él no puede ser nuestro Redentor y nuestro sacrificio por los pecados. Negar su divinidad maravillosa (como Dios el Padre), es robarle su gloria legítima. De otro lado, negar su verdadera humanidad es robarnos nuestro sacrificio de sangre, que fue colgado en nuestro lugar en la antigua cruz rugosa. Si Él no es uno de nosotros, entonces no tenemos un verdadero Mediador. 1 Timoteo 2.5 dice: “Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre (antropos)”. Si Él no fuera verdadero antropos y verdadero Dios, entonces nuestra fe sería vana, pero no es vana porque Él estuvo en mi lugar”. [5]


Dios Como Dios No es Hombre; Pero Dios Como Emanuel Sí es un Hombre Entre Nosotros

Otro argumento que se ha utilizado para negar que Dios vino como Emanuel, como un hombre entre nosotros, es que la Escritura declara repetidamente que Dios es Espíritu (Números 11:29; Salmo 51:11, 139:7-10; Juan 4:24), y que en el Antiguo Testamento Dios confesó que Él no es hombre (Números 23:19; 1. Samuel 15:29; Job 9:32; Oseas 11:9).

Ciertamente Dios en su condición de Dios (o Dios como Dios), no es hombre; pero esto no niega que para el tiempo del Nuevo Pacto Dios haya venido a salvar como un hombre entre nosotros, como Emanuel. Nuestra enseñanza bíblica no es que Dios se transformó en un hombre dejando de ser Dios, sino que Dios asumió un modo de existencia humano sin dejar de existir como Dios.

De otro lado, el propósito de textos como Números 23:19 y 1 Samuel 15:29, más que hablar de la naturaleza espiritual de Dios, es destacar que Dios no miente ni se arrepiente como sí lo hacen los hombres.


Jesús es Más que un Buen Maestro Moral o que Un Gran Profeta

Se ha dicho que Jesús se reconoció a sí mismo como un buen maestro moral, e incluso como un gran profeta, pero que Él nunca pretendió ser Dios.

Por supuesto que Jesús es un gran Maestro moral, pues vivió una vida intachable, al punto que Él dijo: “Porque ejemplo os he dado” (Juan 13:15). El apóstol Pedro también declaró que Jesús nos ha dado ejemplo para que sigamos sus pisadas (1 Pedro 1:21).

Jesús también es el profeta que Dios prometió por medio de Moisés, cuando dijo: “Profeta les levantaré de en medio de sus hermanos, como tú; y pondré mis palabras en su boca, y él les hablará todo lo que yo le mandare. Mas a cualquiera que no oyere mis palabras que él hablare en mi nombre, yo le pediré cuenta” (Deuteronomio 18:18-19). Al hablar de su muerte, Jesucristo se identificó a sí mismo como profeta (Lucas 13:33-34). El apóstol Pedro confesó que el Hijo Jesús es el profeta prometido, la simiente de Abraham, y por lo tanto toda alma que no oiga las palabras del profeta Jesús será desarraigada del pueblo escogido (Hechos 3:22-26).

Sin embargo, Jesucristo declaró ser mucho más que un buen maestro moral y que un gran profeta, al identificarse a sí mismo como el Cristo el Hijo del Bendito (Marcos 14:61-62; Juan 4:25-26); como la Única Puerta (o medio de acceso) a la salvación (Juan 10:9); como la Vid Verdadera que nos hace producir buen fruto (Juan 15:1-8); como la Resurrección y la Vida (Juan 11:25; 6-32-58); como la Luz del Mundo (Juan 8:12); como el único Buen Pastor de Israel que es una misma cosa con el Padre (Juan 10:14, 10:30); como Yo Soy, el Eterno Autoexistente (Juan 8:58); como el Camino, la Verdad y la Vida que es el mismo Padre en la carne, porque dijo “nadie viene (no nadie va) al Padre sino por mí” (Juan 14:6); como el único Dios que perdona pecados (Mateo 9:1-8; Marcos 2:1-12; Lucas 5:17-26); y como Aquel que responde a las oraciones (Juan 4:14).   


La Distinción Bíblica Entre el Padre y el Hijo

Se ha dicho que uno de los mejores argumentos que muestran que el Hijo Jesús no es Emanuel, Dios mismo con nosotros, es que en la Biblia hallamos cientos de versículos que muestran una clara distinción entre el Padre y el Hijo. Este argumento puede ser expuesto así:

La Biblia abunda en pasajes que muestran una clara distinción entre Dios el Padre y su Hijo Jesús, por lo que ambos no pueden tratarse del mismo sujeto. El Hijo dijo que salió del Padre (Juan 7:29, 8:42, 13:3, 16:27-28, 16:30), así que está claro que el Hijo no pudo haber salido de sí mismo. El Hijo vive por el Padre (Juan 6:57), no por sí mismo. El Padre envió al Hijo al mundo (Mateo 10:40; Marcos 9:37; Lucas 9:48; 10:16, Juan 3:16-17, 4:34, 5:24, 5:30, 6:38-40), por lo cual uno es el que envía y otro es el enviado. Además, el Hijo dijo “porque no soy yo solo, sino yo y el que me envió, el Padre” (Juan 8:16). El Hijo nació (Mateo 1:23; Lucas 1:35; Juan 18:37; Gálatas 4:4), pero el Padre es Eterno (Génesis 21:33, Deuteronomio 33:27, Isaías 40:28). El Hijo dijo que el Padre es mayor que Él (Juan 14:28), así que el Hijo no quiso decir que Él era más grande que sí mismo. 

El Hijo dijo que el Padre era su Dios, por lo cual el Hijo no quiso decir que Él era el Dios de sí mismo (Mateo 27:46; Marcos 15:34; Juan 20:17, Apocalipsis 3:12). El Hijo le oró al Padre, por lo cual el Hijo no se oró a sí mismo (Lucas 6:12; Juan 17; Hebreos 5:7). El Hijo no vino para hacer su propia voluntad, sino la voluntad del Padre, así que está claro que una es la voluntad del Hijo mientras que otra es la voluntad del Padre (Lucas 22:42; Juan 4:34, 5:30, 6:38-40). El Padre le muestra al Hijo todas las cosas que Él hace, así que aquí tenemos a uno que muestra y a uno que hace lo que ve, por lo que es evidente que el Hijo no es el mismo que se muestra lo que Él debe hacer (Juan 3:32, 5:19, 5:30). El Hijo dijo: “no me ha dejado solo el Padre, porque yo hago siempre lo que le agrada” (Juan 8:29), haciendo evidente que el Hijo no se agradaba a sí mismo, y que no estaba solo porque el Padre estaba con Él. El Hijo murió (Marcos 8:31; Lucas 23:46, Romanos 5:10), pero el Padre es Eterno (Génesis 21:33, Deuteronomio 33:27, Isaías 40:28). Finalmente el Hijo dijo que recibió todo el poder del Padre (Mateo 28:18; Juan 17:2; Filipenses 2:9), por lo cual uno es el que da y otro es el que recibe. Queda claro que uno es el Hijo Jesús y que otro es el Padre, y además nadie puede ser Hijo de sí mismo, o el Padre de sí mismo. 

Para responder al argumento anterior, empecemos diciendo que la Santa Escritura declara que Dios siempre ha sido, es y será Dios, y que Él nunca cambiará dejando de ser Dios (Éxodo 3:14; Salmo 90:2, 102:27; Isaías 40:28; Jeremías 10:10, Malaquías 3:6). Esto mismo implica que Dios nunca ha dejado de ser eterno (Génesis 21:33; Deuteronomio 33:27; Isaías 9:6, 40:28), nunca ha dejado de saberlo todo (Job 42:2; Salmo 139:1-6; Hechos 2:23; 1. Timoteo 1:17), nunca ha dejado de ser omnipotente (Génesis 17:1; 2. Corintios 6:18; Apocalipsis 15:3) y nunca ha renunciado a su omnipresencia por lo cual nunca ha abandonado el cielo (1. Reyes 8:27; Salmo 139:7-13; Isaías 66:1). Si Dios alguna vez hubiera dejado de ser Dios, esto hubiera ocasionado que el universo ya no existiera, pues éste hubiera perdido a su sustentador (Salmo 104:1-35; 135:6-7; Hechos 17:28). La Escritura da al único Dios el título del Padre Eterno en cuanto a su existencia trascendente divina, y dice que Él está sobre todos mereciendo toda la gloria (Isaías 9:6; Juan 17:1-3; 1 Corintios 8:6; Efesios 4:6; Filipenses 4:20). Dios como Dios, es el Padre, y nunca dejará de serlo. 

Acerca de Jesucristo, la Santa Escritura declara que Él es Emanuel, el único Dios con nosotros (Mateo 1:23) manifestado en la carne (1 Timoteo 3:16) en la condición de un hombre real (Filipenses 2:5-8) y sin pecado (Efesios 4:13; Hebreos 4:15), y en esa condición del hombre perfecto Él vino a salvarnos presentándose como el Cordero de Dios (el verdadero sacrificio) que quita el pecado del mundo (Juan 1:29; 1 Pedro 1:18-20). De manera que Jesús es 100% Dios con nosotros en una verdadera existencia humana. Cuando Dios se manifestó en la carne Él no dejó de ser Dios, pero sí añadió a su Persona una nueva existencia como hombre. Así como el Padre tiene la vida divina en sí mismo, así ha dado al Hijo el tener una vida humana en sí mismo (Juan 5:26). El hombre Cristo Jesús no es una persona divina y distinta al Padre Eterno, sino el mismo Padre Eterno en una nueva existencia como el Niño que nos fue nacido y el Hijo que nos fue dado (Isaías 9:6, 43:10-13), pero sin dejar de existir como el Padre que lo llena todo (Isaías 9:6; Jeremías 23:24; Efesios 4:10). El hombre Jesucristo en su condición de Hijo de Dios, es el primogénito entre muchos hermanos (Romanos 8:29) que también han llegado a ser Hijos de Dios por su obra redentora (1 Juan 3:2), y por eso no se avergüenza de llamarlos hermanos suyos (Hebreos 2:10-13). Dios como Emanuel, como un hombre entre nosotros, es el Hijo.

De manera que la Santa Escritura presenta una distinción real entre el Padre y el Hijo, pero esta no es una distinción entre dos individuos divinos (pues solo hay un Dios Padre que es el único individuo divino - Juan 17:1-3; 1 Corintios 8:6), ni tampoco es una distinción entre Dios y un hombre común y corriente que fue lleno del poder de Dios, sino que es una distinción entre Dios como Dios (en su existencia eterna trascendente que no depende de la encarnación) y Dios como Emanuel (en su existencia humana como el Cordero de Dios que sí depende de la encarnación).   

Para salvar, Dios mismo vino como Hombre/Hijo/Cordero, pero continuó existiendo como Dios el Padre (Oseas 13:4). No hubo nada que pudiera impedirle a nuestro Dios Padre el convertirse en su propio Hijo humano al venir como Emanuel (Isaías 9:6; Mateo 1:23). A partir de su venida en carne, Dios ha llegado a poseer dos modos de existencia distintos, que son Dios como Dios con una vida divina distinta en sí misma, y Dios como Emanuel con una vida humana distinta en sí misma. Dios como Dios es ontológicamente Dios, mientras que Dios como Emanuel es ontológicamente Dios como un hombre. El Mesías no es la reproducción de otro Dios (ni divino ni de carne), sino la manifestación humana del único Dios. Hablando acerca del Mesías Siervo, Dios expresó: “Vosotros sois mis testigos, dice Yahvé, y mi siervo que yo escogí, para que me conozcáis y creáis, y entendáis que yo mismo soy; antes de mí no fue formado dios, ni lo será después de mí. Yo, yo Yahvé, y fuera de mí no hay quien salve. Yo anuncié, y salvé, e hice oír, y no hubo entre vosotros dios ajeno. Vosotros, pues, sois mis testigos, dice Yahvé, que yo soy Dios. Aun antes que hubiera día, yo era; y no hay quien de mi mano libre. Lo que hago yo, ¿quién lo estorbará?” (Isaías 43:10-13).

En el año 451 d.C., en el Concilio de Calcedonia, teólogos católico-romanos desarrollaron la doctrina de que Cristo consiste de la unión de dos naturalezas (la divina y la humana) en una sola persona, y a esto se le ha llamado la unión hipostática. Gran parte del movimiento pentecostal unicitario se ha suscrito a esta formulación sin ningún cuestionamiento, diciendo que la única persona de Cristo es divina y humana a la vez (lo que podría conducir a visiones distintas a la Unicidad), cuando lo mejor es decir que Cristo es Dios mismo manifestado como Emanuel, como un hombre entre nosotros. [6] Desprendiéndose de lo anterior, una forma tradicional de explicar las diferencias entre el Padre y el Hijo, ha sido la de decir que estas diferencias se encuentran dentro de Cristo, donde la naturaleza divina de Cristo es el Padre y la naturaleza humana de Cristo es el Hijo. Así, se ha dicho que desde su naturaleza divina Cristo hablaba y actuaba como el Padre, pero que desde su naturaleza humana Cristo hablaba y actuaba como el Hijo. Pero esta forma de expresión demuestra evidentes sesgos nestorianos, pues si se tomara como cierta, conduciría a concluir que Cristo tuvo dentro de sí dos mentes: una divina y una humana, y dos voluntades: una divina y una humana, lo que significarían dos centros de conciencia personal, y por lo tanto dos personas dentro de Cristo: una persona divina y una persona humana.

“Por supuesto, algunos teólogos de la Unicidad son muy conscientes de dicha tendencia, y han formulado una cristología que es a la vez carente de nestorianismo y de conformidad con el monoteísmo estricto. Esto no sólo es posible, sino que también es necesario si se quieren explicar adecuadamente los pasajes de la distinción”. [7]

Las distinciones entre el Padre (Dios como Dios) y el Hijo (Dios como hombre) no son las distinciones entre dos individuos, ni entre dos naturalezas dentro de Cristo, sino las distinciones entre las dos formas de existencia que Dios tiene después de la encarnación. Dios como Dios en su existencia divina trascendente, es mayor que Dios como Emanuel en una existencia humana. Dios como Dios no salió de nadie, pero Dios como Emanuel, como un hombre entre nosotros sí salió de Dios. Dios como Emanuel fue enviado por el Padre y vino al mundo, pero Dios como Dios lo llena todo. Dios como Emanuel nació de la virgen María, pero Dios como Dios no tiene principio. Dios como Dios es Autoexistente, pero Dios como Emanuel vive por el Padre. Dios como Emanuel, como un hombre entre nosotros, puede confesar que tiene un Dios, pero es imposible que Dios como Dios tenga a un Dios por encima de Él. Dios como Dios tiene una voluntad divina, pero Dios como Emanuel tiene una voluntad humana. Dios como Emanuel fue realmente tentado, pero es imposible que Dios como Dios sea tentado. Dios como Emanuel tuvo que orar, pero Dios como Dios no tiene por qué orar. Dios como Emanuel murió en la cruz del Calvario, pero Dios como Dios no puede morir. Dios como Emanuel recibió todo el poder, pero Dios como Dios siempre ha tenido todo el poder y en esa condición claramente se exceptúa de cualquier sometimiento al Hijo (1 Corintios 15:27).


El Hijo Jesús Afirmó Ser Dios el Padre

Se ha dicho que el Hijo Jesús nunca afirmó que Él fuera nuestro Dios Padre, sino que Él siempre se reconoció como el Mesías o el Cristo prometido, y siempre dijo ser el Hijo de Dios, no Dios. Se ha dicho que incluso sus discípulos lo consideraron como tal y por eso confesaron: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (Mateo 16:16), y escribieron: “¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?” (1 Juan 5:5), y estas cosas “se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre” (Juan 23:31).

Sin embargo, así como Jesús y sus discípulos dejaron bien claro que Él es el Hijo unigénito, del mismo modo también dejaron bastante claro que Él es Dios Padre manifestado en la carne como un Hijo unigénito, y como ya lo hemos visto a lo largo de este documento, la Biblia entera declara esta misma verdad. Aquellos que no pueden entender que Jesús es el mismo Padre manifestado en la carne, lo hacen porque solo juzgan a Jesús según la carne (Juan 8:15).

[8] En Juan 16:25, Jesucristo afirmó que Él frecuentemente habló acerca del Padre por medio de alegorías (o en un lenguaje enigmático), pero también aseveró que llegaría un momento en que nos hablaría claramente acerca del Padre. Así que a lo largo de las cuatro versiones del evangelio (a saber Mateo, Marcos, Lucas y Juan), vemos que Jesucristo se refirió al Padre en tercera persona, aun cuando Él mismo es Yahvé el Padre Eterno manifestado en la carne. Lo interesante es que en cada una de estas porciones se combina el lenguaje enigmático con el lenguaje claro, lo que nos permite conocer a través del lenguaje claro la verdadera identidad del Padre.

Por ejemplo, en Juan capítulo 10, Jesucristo utilizó la alegoría del Buen Pastor para hablar acerca del Padre. “Esta alegoría les dijo Jesús; pero ellos no entendieron qué era lo que les decía” (Juan 10:6). Ampliando lo que les había confesado, Jesucristo dijo: “Yo soy el buen pastor; el buen pastor su vida da por las ovejas”, pero el pueblo de Israel sabía que el verdadero pastor de su pueblo era Yahvé Dios, tal como se declara en el Salmo 23. Luego, Jesucristo dijo que nadie puede arrebatar a sus ovejas de su mano (Juan 10:27-28), pero a continuación dijo que nadie las puede arrebatar de la mano de su Padre (Juan 10:29). ¿Entonces al fin en qué mano estaban las ovejas? ¿En la mano de Jesucristo o en las manos del Padre? Para que no quedaran dudas y para que la gente no se confundiera pensando que habían dos manos en las cuales estaban las ovejas, o dos pastores diferentes, Él les declaró: “Yo y el Padre uno somos”. Fue tan obvio que Jesús se identificó como Yahvé el Pastor manifestado en la carne, que los judíos tomaron piedras para lapidarlo al creer que había cometido blasfemia (Juan 10:31-33). Algunos, por no querer aceptar la verdad de la declaración de Jesús en Juan 10:30, insisten en que si Jesús era verdaderamente el Padre, Él tuvo que haber dicho “Yo y el Padre uno soy”, pero esto lo hacen porque quieren ignorar la correlación del lenguaje con la que Jesús se venía expresando. Ellos también ignoran que estaba profetizado que Yahvé el Pastor mismo vendría a salvarnos. El Salmo 80:1-3 declara: “Oh Pastor de Israel… ven a salvarnos… Haz resplandecer tu rostro, y seremos salvos”.  Ezequiel 34:11, dice: “Porque así ha dicho Yahvé el Señor: He aquí yo, yo mismo iré a buscar mis ovejas, y las reconoceré”.

En Juan capítulo 8, Jesucristo utilizó la alegoría de La Luz del Mundo para hablar acerca del Padre. Jesucristo dijo: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Juan 8:12). Sin embargo, nadie sino Yahvé el Padre puede reclamar ser la Luz del Mundo. “Tú eres mi lámpara, oh Yahvé; Mi Dios alumbrará mis tinieblas”. (2 Samuel 22:29). Los judíos le dijeron a Jesús que su testimonio no tenía valor, porque él testificaba acerca de sí mismo, pero la respuesta de Jesús fue que Él posee un testimonio doble de que Él es la Luz del Mundo. Él como Hijo da testimonio acerca de sí mismo, y el Padre también da testimonio acerca de Él. Aquí se ve otra vez el lenguaje  enigmático, pues se habla del Padre en tercera persona. Sin embargo, cuando le preguntaron que dónde estaba su Padre, la respuesta de Jesús fue: “Ni a mí me conocéis, ni a mi Padre; si a mí me conocieseis, también a mi Padre conoceríais” (Juan 8:19). Está claro que Jesús confesó ser el Padre mismo manifestado en la carne, porque nadie puede decir que conocerlo a él es conocer a otro, por lo que conocer a Jesús es conocer al Padre mismo en la forma en la cual Él se nos ha revelado, que es en la faz (en la cara) de Jesucristo (2 Corintios 4:6).

En Juan capítulo 14, vemos otra vez el lenguaje enigmático acerca del Padre, pues Jesucristo habló de las moradas que habían en la casa de su Padre, refiriéndose al Padre en tercera persona, y le dijo a sus discípulos que ellos sabían a dónde iba Él y que sabían el camino. Pero Tomás le respondió: “Señor, no sabemos a dónde vas; ¿cómo, pues, podemos saber el camino?” (Juan 14:5). “Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí. Si me conocieseis, también a mi Padre conoceríais; y desde ahora le conocéis, y le habéis visto” (Juan 14:6-7). La palabra “viene”, indica ir o trasladarse hacia el que habla, y por lo tanto demuestra que Jesús es el mismo Yahvé Padre en la carne. En caso de que el Padre fuera alguien distinto a Jesús, Él tenía que haber dicho “nadie va al Padre sino por mí”. Todos los que quieran hallar al Padre tienen que venir a Jesús, “porque en Él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad” (Colosenses 2:9). Nadie puede decir que conocerlo a él es conocer a otro, o que verlo a él es ver a otro, pero Jesucristo declaró ser el Padre en la carne, al decir que conocerlo a Él es conocer al Padre y que verlo a Él es ver al Padre.

Para Felipe era difícil aceptar que el Hombre Jesús era también el Padre mismo, y por eso insistió: “Señor, muéstranos el Padre, y nos basta” (Juan 14:8). “Jesús le dijo: ¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre; ¿cómo, pues, dices tú: Muéstranos el Padre?” (Juan 14:9). Jesús no dijo: “El Padre está”, como si hablara de otro, sino que dijo “estoy”, indicando que Él mismo es Yahvé el Padre que se hallaba allí con ellos manifestado en la carne. Para cerrar su clara identificación como el Padre, Jesús concluyó diciéndoles: “No os dejaré huérfanos; vendré a vosotros” (Juan 14:18). La razón por la cual algunos no pueden entender la clara identificación de Jesucristo como el Padre en Juan 14, se da porque ellos se entretienen con el lenguaje alegórico pero no destacan la fuerza de las declaraciones explícitas. Aunque haya gente confundida viendo al Padre aparte de Jesús, Él los exhorta respondiéndoles lo mismo que le respondió a Felipe: “¿Pero cómo es posible que ustedes me pidan que les muestre al Padre? ¡El que me ha visto a mí ha visto al Padre! ¡El que me conoce a mí conoce al Padre! ¡Y el que a mí me tiene no está huérfano pues ha venido al Padre!”.   

Jesús se declaró como Yahvé Dios Padre, cuando dijo: “Antes que Abraham fuese, YO SOY(Juan 8:58). Aquí el Hijo Jesús descartó que Él fuera un simple plan en la mente de Dios, (o incluso que fuera un ángel o un ser espiritual que existió antes de Abraham como lo dicen los arrianos), pues sus palabras no fueron “antes que Abraham fuese, yo era”. El Hijo Jesús dijo YO SOY, aclarando que Él es el Autoexistente, el único que tiene vida en Sí mismo y que da vida a los demás, y el Dios que habló con Moisés en el monte Horeb en medio de la zarza que ardía pero no se consumía (Éxodo 3). Otra vez, creyendo que Jesús había blasfemado, los judíos “Tomaron entonces piedras para arrojárselas; pero Jesús se escondió y salió del templo; y atravesando por en medio de ellos, se fue” (Juan 8:59). Algunos intentan negar que el uso que Jesús hizo de la expresión “YO SOY” en Juan 8:58 indica que Él sea el Padre manifestado en la carne, alegando que la frase “yo soy” significa la proclamación de una característica propia de la personalidad, como cuando alguien dice “yo soy una persona alegre”, etc., o alegando que también significa un reclamo de identidad, como cuando alguien dice “yo soy Pepito Pérez”. Sin embargo, Jesús no utilizó el YO SOY en estos dos últimos sentidos, sino en el sentido de existencia, declarando ser EL ÚNICO AUTOEXISTENTE ETERNO, como en el pasaje de la zarza de Éxodo 3.

Si deseamos ser salvos, entonces debemos creer a la declaración de Jesucristo:

“Por eso os dije que moriréis en vuestros pecados; porque si no creéis que YO SOY, en vuestros pecados moriréis” (Juan 8:24).

Yahvé dijo: “Yo soy Dios, y no hay otro Dios, y nada hay semejante a Mí” (Isaías 46:9), y también dijo: “Yo Yahvé; este es mi nombre; y a otro no daré mi gloria(Isaías 42:8). Sin embargo Jesucristo dijo: “para que todos honren al Hijo como honran al Padre” (Juan 5:23), y el escritor a los hebreos escribió acerca del Hijo primogénito: “Adórenle todos los ángeles de Dios” (Hebreos 1:6). La única explicación para que Jesucristo sea adorado sin transgredir Isaías 42:8, es que el Hijo Jesucristo sea el mismo Dios Padre manifestado en la carne. Por eso la adoración a Jesucristo es una grande bendición. 

El apóstol Pablo también confesó en varias ocasiones que Jesús es el Padre. Para Pablo, Jesús es el único Señor (1 Corintios 8:6; 2 Corintios 4:5), pero también escribió “Por lo cual, salid de en medio de ellos, y apartaos, dice el Señor [Jesús], y no toquéis lo inmundo; y yo os recibiré, y seré para vosotros por Padre, y vosotros me seréis hijos e hijas, dice el Señor Todopoderoso”. (2 Corintios 6:17-18). En la versión de Torres Amat, se traduce bien 2 Tesalonicenses 2:16, indicando que nuestro Señor Jesucristo es el mismo Dios y Padre nuestro que nos amó (no que nos amaron). “Y nuestro Señor Jesucristo, y Dios y Padre nuestro, que nos amó, y dio eterno consuelo y buena esperanza por la gracia” (2 Tesalonicenses 2:16 - TA). En la versión del Nuevo Testamento de Pablo Besson, se ha traducido bien tanto 1 Tesalonicenses 1:1 como 2 Tesalonicenses 1:1, indicando ambos textos que Jesús es el Dios Padre que se manifestó en carne. “Pablo, Silvano y Timoteo a la iglesia de tesalonicenses en Dios Padre y Señor Jesucristo: Gracia a vosotros y paz” (1 Tesalonicenses 1:1 – PB). “Pablo, Silvano y Timoteo a la iglesia de tesalonicenses en Dios Padre nuestro y Señor Jesu-Cristo(2 Tesalonicenses 1:1 - PB)[9]

“En Apocalipsis 21:6-7, el Alfa y la Omega, quien es inequívocamente Jesucristo (Apocalipsis 22:12-13,16), le dice a los verdaderos creyentes que Él será su Dios y Padre: “El que venciere heredará todas las cosas, y yo seré su Dios, y él será mi hijo”. Si yo soy su hijo, entonces Él es mi Padre; y si Él también es Dios, entonces Él es Dios mi Padre”. [10]


El Significado del Nombre de Jesús

El nombre de Jesús significa “Yahvé es Salvador”, por eso la Escritura dice acerca del Niño que nos fue nacido y del Hijo que nos fue dado (Isaías 9:6), “Y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS, porque Él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mateo 1:21).

El nombre de Jesús revela que Dios mismo vino como Emanuel, como un hombre entre nosotros para salvarnos, para que se cumpliera la profecía que dice: “Por tanto, mi pueblo sabrá mi nombre por esta causa en aquel día; porque yo mismo que hablo, he aquí estaré presente” (Isaías 52:6).

Para revelarse, Dios se dio a conocer a nosotros por varios nombres que nos enseñaban algo de su Ser, pero al venir manifestado en carne, Dios le reveló a los hombres lo más grande de su trato para con la humanidad y es que Él mismo ha venido para convertirse en nuestro Salvador. Por eso es que Jesús es el nombre más alto, el cual está por encima de cualquier otro nombre que nosotros hayamos conocido (Filipenses 2:9-11, Hebreos 1:4). También es por lo mismo que “en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos” (Hechos 4:12)

Jesucristo es la revelación más grande de Dios a los hombres, y por lo tanto el nombre de Jesús es la plenitud de lo que Dios nos quiso dar a conocer acerca de Él.


La Verdadera Humanidad de Jesús

A causa de nuestra firmeza en que Jesús es el mismo Dios Padre encarnado como Emanuel, como un hombre entre nosotros, se ha dicho que los pentecostales unicitarios no entendemos o que negamos la completa humanidad de Jesús. Pero esto está muy lejos de la realidad.

Una parte de la revelación que la Santa Escritura nos proporciona acerca de Jesús, declara inequívocamente que Jesucristo es un hombre; no una apariencia de hombre, no un vestido (o caparazón) de carne inanimado, sino un hombre en todo el sentido de la palabra, pero sin pecado (Isaías 53:9; Hebreos 4:15). Los pentecostales del nombre de Jesús o unicitarios, aceptamos que Jesucristo es un hombre real, pero también creemos que el hombre Jesús es el único Dios en la carne. De manera que los delegacionistas del “Jesús” solamente humano (a saber: los ebionitas, los adopcionistas, los monarquianistas dinámicos, los nestorianos, los socinianos  y la teología liberal) no pueden refutarnos cuando ellos comprueban con la Biblia que Jesucristo es un verdadero hombre, pues esa es una de nuestras creencias fundamentales.

Jesús es un hombre, porque tiene una genealogía humana. Jesús desciende de los patriarcas de Israel (Romanos 9:4-5). Es descendiente de Adán (Lucas 3:38), es la simiente de Abraham (Génesis 22:17-18; Mateo 1:1-2; Hechos 3:25-26; Gálatas 3:16), es el rey que desciende Jacob (Génesis 28:13-14; Números 24:17; Mateo 1:2), es el rey de la tribu de Judá (Génesis 49:10; Mateo 1:2; Apocalipsis 5:5), es el rey del linaje de David (2. Samuel 7:12-16; Salmo 132:11; Jeremías 23:5;  Romanos 1:3; 2 Timoteo 2:8; Apocalipsis 22:16), y es la simiente de la mujer (Génesis 3:15; Isaías 7:14; Mateo 1:18-25; Lucas 1:26-35; Gálatas 4:4). Jesús es el Niño que nos fue nacido y el Hijo que nos fue dado para nuestra salvación (Isaías 9:6). Dado que los demás Hijos (es decir los demás hombres conforme a la voluntad de Dios) tienen carne y sangre, Él también participó de lo mismo (para poder ser un Hijo) para destruir por medio de su muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo (Hebreos 2:14). “Por esta razón, Él tenía que ser hecho como ellos, completamente humano en todos los sentidos” (Hebreos 2:17 - NIV). Como Dios el Padre tiene la vida divina en sí mismo, Él también ha determinado que el Hijo tenga una vida humana en sí mismo, porque es el Hijo del Hombre (Juan 5:26-27)

Jesucristo asumió la condición de hombre (Filipenses 2:7-8). Como hombre que es, Jesucristo tiene una voluntad humana (Lucas 22:42; Juan 6:38), un conocimiento humano limitado (Marcos 13:32), y en los días de su ministerio terrenal experimentó las emociones y necesidades humanas.

Por la transgresión del hombre Adán, vino la muerte sobre todos los hombres, pero por un solo hombre, Jesucristo, abundó la gracia de Dios y la vida para todos (Romanos 5:15; 1 Corintios 15:20-22). Por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, pero por la obediencia de otro hombre, Jesucristo, los muchos serán constituidos justos (Romanos 5:19; 1 Corintios 15:45-48).

Jesucristo se reconoció a sí mismo como un hombre, cuando dijo: “Pero ahora procuráis matarme a mí, hombre que os he hablado la verdad, la cual he oído de Dios; no hizo esto Abraham” (Juan 8:40). Del mismo modo, las personas que tuvieron contacto con Jesús lo reconocieron como a un hombre. Unos guardias no pudieron apresarle, argumentando que jamás habían oído hablar a alguien como hablaba este hombre (Juan 7:45-46). La mujer samaritana invitó a sus paisanos a que vieran al hombre Jesús para que examinaran si Él era el Cristo (Juan 4:28-29). Los fariseos vieron en Jesús a un hombre peligroso para sus intereses (Juan 9:16; 10:33; 11:47). Caifás, sin entender bien lo que decía, pero por ser el sumo sacerdote ese año, profetizó que a todo Israel le convenía que el hombre Cristo Jesús muriera por el pueblo, y no que toda la nación pereciera (Juan 11:49-52). En su momento de prueba, Pedro negó conocer a este hombre (Marcos 14:71; Juan 18:17). Pilato y Herodes no hallaron delito alguno en el hombre Jesucristo (Lucas 23:4; 23:14-15). Sin embargo, al entregarlo para la crucifixión, Pilato les dijo: ¡He aquí el hombre!(Juan 19:5). El centurión que estuvo junto a la cruz declaró que este hombre era verdaderamente justo (Marcos 15:39; Lucas 23:47).

Cuando Jesucristo resucitó, Él continuó manteniendo su existencia como hombre, pero ahora con un cuerpo glorificado, poderoso e incorruptible (1 Corintios 15:42-45).  Sabemos que esto es así, porque la Biblia dice que en el cuerpo de Jesús habita (tiempo presente) toda la plenitud de la Deidad (Colosenses 2:9). Tenemos la promesa de que si permanecemos en el evangelio, nuestro cuerpo será transformado en un cuerpo semejante al cuerpo glorioso de Cristo (Filipenses 3:20-21). Actualmente, el hombre Jesús glorificado actúa como nuestro sacerdote, siendo el único mediador entre Dios y los hombres (1 Timoteo 2:5).

Si Jesucristo no fuera un hombre real, entonces no podría ser nuestro sumo sacerdote, “Porque todo sumo sacerdote tomado de entre los hombres es constituido a favor de los hombres en lo que a Dios se refiere, para que presente ofrendas y sacrificios por los pecados” (Hebreos 5:1). La Ley de Moisés constituía como sumos sacerdotes a hombres débiles que tenían que ofrecer primero sacrificios por sus propios pecados y luego por los del pueblo, pero nuestro sumo sacerdote Jesucristo siendo el hombre perfecto para siempre, es santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores y más sublime que los cielos (Hebreos 7:26-28). Él puede compadecerse de nuestras debilidades pues fue tentado en todo de la misma manera que nosotros, pero resultó victorioso y no cometió pecado (Hebreos 4:15). Los demás sacerdotes llegaron a ser muchos, porque como morían no podían continuar. Jesucristo ha resucitado para permanecer para siempre y tiene un sacerdocio inmutable, de manera que puede interceder continuamente por nosotros ante Dios, y por ende su pacto es mejor que el pacto de la Ley (Hebreos 7:22-25). El hombre Jesucristo en su condición de Hijo de Dios, es el primogénito entre muchos hermanos (Romanos 8:29) que también han llegado a ser Hijos de Dios por su obra redentora (1 Juan 3:2), y por eso no se avergüenza de llamarlos hermanos suyos (Hebreos 2:10-13)

Al principio, Dios sujetó la creación a Adán (Génesis 1:28), pero ahora el hombre Jesucristo reina y ante Él están sujetos ángeles, autoridades y potestades (1 Pedro 3:22). Ya que Jesucristo es el hombre conforme a la voluntad de Dios, por eso también es llamado el Varón de la Diestra de Dios, el Hijo de Hombre que Dios afirmó para sí” (Salmo 80:17). Se ha prometido que todo lo creado se tiene que someter a Jesucristo (Filipenses 2:10-11), pero aún no vemos el cumplimiento completo de esto (Hebreos 2:5-8). Sin embargo, finalmente todos los enemigos de la humanidad se tendrán que someter al hombre Jesucristo, y el postrer enemigo que será destruido es la muerte. Jesucristo reinará como Redentor hasta ese momento que significará el fin de los tiempos, y entonces se dará paso a un nuevo reino asentado sobre unos cielos nuevos y una tierra nueva, en el cual Dios será todo en todos los que vencieron (1. Corintios 15:24-28, Apocalipsis 21 y 22). Este nuevo reino también es llamado el Reino Eterno de Nuestro Señor Jesucristo (2 Pedro 1:11; Lucas 1:31-33), donde habrá un solo trono que será conocido como el trono de Dios y del Cordero (Apocalipsis 22:3), pues todos los que estén presentes allí, entenderán que Jesucristo es el único Dios manifestado en la carne, y que donde se sienta el Cordero se sienta Dios mismo en la manera en la cual Él determinó estar con nosotros para siempre. Dios y el Cordero son uno y el mismo, y por eso la Biblia habla de un solo trono, de un solo rostro y de un solo nombre para Dios y el Cordero, y dice que sus siervos le (en singular) servirán (Apocalipsis 22:3-4). En la Nueva Jerusalén (Apocalipsis 21:2) no habrá necesidad de una construcción que sirva como templo (o tabernáculo), “porque el Señor Dios Todopoderoso es el templo de ella, y el Cordero” (Apocalipsis 21:22. Ver también 21:3).


Dios determinó someter todas las cosas al hombre Jesucristo su Hijo, para poder reinar sobre todos sus demás Hijos, que son todos aquellos hombres que vencerán al pecado por la obra de su hermano primogénito Jesucristo. Esto significa que cuando el tiempo no sea más, el hombre Jesucristo (la manifestación de Dios en carne), continuará existiendo en su reino eterno por siempre y siempre, habitando junto a sus hermanos en la Nueva Jerusalén, la ciudad asentada sobre unos cielos nuevos y una tierra nueva donde mora la justicia (Isaías 65:17, 66:22; 2 Pedro 3:13; Apocalipsis 21:1), y donde nosotros reinaremos con Él (2 Timoteo 2:12; Apocalipsis 5:9-10).


Conclusión

Jesucristo confesó que si los hombres no creen que Él es “Yo Soy”, el Dios Autoexistente que vino en la carne, morirán en sus pecados (Juan 8:24; ver también Juan 17:1-3). Negar la verdad de Dios mismo viniendo a salvarnos como un Hijo/Hombre/Pariente, es menospreciar la belleza y el valor del Evangelio y aborrecer el misterio de la piedad, que declara que Dios mismo se manifestó en carne como el Hijo/Hombre/Pariente por amor a nosotros (Juan 3:16; 1 Timoteo 3:16). Por esa razón, Satanás ha estorbado el entendimiento de los incrédulos para que no les resplandezca la luz del Evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios en la carne (2. Corintios 4:3-6).

Debido a que muchísimas personas se han concentrado en solo una parte de la revelación bíblica acerca de Jesucristo, ignorando de manera voluntaria las porciones que lo identifican a Él como el único Dios Padre que vino como nuestro Emanuel, como un hombre entre nosotros, entonces en su propia comprensión humana han llegado a las doctrinas delegacionistas (argumentando que nuestro Dios Padre no vino a salvar sino que envío a otro) de que Jesucristo es una segunda persona divina (el binitarismo y el trinitarismo), que es un semidios o un ángel viniendo a salvar (el arrianismo), o que es solo un hombre especial (el ebionitismo, el adopcionismo, el monarquianismo dinámico, el nestorianismo, el socinianismo y la teología liberal)

Nuestra protección contra todas estas herejías delegacionistas, consiste en prestar atención a las declaraciones bíblicas que dicen que nosotros debemos anunciar todo el consejo de Dios (Hechos 20:27), que debemos meditar, guardar y hacer conforme a todo lo que está Escrito (Josué 1:8), porque la suma de la Palabra de Dios es verdad (Salmo 119:160). No debemos quitarle ni añadirle a la Palabra de Dios (Deuteronomio 4:2; Apocalipsis 22:18-19), y no debemos pensar lo que no está escrito (1 Corintios 4:6)

“Por lo cual, salid de en medio de ellos, y apartaos, dice el Señor [Jesús], y no toquéis lo inmundo; y yo os recibiré, y seré para vosotros por Padre, y vosotros me seréis hijos e hijas, dice el Señor Todopoderoso” (2 Corintios 6:17-18).


Notas al Pie

[1] Robert A. Sabin. Jesús: ¿Un Delegado de Dios, O Dios en la Carne? (Un Análisis de Juan 3:16).
http://fe-biblica.blogspot.com/2015/05/jesus-un-delegado-de-dios-o-dios-en-la.html
[2] Muchos cristianos sinceros creen que Dios no debería ser llamado “una persona” en lo absoluto. Sin embargo, la palabra española persona, tiene el mismo significado esencial de las palabras hebreas y griegas usadas para Dios y los hombres individuales, como “corazón” (en hebreo “Leb” y en griego “kardia”) y “alma” (en hebreo “néfesh” y en griego “psujé”). Incluso, la versión inglesa King James, llama a Dios una “Persona” en Hebreos 1:3, porque “hipóstasis” para la sustancia de Dios o la esencia del Ser de Dios, significa literalmente una sola “Esencia del Ser” como una “Persona”. (Hebreos 1:3 en la versión King James, dice que el Hijo es “el resplandor de su gloria y la imagen expresa de su persona”). De la misma manera, la versión inglesa La Biblia Amplificada, dice que “Dios es una persona” (Gálatas 3:20). Para más información, lea los siguientes artículos de dos teólogos pentecostales unicitarios.
- Jason Dulle. Dios es Una Persona.
http://fe-biblica.blogspot.com/2018/07/dios-es-una-persona.html
- Steven Ritchie. ¿Dios es Una Persona o Tres Personas?
http://fe-biblica.blogspot.com/2017/02/dios-es-una-persona-o-tres-personas.html
[3] Steven Ritchie. La Distinción Entre el Padre y el Hijo.
http://fe-biblica.blogspot.com/2018/07/la-distincion-entre-el-padre-y-el-hijo.html
[4] Douglas Tong. ¿Quién es Jesucristo? - ¿Qué pasa con la Trinidad? 
http://fe-biblica.blogspot.com/2011/05/quien-es-jesucristo-que-pasa-con-la.html
[5] William Chalfant. Una Crítica de la Teología de los Escritores Bíblicos. Citado por Steven Ritchie en la obra: El Caso de la Teología de la Unicidad, Capítulo 5 – El Hijo Tuvo su Principio por su Engendramiento.
http://fe-biblica.blogspot.com/2017/06/el-hijo-tuvo-su-principio-por-su.html
[6] Para profundizar en este tema, recomiendo la lectura del artículo titulado: ¿Cristo Jesús Tiene Dos Naturalezas? – La Unión Hipostática – Números 23:19, escrito por Steven Ritchie.
http://fe-biblica.blogspot.com/2019/01/cristo-jesus-tiene-dos-naturalezas-la.html
[7] Jason Dulle. La Doble Naturaleza de Cristo. Evitando los Talones de Aquiles del Trinitarismo, el Monarquianismo Modalista y el Nestorianismo: El Reconocimiento y el Entendimiento Adecuado de la Distinción entre el Padre y el Hijo.
http://fe-biblica.blogspot.com/2012/02/la-doble-naturaleza-de-cristo-evitando.html
[8] De aquí en adelante, sigue una larga redacción que ha sido tomada con pocos cambios del artículo titulado: ¿Es Jesús Una Criatura Espiritual Como lo Afirman los “Testigos De Jehová”?, escrito por Juan Diego Correa Mosquera y Julio César Clavijo Sierra.
http://fe-biblica.blogspot.com/2019/02/es-jesus-una-criatura-espiritual-como.html
[9] La redacción de este párrafo está basado en el video titulado: “Pablo Confesó Varias Veces que Jesús es el Padre”, publicado por Alexander Escobar Serrato.
https://www.youtube.com/watch?v=onwnU_X6U6k
[10] Elder Ross Drysdale. Cuando Sabes Estas Cosas. Capítulo 8 – Jesús es el Padre.
http://fe-biblica.blogspot.com/2011/06/jesus-es-el-padre.html